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Miércoles , 20 Septiembre 2017
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¡Laudato si´! Un canto profético, de solidaridad y de esperanza… (PARTE II)

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Tal como hemos expresado en la primera parte de este artículo de opinión sobre la encíclica Laudato si’ (LS), and el Papa Francisco trata la crisis ecológica global debida en gran parte a la relación individualista y utilitarista de los seres humanos con el medio ambiente.

La raíz de la crisis ecológica, señala el Papa Francisco, es el paradigma tecnológico (LS, N° 101). La ciencia y la tecnología han obtenido logros asombrosos pero carecen de una ética adecuada, sólida, una cultura y una espiritualidad que limite y contenga un lúcido dominio del ser humano (LS, N° 105). La razón instrumental aplicada a la ciencia y la tecnología conduce al abismo del crecimiento infinito e ilimitado (en la economía, las finanzas, etc.), haciéndonos pensar y creer que los bienes y los recursos del planeta son ilimitados e infinitos explotándolos hasta el límite y más allá de su capacidad real. El Papa Francisco lo dice en los siguientes términos: “Se trata del falso presupuesto que ‘existe una cantidad ilimitada de energía e de medios utilizables, que su inmediata regeneración es posible y que los efectos negativos de la manipulación de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos” (Papa Francisco, Laudato Si’, Ancora Editrice, Milano, Italia, 2015, N° 106). Los efectos perniciosos de este paradigma se hacen sentir en la realidad humana y también en el medio ambiente. Dada la realidad compleja de la crisis ecológica, el Papa Francisco subraya la necesidad del diálogo entre todas las instancias institucionales y de la sociedad civil para revertir las consecuencias nefastas del deterioro ecológico. El Papa Francisco recupera la riqueza de las ciencias, la filosofía, la teología, destaca la importancia del diálogo ecuménico e interreligioso para abordar la crisis ecológica (LS, N° 7). La encíclica muestra una sincera apertura al diálogo con todas las instancias posibles, tanto institucionales como de las organizaciones sociales. El Papa analiza y se solidariza con las pospuestas positivas de la Declaración de Stocolmo, la Convención de Viena, el Protocolo de Montreal, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el desarrollo sostenible de Rio de Janeiro del 2012; pero aclara que la atención a este problema no debe imponer obstáculos a los países menos desarrollados para alcanzar mayores espacios de crecimiento y desarrollo humano, ni tampoco se debe ocultar que los países más desarrollados han crecido a expensas de la contaminación del medioambiente, y en consecuencia, tienen que asumir su responsabilidad (LS, N° 172).

1) La importancia de una cultura ecológica, de un orden jurídico internacional y de la participación de los Estados para enfrentar la crisis ecológica

El  Papa habla de una ecología ambiental, económica y social. Rompe la lógica del mercado que se centra solo en la explotación y la utilidad de los recursos naturales.

El planteamiento del Papa nos hace ser conscientes que somos parte del medio ambiente y éste se convierte en fuente de vida y desarrollo. No obstante, el crecimiento económico y el progreso necesitan la visión de conjunto de las diversas dimensiones del ser humano, incluso también la parte institucional: “Hoy el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis del contexto humano, familiar, laboral, urbano, y de las relaciones de cada persona consigo misma, que genera un determinado modo de relacionarse con los otros y con el ambiente” (LS, N° 141).

La encíclica destaca que un modo extraordinario para aprender a vivir en armonía y comunión con la cultura es recuperar la fortaleza de la pluralidad étnica y las culturas ancestrales, que conviven con la naturaleza sin abusar de ella, y al mismo tiempo cuidándola. Una visión integral de la ecología apunta a la conquista del bien común como principio y fundamento de la ética social. El bien común se constituye con un proyecto personal y comunitario para superar el individualismo y el utilitarismo del mercado. Pues, una ecología integral se logra con una práctica económica y financiera que no se reduzca a la búsqueda del mayor beneficio, la mayor utilidad a costa del medio ambiente (LS, N°159).

Desde esta mirada, el Papa Francisco recupera los principios fundamentales de la moral social para ser tomados en cuenta al abordarse el problema de la crisis ecológica. El magisterio social de la Iglesia habla del destino universal de los bienes de la creación no para unos pocos; expresa claramente que el derecho a la propiedad no es absoluto; limita este derecho con el principio de que toda propiedad privada tiene gravada una hipoteca social; además, toda aproximación al problema ecológico debe tener en cuenta una perspectiva social de los derechos fundamentales de los más empobrecidos. El verdadero desarrollo es el que respeta y promueve los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluso los derechos de las naciones y de los pueblos (LS, N° 93).

Desde esta perspectiva es importante fortalecer las redes institucionales que afronten el problema en el contexto de la crisis de la pérdida de poder de los estados nacionales ante el dinamismo de los mercados y la revolución del consumo, que activa la producción sin límites. Sin embargo, la política no debe someterse a la economía, tanto la política como la economía deben entrar en diálogo y ponerse al servicio a la vida (LS, N° 189).

