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lunes , 11 diciembre 2017
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Paradojas de la libertad

Marc Plana
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La defensa de la libertad tiene un valor irrefutable cuando se propone como arma ante la tiranía. Ante el riesgo de convertirnos en objetos a manos de intereses ajenos, la defensa de la libertad es la garantía de poder perseguir la idea de bien que cada uno sienta como más necesaria para sí (y no la que unos pocos decidan que es la mejor para todos).

Sin embargo, algo deberíamos sospechar cuando el concepto Libertad es un término tan aceptado hoy por todo tipo de ideologías. Libertad como participación y autonomía fue la demanda de los años 60, pero también fue la palabra clave de los gobiernos conservadores de Thatcher y Reagan. Libertad es el grito del  oprimido ante la ley del más fuerte, pero también es la defensa capitalista para que el más fuerte no ceda  «lo suyo» ante las necesidades colectivas y la redistribución de la riqueza. Libertad es hoy un concepto tan popular que cabe delimitar entornos y usos. No podemos defender la libertad del zorro en el gallinero. Hay límites. A grandes rasgos, se trataría de potenciaruna libertad entendida como medio para conseguir una sociedad más humana, ante la defensa ciega de la libertad hasta el absoluto:

Empecemos con lo principal: la libertad no sirve  para todo. Ahí nos jugamos nuestra dignidad como humanos. Victoria Camps escribió: «No se predica el autogobierno, como un valor en sí, de los animales, ni de los niños, ni de nadie que carezca de criterio paraautoconducirse. Se predica de los humanos. ¿Por qué ypara qué? Para que realicen su humanidad. La autonomía es, sin duda, condición de humanidad. El ser que vive sólo bajo constricciones, esclavizado, no es un ser humano. Pero tampoco puede decirse que sea unser humano, que da la talla de lo humano, quien usa  su facultad de autogobierno sólo para ejercer la violencia o para dominar al otro. O quienes disfrutan de la abundancia a costa de la miseria de los otros. Esos  individuos son libres, pero lo son únicamente para demostrar su nula humanidad». Hay un marco anterior a nuestra acción libre que define el uso «humano» de la libertad. Es un tema espinoso, porque este marco no puede ser impuesto por nadie y su concreción es  siempre aleatoria: ¿quién dice «hasta aquí»? ¿Qué criterios usamos para justificarlo? ¿Cómo interiorizamos los límites para que el bien sea compatible con lo libre? Hoy, la alternativa al límite aleatorio no puede ser negar cualquier marco. La única alternativa viable  a la aleatoriedad de los límites que enmarcan nuestra  acción colectiva es el común pacto de esos límites, en un diálogo abierto, plural y democrático.

La libertad no puede ser una excusa para el relativismo. Que todo se pueda decir no significa que  todo valga lo mismo. No confundamos libertad de expresión con calidad de expresión. Las palabras de  Romero no dirigen a la humanidad hacia la misma   dirección que los taLkshow televisivos en los que la gente se insulta. De nuevo, vemos la necesidad de contar con un criterio para valorar la expresión  (no para callarla; sólo para reubicarla según su valor  «humano»). No deberíamos pasar los apuros de los  organizadores de una exposición contra la censura  cuando debieron justificar por qué habían borrado los  grafitis pronazis que habían aparecido pintados en las  paredes.

Si la libertad se defiende como un derecho absoluto a hacer lo que queramos, legitimamos la desaparición de los criterios que orientan nuestra acción. ¿Qué nos queda, entonces? Los ultraliberales  conñan la libertad al instinto individual y confían en la capacidad individual de razonar para escoger  siempre la mejor opción. Cada uno, que ponga sus  normas. Los menos ultraliberales creemos que la decisión racional está lejos de explicar cómo actuamos.
Los seres humanos escogemos también por impulsos,  por influencia del entorno, por la cultura que nos  forma … Defender la libertad como un derecho absoluto a hacer lo que queramos da vía libre a las manipulaciones de la publicidad, la opinión manipulada, la cultura instrumentalizada … Tengámoslo claro: la libertad absoluta no existe. Todo entorno implica una  coacción que regula nuestro día a día y que orienta  nuestra acción (y es entorno tanto la educación como  la publicidad). Pedir libertad absoluta impide revisar a quién sirven esas coacciones y acaba siendo siempre  «la historia del zorro en libertad dentro del gallinero»,  como dice Tzvetan Todorov.

Defender la libertad no significa eliminar las  estructuras sociales, sino que debe implicar que esas  estructuras sean liberadoras, en el sentido de hacerlas  sensibles a las necesidades humanas. Cuando el objetivo de la educación es la formación de productores consumidores acríticos, la educación instrumentaliza  al ser humano hacia fines ajenos a su bienestar. El  trabajo instrumentaliza si usa al ser humano para hacer rodar una maquinaria de la cual el bienestar global sólo es un producto secundario a la acumulación del  dinero por parte de unos pocos. Los medios de comunicación instrumentalizan cuando pretenden manejar  la opinión en vez de fundamentarla. La alternativa a estructuras instrumentalizadoras es estructuras liberadoras: educación y trabajo que sepan combinar el  interés general con las necesidades individuales, unos  medios que permitan poner el conocimiento al servicio de nuestro bienestar. ..

Se habla de la libertad en la red, pero es dudoso que más comunicación signifique siempre mejor comunicación. La información relevante aumenta su proyección, pero también crecen las adicciones.

El derecho a la libertad protege al individuo de la tiranía en su espacio privado. Sin embargo, un  exceso de celo puede metamorfosear este derecho en  alergia contra cualquier obstáculo. Usamos entonces la libertad para justificar actitudes sociales dudosas.
En primer lugar, la libertad no puede utilizarse para  imponer nuestras necesidades en el espacio público.
No puedo exigir en nombre de la libertad que la ley  reconozca mi derecho a que el vecino soporte mi música a las 4 de la mañana. Lo público es de todos, no mío. En segundo lugar, no podemos usar la libertad  para lavarnos las manos de lo que ocurre en el espacio público. «Yo no miro la televisión -decía un entrevistado refiriéndose a la telebasura- pero la gente puede hacer lo que quiera». Sin nuestra participación en el espacio público (participando, dialogando, exigiendo,  valorando … ), no podemos garantizar que el mundo en el que vivimos no sea el resultado de una generación de telebasura. El miedo a ser vistos como obstáculos de la libertad de otros no debería legitimar nuestra abstención en la participación en el espacio público. Si mi única opción ante el embrutecimiento del camino que me lleva a casa es cambiar de ruta, pronto no voy a tener la libertad para llegar a casa limpio.

La defensa de nuestra libertad legitima una cierta desconfianza en la sociedad. Cierto grado de escepticismo hacia la prensa, la política, la educación …  no sólo es aconsejable sino que se ha demostrado  justificado. Sin embargo, el individualismo actual propone un escepticismo genérico hacia la sociedad que  se contrapone a la cohesión social. Todo se resuelve  con la autogestión y el control individual de mi vida.

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