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martes , 21 noviembre 2017
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Los mesones: reflejo de la pobreza y de la exclusión habitacional en El Salvador

Ramón D. Rivas*

Ramón D. Rivas*

En ese mundo, ask hasta cierto punto de hacinamiento en que se vivía en el mesón, eran los padres  y los padrastros, en el mayor de los casos,  quienes imponían los castigos entre los hijos que trascendían el orden establecido y para ello, la imposición de los castigos, era diversa y comenzaba con palabras insultantes “puteadas”, amenazas y las leves advertencias, como por ejemplo “si no comes no ves televisión”, si no haces los deberes te va a caer una buena…” “Si el cipote insistía en la rebeldía venían jalones de oreja, pellízcones, y los  talegazos en la espalda”. Cuando se imponía el castigo a golpes era por actitudes de rebeldía, indiferencia ante las advertencias paternales, actitudes de mala educación y picardías consistentes en andar “capeando”, es decir observando de manera pícara a las niñas y a las mujeres adultas por las hendiduras de las puertas o simplemente en los baños, ver revistas prohibidas de sexo, llegar al mesón con olores a licor y  cigarro, entre otros. Entre los castigos más comunes estaban el hincar al hijo en maíz o maicillo, embarrarle la espalda con sal y manteca de cerdo y arrodillarlo bajo el inclemente  el sol para que reflexionara sobre el hecho. Pero por lo general, “las cachimbiadas” eran impartidas con cinchos de cuero crudo, cables de planchas, y barzones. Los castigos menos severos consistían en mandar a la cama al castigado sin comer o no dejarlo jugar con el resto de los niños por algún tiempo. Sucedía también que, de acuerdo al grado de la travesura, se imponían algunos castigos medievales como es el hecho de mandar a vender piedras al hechor lo que naturalmente era humillante y por consiguiente detestable. En definitiva, los castigos se resumían así; por faltarle el respeta a un adulto, por portarse mal no cumpliendo a las normas del momento, y por faltar al respeto a personas no de la familia en el mesón y en la escuela. Otro castigo que dolía eran las prohibiciones de ir al cine el día domingo para ver las matinés y las “tuzadas”. Entre los personajes de los mesones siempre había un bolo escandaloso, un contador de buenos chistes, los famosos jayanes, aquel cipote travieso que no respetaba ninguna norma y rompía o se robaba cualquier cosa; pero entre los personajes que más daño causaban en el mesón estaban las mujeres y los hombres que les gustaba llevar y traer, los chambrosos, y también aquel pícaro tunante que enamoraba viejas y cipotas; y entre las cipotas siempre destacaba una piojosa y la otra coqueta. En esos tugurios colectivos de los mesones no había privacidad. “Un pedo sonoro se escuchaba hasta en cinco cuartos a la redonda; el crujir de una cama ponía en alerta a todo el mesón; el llanto de un niño recién nacido era escuchado por todos; así como cuando se caían las cacerolas o los regaños acompañados de una putiada de los mayores a sus hijos.” Pero también estaba la cipota más bonita del mesón, a la que todos los jóvenes y viejos admiraban y piropeaban a la orden del día, pero que a ninguno le hacía caso, con la que todos afirmaban haber hecho cosas que nunca hicieron. Otros personajes, que aparecían en los mesones, eran los músicos románticos tocando, ya sea con guitarras o maracas, y cuando se reunían en grupos solían estar en la entrada del portón del mesón, demostrando sus habilidades musicales pero que eran opacadas con aquel jayán del grupo que normalmente llegaba solo a dispersarlos, dejándose ir un sonado pedo. Muchas de las actividades tenían un marcado carácter comunitario en donde todo se compartía y donde amigos y enemigos siempre estaban juntos en los eventos como casamientos, fiestas rosas, bautismos y cumpleaños. Los problemas por la limpieza de los espacios que a cada quien le correspondía en los corredores era un problema constante, así había de aquellas señoras que limpiaban en la mañana y en la tarde y cuidaban también de sus frondosas macetas cargadas de variedades de flores pero había también de aquellas que en vez de limpiar ensuciaban y solo servían para desordenar lo ordenado. Pero los velorios destacaban por reunir a todo el mesón y mostrar su solidaridad para con el doliente, y, según me comentan la solidaridad y el pesar era tan manifiesta entre todo que  “hasta a más de algún perro se le veían lágrimas. En los velorios se compartía el dolor, pero siempre abundaban las sonrisas y carcajadas que al final de un buen chiste se compartían con los acompañantes del doliente”. En los velorios se departían  tamales, café, chocolate, pan dulce y platos llenos de cigarros en los que todos colaboraban para la compra y luego durante el velorio poder departir.  Hasta en la década de los sesenta la gente se moría por muerte natural en avanzada edad, enfermedad termina o un accidente fatal,  como sucedía en las temporadas de semana santa en donde las familias enteras del mesón de iban de paseo para la playa y los ríos, muchas veces con las consecuencias dramáticas del caso, pero era rara la muerte violenta ocasionada por delincuencia. El velorio, era un acontecimiento de toda la noche en donde la gente mataba el sueño contando chistes, jayaneando, jugando naipe y más de alguno se daba el lujo de decir: “Hoy me fue bien, pues gane buenos billetes naipiando”. Los novios y otras parejitas que se buscaban aprovechaban el momento del dolor ajeno para pegarse unas buenas amontonadas y en algunos casos más…, que solamente eran separadas por los pasos y al pitido que daba el sereno, que desde que anochecía hasta que amanecía rondaba la cuadra. Los que no vivían en ese mesón y habían llegado a la vela ya aclarando, de regreso a su casa, pasaban por más de algún puesto de venta de atol shuco para recetarse su guacalada con suficiente chile, frijoles monos y alguashte, sin faltar el pan francés, en compañía de la retahíla de bolos empedernidos del barrio. La misma solidaridad y hechos sucedía para el novenario. Continuará…

*Director de Cultura. Universidad Tecnológica de El Salvador

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