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domingo , 24 septiembre 2017
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Orígenes del Desacuerdo

Orlando de Sola W.

En 1992 los representantes de dos bandos opuestos se reunieron en Chapultepec para firmar un acuerdo y poner fin al conflicto, pero no reconocieron sus verdaderos orígenes. La evidente inoperancia de ese acuerdo nos obliga a pensar en uno nuevo. Pero mientras no entendamos los orígenes del mismo, que no es fiscal, ni económico, sino humano, será imposible satisfacer las imperiosas necesidades materiales, intelectuales y sentimentales que provocan la discordia.

No alcanzaremos la concordia hasta que comprendamos las profundas raíces de la discordia, que se nutre de odio, envidia, pereza, codicia, arrogancia e indiferencia. Nuestro afán de dominio y competencia para explotar, no para servir, son importantes claves para comprender la naturaleza del conflicto, que debemos intentar resolver con actitudes humanas, no ideológicas, ni partidistas.

No vivimos en un sistema de castas como el de la India, donde parias intocables no se integran, ni ascienden socialmente, pero nuestro sistema es lo suficiente rígido y estratificado para fomentar la desintegración social.

Eso sucede en todos los países, pero en El Salvador la discriminación y segregación se mantienen porque no hay suficientes mecanismos compensatorios, como en los países mas solidarios. Además, los prejuicios, la discriminación y la desigualdad son consideradas naturales, es decir tolerables.

En lugar de reducirse, esas desigualdades y prejuicios se han ido acrecentando, principalmente por el incremento poblacional y la incapacidad de nuestra clase dirigente para comprender el problema.

La pobreza estructural y la marginación socio cultural siguen rampantes. Y la discriminación no cesa porque la élite se siente superior y la mayoría inferior.

El afán de dominio sobrevive, como en la colonia, cuando indios, mestizos y mulatos eran sometidos en un sistema de repartimientos, encomiendas y haciendas. La cruz y la espada han sido sustituidas por la democracia y el capitalismo. Pero el imperio de servidumbre se mantiene, aunque los encargados de administrarlo ya no son criollos y peninsulares, como en el pasado, sino los aventajados, privilegiados y favorecidos del sistema, que no es neoliberal, como se insiste, sino mercantilista.

Con alardes republicanos y jactancia democrática continuamos irrespetando los derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad de las personas, desprotegidos en el estado y el mercado porque la dominación y la explotación importan mas que la compasión y la misericordia, como quedó claro en el reciente forcejeo por el salario mínimo y las pensiones. La propiedad de nuestro cuerpo, pensamientos y sentimientos no son importantes ante la codicia, las ganancias y la indiferencia.

El derecho a la salud, que es parte del derecho a la vida, no interesa. Y no podemos poseer, ni ser libres, cuando estamos muertos. Mientras el estado, con todas sus instituciones, ignora esos derechos primarios, nos distraemos con nimiedades ideológicas y partidistas. Así no se cumple su verdadero propósito, que es proteger el derecho a la vida, la libertad y la propiedad, sin distingos de clase, posición o condición.

Por ello, antes de dialogar sobre nuevos acuerdos, o revertir los anteriores, debemos reflexionar sobre el origen de los desacuerdos.

Lo que mas distingue el estado  del mercado es el lucro, o ganancia. En el mercado, que es la suma de todas las necesidades y posibilidades, a nivel mundial, el lucro se necesita porque permite la acumulación de riqueza. En el estado, sin embargo, no es necesario porque riqueza acumulada llega por la vía de la contribución individual, familiar y corporativa. Esa captación de riqueza se lleva a cabo por medio de impuestos, empréstitos y devaluación, cuando el estado controla la moneda. En nuestro caso no es así, teniendo que recurrir a los empréstitos.

El estado debe protegernos de amenazas externas, pero también de los abusos de individuos, o grupos de individuos que recurren a la violencia, el fraude y el engaño para sacar ventaja a los demás.

La competencia no es para expoliar y explotar desde el estado y el mercado, sino para servir. Esa es la mejor forma de convivencia pacífica, aunque nos llamemos república democrática y representativa. Pero pretender que perfeccionando el oligopolio partidista lograremos mejorar es un engaño. El mercantilismo niega la igual dignidad de las personas. Y no podemos seguir cultivando ese sistema, que produce desconfianza, servidumbre y discordia.

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