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domingo , 17 diciembre 2017
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Mentiras y liderazgo

José M. Tojeira

En la vida es difícil encontrar a alguien que no le guste mentir. San Francisco Javier, pills en el siglo XVI, decease se asombraba de la costumbre japonesa de decir siempre la verdad contrastándola con la afición a la mentira de los europeos. De hecho San Francisco Javier señalaba ese contraste 20 años después de la muerte de Maquiavelo que al hablar de política solía decir: “Yo no digo nunca lo que creo, recipe ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”. De hecho este autor renacentista solía apoyar la mentira como una excelente arma política en favor de los gobernantes. Y nuestros aprendices de política, siempre dispuestos a buscar citas y a apoyar sus cortas creencias en la sabiduría del pícaro, disfrutan mintiendo. Mienten con demasiada frecuencia quienes tienen poder, sea éste económico, político o social.

Mienten los ricos cuando dicen que el sistema de pensiones basado en el ahorro es mejor que el de reparto, construido sobre la solidaridad intergeneracional. No les importa que circulen libros de economistas, con abundantes pruebas, que demuestran que los estados de bienestar se han construido no sólo, pero también, con sistemas de pensiones de reparto. Y el estado de bienestar, con sus diferentes fórmulas, ha sido hasta el presente la mejor fórmula para universalizar derechos y para respetar la igual dignidad de la persona humana. Se puede tener desconfianza de malversación o mala utilización de fondos de un sistema público de pensiones, sobre todo entre nosotros, bastante dados a la corrupción. Y ciertamente está comprobado que hubo corrupción en el sistema de pensiones, cuando éste era público, durante los gobiernos del PDC y de ARENA. Pero que haya habido corrupción no significa que siempre tenga que haberla. Y que se pueden corregir diferentes formas o peligros de corrupción, aunque nos cueste, parece evidente. Otros lo han hecho y sólo hay una razón para que en El Salvador no se pueda hacer: La costumbre de dejar impunes a los políticos mentirosos.

Y es que a los políticos les gusta mentir. Probablemente han aprendido de los ricos, que siempre dicen que su riqueza ayuda a los pobres, aunque los estén explotando. La mentira más repetida últimamente es que ni ARENA ni el FMLN han negociado nunca con las maras. Por supuesto esta espectacular mentira la repiten en su beneficio ambos partidos, mientras acusan al contrario de haber negociado ilícitamente. En vez de aceptar la realidad y expulsar de sus propios partidos a quienes negociaron, si es que la negociación se entiende como un acto delictivo o inmoral, los partidos se dedican a insultar al otro, aduciendo al mismo tiempo una especie de integridad que es evidente que no tienen. Los dos grandes partidos han negociado con las maras y con una estupidez palmaria se dedican a defender la propia integridad mientras satanizan al contrario. Mejor aceptar los propios errores, investigar a fondo las acciones de sus políticos y dar aclaraciones transparentes a la gente, bastante harta en general de esta este modo de actuar.

Los abogados no se quedan atrás, aunque ciertamente entre ellos hay personas muy decentes. Pero hay algunos que más parecen “abogangsters” del dólar, como llamaban en Honduras a los leguleyos puestos al servicio de las transnacionales bananeras. Abogados sanguijuela, no dudan en mentir incluso sobre temas que el derecho, como disciplina humanista debería considerar sagrados. Lisandro Quintanilla es un ejemplo de la facilidad no sólo con la que se dicen mentiras, sino de la facilidad de corromper los más valioso del derecho. Recientemente ha declarado que el asesinato de los jesuitas y sus dos colaboradoras no se puede considerar delito de lesa humanidad porque “sólo fueron ocho personas”. Si leyera un poco se daría cuenta de que un sólo asesinato puede ser delito de lesa humanidad. Y en el caso de los ocho mencionados se dan toda una serie de elementos conspirativos y represivos de parte del estado y de la fuerza armada que los convierte en delitos de lesa humanidad.

A veces la mentira se sustituye con la elusión y el silencio sobre lo que dificulta los fines propios mientras se resaltan los datos que impiden a ootros participar en determinada decisión. Un caso interesante es el del magistrado Rodolfo González. Éste ve bien la inhibición del magistrado Sidney Blanco porque tuvo una fuerte relación con el caso jesuitas de los años 1989-91, y ha sido testigo en el caso actual que se realiza en España. Pero no reconoce su propia relación con el mismo caso, en el que fue asistente del juez Zamora. Incluso en una parte del juicio está grabada la voz del magistrado, entonces joven estudiante mientras trabajaba con el juez. Eso sin contar con su voto negativo respecto a la petición de colaboración del juez español, cuando pidió certificaciones de los juicios habidos en El Salvador contra algunos de los ahora imputados en España. Por alguna razón quiere dar su voto en la sentencia que se dé sobre la extradición y ve las cosas de diferente color cuando se trata de su caso y el de otro. En lo personal siempre he abogado porque el caso judicial se abriera con seriedad en El Salvador, como recomendó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Y no sólo el caso de los jesuitas, sino todas las violaciones de Derechos Humanos graves. Estando convencido, además, de que se deben legislar, en el caso de los crímenes del tiempo de nuestra guerra,  medidas de gracia como el indulto a cambio de que los acusados colaboraren con el establecimiento o reconocimiento de la verdad. Pero a pesar de estar obligado el Estado salvadoreño, por tratado internacional, a poner sus mejores esfuerzos para cumplir las recomendaciones de la CIDH, ni el Ejecutivo, ni la Fiscalía, ni el Sistema Judicial han hecho lo más mínimo por cumplir la recomendación mencionada. No sólo mentirosos, porque han ido a Washington a decir que sí han puesto sus mejores esfuerzos, sino además violadores de las obligaciones que se desprenden de un tratado internacional. Si mentir y liderazgo son dos factores demasiado unidos en El Salvador, sin que a nadie le escandalice la situación, por mal camino vamos. La mentira en el liderazgo multiplica siempre las tensiones y favorece la corrupción. Si algo podemos decir al respecto, y con seguridad, es que la situación salvadoreña, compleja y difícil, no se solucionará con ese tipo de prácticas.   

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