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jueves , 14 diciembre 2017
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Los habitantes eternos del Bella Nápoles (entrega final)

Los habitantes eternos del Bella Nápoles (entrega final)

Mauricio Vallejo Márquez
Escritor y poeta

No hay ninguna diferencia entre estos años y la década pasada, sickness el rito es el mismo, thumb las meseras, las dueñas y algunos clientes. Pero hay cosas que han cambiado aunque no se perciban, pequeños detalles como algunas tazas o como el tapiz de pocas sillas. Lo que no cambia es que el lugar escribe la historia.
En sus mesas disertaron los poetas de la generación del 44. Oswaldo Escobar Velado y Pedro Geofroy Rivas, compartieron con los jóvenes, conversaron con los miembros de la generación Comprometida y a más de alguno lo instruyeron en esas mesas café claro. Roque Dalton, Manlio Argueta, Roberto Armijo, José Roberto Cea, Tirso Canales estuvieron en donde ahora luce el Punto convergente de las Artes; bebieron café y escribieron muchas de sus obras. Cea elaboró su novela Ninel se fue a la guerra. Todos los lunes se presentaba a las 8:30 am. y escribía hasta que la terminó. Cea es el escritor que más tiempo pasa en el lugar y el único de los Comprometidos que no falla a su cita con el café. Las meseras y la dueña lo saludan con una enorme sonrisa, el mismo saludo que se dan entre parientes.
También se reunieron los miembros del grupo Piedra y siglo en la década de 1970: Jorge Campos, Ovidio Villafuerte, Rafael Mendoza, José María Cuellar, Luis Melgar Brizuela, Ricardo Castro Rivas y el sonetista Ulises Masís. Salvador Juárez también es uno de los visitantes que aún llega a departir.  De seguro allí compusieron más de algún verso en sus tertulias o elaboraron cadáveres exquisitos como aún lo hacen cuando se reúnen. También pasaron por ahí los pintores Camilo Minero, Antonio García Ponce, Augusto Crespín, Bernardo Crespín, Armando Solís, Carlos Ramírez Melara y Antonio Bonilla, quienes participaban en las discusiones literarias y filosóficas o esbozaban en sus cuadernos un bodegón o un retrato. Y no podían faltar los escultores como Dagoberto Reyes que religiosamente llegaba a beber café por las tardes y a conversar.
Los actores Enmanuel Jaen y Norman Douglas incluso ensayaron obras y repasaron guiones. Pero ninguno de ellos quedó tan presente entre sus mesas como los escritores que publicaron en la página cultural Cebolla Púrpura: Jaime Suárez Quemaín, Francisco “Tamba” Aragón, Nelson Brizuela, Mauricio Vallejo (mi padre), Alfonso Hernández y Rigoberto Góngora quienes fueron asesinados en la guerra. Los secuestraron, torturaron o ajusticiaron y a pesar de haber muerto son los eternos habitantes del café.
Los otros, los que lograron sobrevivir fueron envejeciendo y las generaciones cambiando. Sin embargo la mayoría de meseras del lugar son las mismas de hace veinticinco años, salvo alguna excepción. Pero mientras queden rostros conocidos Bella Nápoles será el mismo, aunque afuera el tiempo pase.
Las meseras tienen entre 17 y 30 años de servir café, muchas conocieron a los poetas, pero no los recuerdan por nombre, sino por sus rostros o sus apodos. La niña Martita es un ejemplo de ello, con 22 años trabajando en el negocio, les sirvió el café las veces que llegaron, los saludó. Pero sólo al ver las fotos dice “Sí a él lo conozco” y recuerda, en cambio si se mencionan nombres ni siquiera hace el intento de recordar: “tendría que ver la cara, los nombres no los recuerdo”. Ellas aún los ven llegar por las tardes, algunas creyeron que tras los Acuerdos de paz de 1992 los verían atravesar las puertas de cristal para pedir el café de las 3:00 de la tarde, pero con el paso de los años las esperanzas se convirtieron en resignación.
Estas mujeres escucharon las pláticas de ellos como oír la lluvia. No pusieron atención en todos esos discursos que se confundían con los debates de los gnósticos, lo estudiosos de los ovnis e incluso con los neuróticos anónimos, porque en ese lugar cabían y caben todos los temas. Para ellas era lo mismo, eran clientes más, a los cuales sin conocerlos les guardaban cariño. Pero en los utensilios del café sobrevivieron esos temas. En sus tazas, las cuales aún parecen seguir allí, bebieron café los poetas mientras conversaban de historia, de literatura y de pintura, como de sus hijos, de la cuadra o del clima. Las charlas parecían no tener fin y tras una venía la otra, tras las salida de algunos llegaban otros y la tertulia parecía infinita.
Es una cafetería igual a muchas que como ella se encuentra en el centro de San Salvador, pero existe algo que la hace diferente, en ella habita la historia y se sigue escribiendo como sucedió en los años turbulentos del siglo XX. La gente encontró en el café su refugio. Mientras las calles eran hervideros donde los salvadoreños no sabían si regresarían a casa o no tras el trabajo o el estudio, porque podían ser asesinados por pensar diferente o parecerse a alguno que fuera un revolucionario o por que la mala suerte permitiera a una bala perdida frenar sus vidas.
Las cafeterías se volvieron el lugar perfecto para ampliar las horas de tranquilidad, se convirtieron en templos donde el café y el pan eran la comunión perfecta. Sin quererlo allí dejaron la vida y su juventud muchos de ellos. En esos años los cafés Skandia, Lutecia, Doreña, Teatro y el Bella Nápoles eran los lugares preferidos, de estos sólo sobrevive el último a pesar de haber sufrido dos incendios y tres mudanzas.
Bella Nápoles no sólo fue un lugar de reunión sino refugio de muchos durante la década de 1960, allí se escondieron de la Guardia Nacional los poetas perseguidos. Los maestros que desarrollaron huelgas, protestas en la plaza Dignidad Magisterial y mítines en el Centro de San Salvador vieron en él un oasis que fue irrespetado al iniciar la década de 1980 cuando las cosas fueron diferentes.
El doce de julio llegaron a secuestrar al poeta Jaime Suárez Quemaín y al fotoperiodista César Navarro. Dos chacales vestidos de negro los aprehendieron y a punta de pistola los llevaron a una brutal muerte, tras torturarlos. A pesar de las torturas Suárez conservó el dedo pulgar entre el índice y el anular, que en El Salvador es una señal de irrespeto que significa: “ma”, como una provocación a sus captores y un símbolo que caracterizaba a la Cebolla púrpura. Desde ese momento las cosas cambiaron. Toda esa magia de ensueño se disipó y la gente emigró, dejaron de frecuentar el lugar hasta que las cosas se calmaron o hasta que las balas dejaron de sonar.
Esa tarde quedó vacía su mesa y su taza medio llena, pero la cafetería no cerró. Y aunque se corrió el rumor de que era peligroso visitarla, la gente siguió llegando. Quizá a la espera de ver a Suárez disertando acerca de algún poeta. Total, en sus paredes habitan estos fantasmas que con el tiempo se fueron sumando los pintores Camilo Minero y Antonio García Ponce. Mamá Campanita aún los observa tras la caja registradora y suena la campana.
En el café se siente la presencia de todos, en él quedan. En la esquina cerca de un ventanal se encuentra la mesa donde departieron Mauricio Vallejo, Jaime Suárez, José Roberto Cea y Julio Artiga. Los dos primeros fueron mártires, los otros sobrevivieron. Cea siempre llega, mientras el otro salió del país y no ha vuelto al café. Los mártires se sentaban siempre uno frente al otro, mientras los otros dos también. Era su posición de costumbre, cerca de la ventana para ver pasar a la gente, para observar el mundo de afuera como lo hacen los poetas. Hoy las sillas están vacías y los fantasmas de estos dos poetas conversan por la eternidad mientras el resto de mortales entran y salen del café.
No varían las tardes en el viejo café. Siguen llegando muchos de los que vieron a esos poetas, llegan y se sientan en silencio a observar el local, estudian con cuidado sus paredes y toman un sorbo de su bebida. Se sientan silenciosos y ven las horas pasar en esas paredes crema. Beben café y observan a su alrededor como las mesas continúan llenándose, estudian viejos rostros y entre ellos los nuevos que se suman a la tradición, así como los turistas que saben que el tiempo se estancó aquí. Salgo del café y regreso al mundo. Y sin quererlo los escritores muertos surgen de una columna y se sientan a conversar como lo hicieron cada tarde antes que los silenciaran.
Así como pasa todos los días a las 6:30 de la tarde cuando las persianas de acero cubren las puertas de vidrio.

