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lunes , 18 diciembre 2017
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Los mesones: reflejo de la pobreza y de la exclusión habitacional en El Salvador

Ramón D. Rivas*

Ramón D. Rivas*

Ramón D. Rivas

El relato que a continuación presento es parte de la serie sobre los mesones en San Salvador y es el resultado de una entrevista realizada a una mujer que los primeros años de su niñez los  vivió en uno de los tantos mesones que abundaban en el  San Salvador del ayer. Lo importante de la entrevista es el hecho de que, ask contrario a como sucedía con los habitantes de otros  mesones, todos los habitantes del mesón Serpas pudieron salir de ese espacio habitacional y coronar el sueño de algún día tener casa propia. “Hasta los diez años me recuerdo de haber vivido en un mesón —dice ella—. Vivimos en el mesón Serpas, cerca de la iglesia don Rúa. Era un espacio grande donde había como cuatro o cinco entradas. No había agua en el mesón y uno tenía que ir a traerla a un tanque a una distancia de más o menos dos cuadras. El agua no se compraba, pero sí hacíamos fila desde las cinco de la mañana. La gente iba a traer el agua en cántaros de barro u otros recipientes; y ya en el mesón, cada familia llenaba los barriles y ollas para tener agua para todo el día. La gente se bañaba en espacios libres, cerca de cada cuarto donde estaba el lavadero con el respectivo barril. Era eso siempre de no gastar mucha agua en eso de bañarse; y los papás estaban siempre pendientes, pues había más de alguno que le gustaba echarse guacaladas y eso hacía que no solo se desperdiciara el agua, sino que se terminara más rápido. Era siempre eso de bañarse temprano para que nadie lo viera a uno. El mesón Serpas no era un mesón cerrado, era un espacio abierto propiedad de la familia Serpas. Mi mamá lo que hacía era subarrendar también un cuartito a una señora. Y con eso se ganaba unos centavos más. En ese tiempo, mi papá ganaba 12 colones mensuales trabajando en una gasolinera y mi mamá vendía verduras en un canasto; y era poco lo que ganaba, pues, como lo que vendía era al menudeado, al mes lo que lograba ganar era de 5 a 6 colones. Eso era lo que ella decía que más o menos le quedaba. Es que ella prestaba 10 colones a un prestamista para poder trabajar; y pagaba 12. Nosotros éramos cinco hermanos. Ahora el lugar es muy diferente, varias veces lo he visto y me trae muchos recuerdos; se llama colonia María Auxiliadora, porque la mayoría de la gente que vivíamos en el mesón íbamos al oratorio de las madres  de María Auxiliadora. Éramos una comunidad integrada, todos nos conocíamos. Inclusive el terreno que nosotros tenemos en San Antonio Abad es porque las monjas incentivaron  a la comunidad al ahorro, para que la gente pudiera comprar su terrenito; y lo logramos. Es que las monjas compraron el terreno en San Antonio Abad, y luego ellas mismas dividieron el espacio en diferentes parcelas para quince  familias. Eso sí, solo era para parejas casadas. La cuestión era que mi papá y mi mamá no estaban casados; pero les dijeron a las monjas que se iban a casar más tarde; que querían salir de algunos contratiempos, pero que se iban a casar. Sí, ellos les dieron a las monjas la contribución, es decir, la prima, que eran cerca de 600 colones; y con eso logramos, como familia y todos los demás, salir de la vida del mesón. Es que la mayoría de las familias que vivían en el mesón Serpas compró su terrenito con el apoyo de las monjas. Por eso es que quizá el lugar se llama pasaje ‘María Auxiliadora’, que la misma gente de la comunidad le dio el nombre. Es que eso de la conformación de la cooperativa fue todo un apoyo para poder guardar algunos centavitos, pues de ese mismo dinero fue de donde Salió para cooperar las parcelas. La cooperativa conformada por las monjas y la cooperativa de ahorro y préstamo fue un incentivo clave para poder salir del mesón. Tengo buenos recuerdos del mesón. Era, por suerte, un ambiente sano. A diferencia de lo que se habla de otros de esos lugares. Recuerdo que todos los niños nos reuníamos  después que llegaban nuestros papás de su trabajo. Eso era alegre, pues en el caso de nosotros todo el día estábamos encerrados en el cuarto; y cuando mi mamá llegaba a las cinco o seis de la tarde nos permitía salir y jugar con todos los niños. Juagábamos escondedero, a las chibolas, jack set, salta cuerda, arrancacebolla, diferentes juegos de tienda; unos ponían sus jueguitos de cocina, y en ese juego nosotros éramos los que vendíamos el aceite; y este lo hacíamos de la flor del clavel, ya que esta flor, al dejarse en agua, muy pronto expedía una especie de ligamento… Hacer tortillas, las que torteábamos de tierra que mojábamos. Era bonito, y es bonito, recordar todo eso. Continuará…

Director de Cultura. Universidad Tecnológica de El Salvador

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