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sábado , 23 septiembre 2017
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Mundos paralelos, una metáfora de El Salvador

Fredis Pereira
fredispereira@gmail.com

Llegaron la noche y el frió. La luna se ocultó para no ser testigo. La ingratitud es la reina del vecindario. Se mata por un dólar, de día y de noche. En esta calle donde la basura se recoge para encontrar comida. Así la dicha del mendigo que vive cerca del rico insensible, rico que paga matones para ahuyentar a los indeseables, que pone cercos para que sus guaridas sean inalcanzables a los miserables que abundan.

La matonería del rico también se huele en sus negocios. Allí los desdichados, aquellos que mendigan una chance para sobrevivir, apenas les dan para que no mueran de hambre, como esclavos modernos ganando salarios de miseria. También les obliga trabajar horas sin paga, porque para el rico avariento, el trabajador sirve como el carro, cuando no sirve solo hay que cambiarlo.

El mendigo nació hace 50 navidades, en medio del frío y la noche. El hijo único de María, la sirvienta del patrón, que por las noches cambiaba de cama para hacer su hazaña de macho sin dueño. Así comenzó el mendigo su mundo paralelo, como un bastardo que nadie quiere, hijo de la mala suerte, un error que bajo amenaza se ocultó su hechor.

En el mundo del rico se desconoce la miseria. Allí donde todo se compra, se conquista o se roba impunemente. Allí donde se dice, con razón, que el límite es el cielo, que la pobreza está en la mente. Se desconoce la miseria porque el corazón se les ha muerto, y viven su mundo de apariencias, recibiendo lisonjas de los lamebotas y de los truhanes que sirven de capataces.

El mendigo se llama Agapito, hijo de un viejo calvo, de nombre Javier. Agapito sabe de ese viejo, porque cuando cumplía ocho años, Dorotea que conocía el secreto, le dijo, mira allí va tú tata.

Agapito quedó huérfano a los cinco años, su madre murió de pulmonía, su abuela Clementina lo creció hasta los 10 años. Mama Cleme se lo encargó a su comadre, una vendedora del mercado central de San Salvador, Moncha, que vive en la Campanera. Mientras Agapito lloraba, Mama Cleme durmió. El huérfano que todos condolían pronto se hizo el mandadero, el objeto de burla, con quien se podían sacar la rabia dándole una buena tunda.

Javier no sabe que el resultado de sus bajezas de juventud, son las que caminan por las calles pidiendo limosna, que por su avaricia son cientos de familias que apenas alcanza para comer. No sabe, porque vive en la comodidad que sus riquezas, rodeado de sirvientes en un mundo paralelo al de los miserables.

Agapito también ha hecho sus picardías. No llegaba a los quince años cuando preñó a Julia, la hija de la tortillera. Julia encubrió todo hasta que su nana la descubrió, le sacó verdad después de quebrarle el palo de la escoba en el lomo. Julia una de las tantas mujeres de Agapito, a los 12 años, se metió a la Mara para que nadie la chingara, buscando compañía y apoyo.

Javier nunca se preocupó por la suerte de Agapito, no sabe nada del error de ese error de juventud. Lo que sí le preocupa es que hace tres días llegaron a dejar un papel en la entrada de una sus empresas. El papel dice: ponete en algo va el viernes va llegar un hommy por el bolado que nos debes. Se rasca la cabeza y dice, este gobierno cabrón que no hace nada, los debería meter presos a todos estos maleantes, de balde pago tantos impuesto. Se le olvida a Javier, que el mes pasado le dijo a Tito, su contador de confianza, que declarará menos ventas para no pagar impuestos.

Javier y Agapito solo los separa 20 años de edad, viven en mundos paralelos, donde uno se preocupa por sus teneres, y el otro se ocupa de un día más de su miserable existencia. Estos mundos paralelos, entre la riqueza y la pobreza, se cruzan cada día, quitando el sueño al rico y dando un suspiro más al miserable que sobrevive privado de sus derechos humanos.

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