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miércoles , 22 noviembre 2017
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Los caballos de Luis Ángel Salinas

-dariolara Álvaro Darío Lara
Escritor y poeta

Recientemente, diagnosis he deseado escapar de los valles donde campean los bajos fondos humanos, sovaldi sale tan  míseros, tadalafil en ocasiones, para arribar a la playa liberadora del arte, donde todo se me revela como un auténtico paraíso. Y he vuelto, al bello libro “Colección de Pintura Contemporánea” (Artes Gráficas Publicitarias, El Salvador, 1995), cuyo autor, es el arquitecto Luis Salazar Retana, un gran conocedor plástico, un académico de las bellas formas y un agradabilísimo cronista.
Ahí, entre ese magnificencia del color, he reencontrado un cuadro del pintor nacional, Luis Ángel Salinas (1928-2000), una obra sin título, bajo la técnica del óleo sobre tela, donde aparece una figura humana, carente de rostro, en primer plano; luego un caballo, la roja tierra, el mar y el cielo infinito, poblado de nubes.
La obra de Salinas, ex becario en el México de finales de los cincuenta, es una obra impecable técnicamente, tanto en lo figurativo, como en estas producciones, rebosante de vigorosas geometrías, sugestivas y sensuales, donde las atmósferas enigmáticas emanadas de la influencia surrealista, nos sumergen en paisajes fascinantes.
Sobre él dice Salazar Retana en el ya citado libro: “Ha ganado numerosos premios y tengo la amarga percepción de que es un hombre muy poco reconocido en los medios del arte nacional. Un hombre que en su momento fue un verdadero creador de formas triunfadoras y elegantes” (p.47).
Y esto me parece absolutamente cierto, ya que pese a algunas exposiciones posteriores, como la realizada por la Pinacoteca de la Universidad de El Salvador, en 2008, consistente en un doble homenaje al Maestro Salinas, y al también consagrado don Camilo Minero, hace falta mayor difusión y valoración de una obra tan singularmente trabajada con dedicación y excepcionalidad.
Recuerdo un cuadro de Salinas, en la casa que el escritor Álvaro Menéndez Leal, construyó al final de una terrible calle –cuesta abajo- en Planes de Renderos, a la cual bauticé como “La Calle de los Monos”, y que tanta gracia daba a Álvaro. El cuadro en cuestión, se encontraba justo a la cabecera del escritorio del gran cuentista, y era una pieza maestra de esa colección de equinos, que Salinas pintó alguna vez. A propósito, Álvaro, escribió uno de los mejores cuentos que he leído, sobre estos veloces seres, titulado “La hora de los équidos” (Revolución en el país que edificó un castillo de hadas),) donde crea toda una ficción acerca del fin al que llegaron los automotores, gracias al sabotaje terrorista de la ciudadanía, que terminó con ellos, en defensa del aire puro, y luego la vuelta que la humanidad hiciera al mundo del transporte cuadrúpedo. Una maravilla de narración.
La pintura nacional, en ocasiones, tan desnaturalizada por la mala copia de las modas globales, sin investigación, sin estudio, sin aportes de creativa identidad, apoltronada cómodamente en la falsa justificación del arte conceptual, debe resucitar. Urge aplicarle descargas eléctricas, que la saquen del facilón decorativismo, y de los pésimos refritos de ese pozo sin fondo, donde parece caber todo, el llevado y traído arte conceptual. Denominación que se usa, en realidad, como comodín, sin un real conocimiento de lo que es, para justificar espantosos productos.
Hay que volver al estudio de nuestra rescatable historia plástica, en sus búsquedas, hallazgos y dinamismos, no para repetir vilmente lo que es irrepetible, sino para contagiarse del espíritu que caracterizó a esos grandes artistas, y que los condujo, para el caso, a una obra tan importante como la del Maestro Salinas. Los jóvenes tienen el pincel y las ultramodernas herramientas para hacerlo. ¡Ánimo!

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