POSTALBella Napoles_3

4 Comentarios

  1. Un excelente lugar, comida exquisita, ambiente tranquilo y relajado. Sería bueno que le quitaran las ventas de enfrente para que pudiera verse mejor su fachada 😀

  2. No conozco el “Bella Napoles”, pero este artículo me ha parecido muy valioso para que todos los salvadoreños conozcamos un poco más de los grandes exponentes de la literatura nuestra. Es una forma de conocer nuestra propia historia y aceptar que “nuestra literatura va de la mano con el acontecer politico” la sensibilidad poetica es el resultado de los momentos claves de nuestra historia.
    Me encantó este excelente artículo…aunque no conozco los cafés donde se llevaban a cabo estas maravillosas tertulias los visualizo en dichas tertulias….un dia conoceré este café,
    sinceramente,
    ea

  3. De niño me llevaban a esa cafeteria, y no sabia que todo eso ocurria a mi alrededor… dan ganas de regresar..

  4. margarita pineda

    Al leer me transporté en el tiempo, gracias Mauricio hijo, por regalarnos estas memorias de tiempos pasados, tal es tu habilidad, que sin haber vivido esas épocas las haz sabido describir. En mi adolescencia mas de una vez fui por allí.Un cordial saludo para tu linda madre, mi compañera universitaria.

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