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viernes , 24 noviembre 2017
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El mar de Mauricio  Vallejo Márquez

El mar de Mauricio Vallejo Márquez

 

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

 

A través de la historia de la literatura y del arte, el mar ha sido siempre un tema recurrente. No hay que olvidar que para muchas de las antiguas culturas fue la principal vía de comunicación y comercio, influyendo desde luego, en la religión y en las expresiones sensibles de las sociedades. Sólo el nombre de una prodigiosa civilización –la griega- es suficiente para comprobar lo afirmado.

Y es que, como ya lo ha expresado el poeta David Escobar Galindo, refiriéndose a la obra plástica de Salarrué: “el mar es un misterio”.  Un misterio profundo, seductor. No puedo  obviar en el recuerdo,  las palabras de mi abuela materna, cuando refiriéndose a las agitadas y salobres aguas, me decía: “el mar es terrible”.

El poeta Vallejo Márquez es un hombre fuertemente conectado con esos misterios. Los misterios de las simbologías arcanas, los misterios que el mar encierra y connota.  Y es que esa conexión no es gratuita ni impostada, es, ante todo, una vocación, posiblemente relacionada con nuestras vidas anteriores. Así, Salarrué, y nuestro recién fallecido poeta Ricardo Lindo, fueron seres marinos, pertenecientes a las sagradas aguas; y en el caso de Ricardo, volvieron a ellas, a bordo de diminutas embarcaciones que llevaron sus mortales cenizas a la inmortalidad del océano.

No es fácil, sostener, la unidad temática, a lo largo de varias decenas de páginas. Ése fue mi primer comentario franco al libro “Bitácora”, que Mauricio nos regaló en el 2012, bajo el sello de La Fragua Ediciones. No es fácil. Sin embargo, el poeta, va sorteando las palabras, abordo de su embarcación, usándolas, con su intuición creadora, la única guía posible del real hacedor.

Sortea las dificultades, y explora, desde el lenguaje conversacional, hasta el más simbólico. Pero –como en el mito del Minotauro- nos va dejando pistas, a través del poético hilo de Ariadna, para que éste nos retorne y no seamos víctimas del extravío. Aun así, como bien expusiera Umberto Eco en su Opera Aperta: toda obra constituye un universo abierto a las múltiples interpretaciones y significaciones del  normal lector o del estudioso; la obra en ese sentido, es polisémica y polivalente, y por supuesto, dice más de lo que conscientemente su autor ha creído decirnos. Ella está ahí –en su majestad polifónica- desafiando todas las posibles descodificaciones, que nunca se agotan, ni en el tiempo, ni en el espacio.

Los versos de Mauricio acusan, como siempre, de forma inevitable, al yo-lírico, propio o ajeno, que se duele ante las pérdidas del humano amor, y del amor filial, sanguíneo, trascendente. Su cantar se nos presenta con ese tono de salmista, que pareciera reconocer en el Capitán, a la divinidad alumbradora: “Capitán la noche no me deja verte/ pero enaltecido has dominado el mar/ como los días en que caminaste sobre ellas/ y la tripulación canta/ mas la noche apenas se cambia el vestido”.

El mar -ese Mare Nostrum, Maremágnum- siniestro e invadido de monstruos terribles, donde habitan Leviatán, Caribdis y Escila, ha sido también el responsable de tantos y tantos desaparecidos y asesinados, por los crueles embates de sus aguas. El mar del odio, de la absoluta impunidad.

Pero es también el mar del asombro, el mar niño, que buscábamos ansiosos, cuando desde el lejano horizonte lo divisábamos, casi unido al cielo, en aquellos primeros días de nuestros pasos por la tierra. El mar de la ilusión, el divino mar del inicio de todas las plenitudes.

Y al final de los finales, la verdad siempre resplandece, y estamos, solos frente a la noche, contemplando nuestra propia piedra filosofal: “sólo una piedra quedó/sólo una que llamó a la noche día/ la acarició tanto que la hizo blanca”.

Este es un libro de arenas, de sal y de silencio. Este es un libro que busca con ahínco el oro de la propia voz, siempre cercana y distante; visible y oculta, para el poeta y para sus lectores.

Mauricio conoce, como todos los que se aventuran en el mar, aquello que tan sabiamente, cantó una vez el poeta Oswaldo Escobar Velado: “A la orilla del mar, hay otro mar/ más hondo; de más saladas aguas/ que las aguas del mar”.

Es el mar, que está más allá, de todos los mares que imaginamos, y al cual –acaso- algún día nos sea dado el privilegio de llegar. Mientras tanto, nuestra gratitud al poeta Mauricio Vallejo Márquez, por mostrarnos,  a nosotros –seres no del mar, sino de montaña- , ese su mar, tan monstruosamente hermoso.

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