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martes , 21 noviembre 2017
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Los motivos de Caín

Orlando de Sola W.

En un sesudo poema nos explicó Rubén Darío como “un rudo y torvo animal, bestia temerosa, de sangre y de robo, las fauces de furia, los ojos de mal: el lobo de Gubbia, el terrible lobo rabioso”, dejó de serlo. Pero “Los Motivos del Lobo” no son los de Caín, cuyo hermano gusano murió por envidia, o por maldad.

El lobo de Gubbia mataba por hambre, por necesidad, hasta que Francisco de Asís lo convenció que se dejara alimentar por los humanos y se amansara.

Cuando el santo salió del pueblo, los humanos retornaron a sus malandanzas, como dijo el lobo al santo: “Mas empecé a ver que en todas las casas estaban la Envidia, la Saña, la Ira. Y en todos los rostros ardían las brasas de odio, de lujuria, de infamia y mentira. Hermanos a hermanos hacían la guerra, perdían los débiles, ganaban los malos, hembra y macho eran como perro y perra, y un buen día todos me dieron de palos”.

La justicia no es de lobos, sino humana. Y su versión Restaurativa, o Transicional no pretende vengar, pero exige Verdad, Justicia y Reparación sin condenar! Humilla, sin embargo, al inquirir. Pretende reparar horrendos crímenes, como el de Caín, sin causar daño. Sabemos quien fue la víctima y quien el victimario en ese caso bíblico. Pero esa no es toda la Verdad. Y aunque la justicia castigó con expulsión a Caín, lo protegió contra toda venganza con una señal. Hubo misericordia, no reparación, porque era imposible. Del Mozote al Garrote no hay más que un paso. Ambas fuerzas militares, la FAES y el FMLN, cometieron atrocidades que podrían ser revividas con rencor, sin misericordia, habiendo tantas otras prioridades de Estado que perseguir, crímenes sin explicación, sin reparación.

Nuestro Estado no funciona porque seguimos engañados por una clase dirigente que pretende perfeccionar un sistema capitalista y democrático que no existe. Vivimos, desde la colonia, un crónico y degenerativo mercantilismo oligárquico.

Todo castigo es sufrimiento. Y aunque lo niegan los inquisidores de moda, la humillación es sufrimiento. Para el imaginario público, quienes representan ese pretendido capitalismo y democrático son los indiciados de la FAES. Pero su humillación y sufrimiento no repara los daños de guerra, encubriendo otros crímenes cometidos por quienes se oponían al sistema, pero no están libres de culpa. Esa es omisión de investigación.

¿Por qué desgastar al Órgano Judicial y otras instituciones del Estado en revivir con saña las atrocidades? ¿Por qué humillar solo a una de las organizaciones militares y no a la otra? Sobran misiones y razones de Estado mucho más importantes que la revancha.

¿Por qué derrochar el tiempo y los fondos públicos en un teatro macabro que desconoce la prudencia? La Justicia Transicional no revive muertos, pero niega el derecho de los vivos a defenderse, tanto individual como colectivamente. No se trata  de lo que algunos interpretan como su derecho a la conquista y sometimiento de otros. Se trata de la defensa de la vida, cuando es amenazada por un peligro inminente y confirmado.

Ese derecho, para que sea legítimo, debe ejercerse en forma proporcional a la amenaza, evitando el exterminio preventivo y punitivo de razas, clases, o castas ideológicas que podrían percibirse como amenaza, pero no lo son. Como humanos tratamos de comprender los motivos del lobo, que simboliza la bestia en nosotros. Pero cuesta comprender los motivos de Caín, que por envidia, o por lo que sea, eliminó a su hermano, solo porque su presencia le parecía insoportable. Uno era agricultor y el otro pastor. La materia de su sacrificio dependía de su actividad. Pero importaron más los sentimientos, que llevaron a Caín al fratricidio. Seguimos imitándolo hasta el presente, con repeticiones a gran escala de lo mismo, como los holocaustos en Hiroshima, Nagasaki y otros. Las matanzas en el Mozote y el Garrote (del FMLN) no tienen más explicación que el odio y la envidia de Caín contra su hermano, sacrificado en el altar de la maldad, la ira y la guerra perpetua. La primera piedra ha sido lanzada por inmisericordes interesados en destruir, o desprestigiar un sistema que resulta tan equivocado como el otro. ¡No tropecemos en la misma piedra!

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