La crisis ecológica es un momento oportuno para aprender de las crisis del mercado, como la ocurrida en los años 2007 – 2008. Es una ocasión para crear una nueva modalidad de progreso y desarrollo sostenible que ayude a la conservación del medio ambiente (LS, N° 191). La oportunidad de descubrir de manera creativa y novedosa, nuevas fuentes de empleo (LS, N° 158). Ya hemos subrayado que la disparidad existente en el modelo de crecimiento y desarrollo actual divide la población entre los que tienen y acumulan, que son quienes han propiciado el mayor grado de deterioro medioambiental, y los que carecen de las condiciones de vida digna (LS, N° 193). El mundo no puede continuar así. Se requiere de un estilo de vida más equitativo para todos, caracterizado por la sobriedad, un consumo menor de recursos energéticos y una mejor distribución de los bienes y las oportunidades (LS, N° 193).

Asumir una postura responsable ante la crisis ecológica es fundamental porque se trata de cuidar la casa común en la que todos vivimos, se trata de sentir que constituimos parte de la ecología desde una perspectiva integral, y que necesitamos una conciencia renovada que nos permita formar parte de una nueva ciudadanía ecológica: “Sin embargo, esta educación, llamada a crear una ‘ciudadanía ecológica’, a veces se limita a informar y no logra desarrollar hábitos. La existencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos, aun cuando exista un control efectivo. Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos, es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la haya aceptado a partir de motivaciones adecuadas, y que reaccione desde una transformación personal. Sólo a partir del cultivo de sólidas virtudes es posible la donación de sí en un compromiso ecológico” (LS, N° 211).

Una cultura ecológica según la encíclica requiere: cambiar la mirada con respecto al medio ambiente; limitar el uso de las reservas naturales; disminuir la polución; lograr un pensamiento y una política diferentes, un programa educativo para el cuidado del medioambiente, un estilo de vida y una espiritualidad que constituyan una resistencia frente al avance del paradigma tecnocrático. El reto de la libertad es limitar la técnica, orientarla, ponerla al servicio de otro tipo de progreso, más sano, más humano, más social, más integral (LS, N° 111, N° 112).

La educación ciudadana para el cuidado responsable del ambiente lleva a una convivencia con la naturaleza que se traduce en acciones concretas como: evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. El hecho de reutilizar algo en lugar de desecharlo rápidamente puede ser un acto de amor o de respeto por la creación que exprese nuestra propia dignidad (LS, N° 211). La preocupación suscitada por el problema ecológico es porque tenemos una responsabilidad de cara al futuro, es decir, frente a las futuras generaciones. El problema ecológico es global y debe ser solucionado a través de un consenso de las naciones articulando una política internacional de conjunto.

2) Algunas medidas prácticas que pueden iluminar para dar lugar a las acciones que busquen el cuidado del medio ambiente

Por esta razón, el Papa anima a la búsqueda de soluciones concretas. Por ejemplo, desarrollar un programa de agricultura sostenible y diversificada; también fomentar formas renovables y poco contaminantes de energía que tengan una mayor eficiencia energética, y para ellos sugiere el empleo de la ciencia y la técnica para lograrlo; promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y marinos; asegurar el acceso de todos los seres humanos al agua potable. Además propone la sustitución progresiva de los combustibles fósiles, el carbón y el gas, por energía renovable que es menos contaminante (LS, N° 26, N° 164, N° 165).

También propone la conservación de reservas naturales bien definidas por su riqueza en la variedad de especies y su importancia para el ecosistema mundial, o lugares que constituyen una reserva significativa de agua para asegurar la vida de la especie humana (LS, N° 37). Propone el uso racional de los recursos desarrollando programas de sostenibilidad, también limitar el consumo de energía no renovable a los países más desarrollados (LS, N° 51, N° 52).

Todas estas acciones suponen una conversión ecológica desde la fe cristiana porque el mundo es en un lugar privilegiado para el encuentro con Jesús.

Muchos cristianos nos despreocupamos de la crisis ecológica, y somos muy pasivos o incoherentes. Necesitamos una verdadera conversión ecológica: “que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (LS, 217). Transformar el corazón actualizando la espiritualidad de San Francisco de Asís (LS, N° 219); pero no basta solo la conversión personal, se necesita una conversión comunitaria (LS, N° 219). La conversión ecológica lleva a la acción de gracias por el don de la creación. Esto nos permite gustar internamente las cosas creadas, emplearlas con austeridad, agradeciendo las posibilidades que nos da la vida. Sin caer en la trampa de la dinámica del dominio y de la acumulación de placeres (LS, N° 222). Una sobriedad vivida con libertad y ciencia es liberadora.

La naturaleza está llena de palabras de amor. Se trata de lograr un equilibrio interior para vivenciar la paz  y lograr el bien común. Desde la fe cristiana, Jesús es el modelo que enseña cómo estar presentes plenamente en naturaleza y las personas, nos muestra el camino para superar la ansiedad enferma que nos hace descuidados con la vida, agresivos y consumidores desenfrenados (LS, N° 226). El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica la capacidad de vivir juntos y en comunión, de construir una fraternidad universal (LS, N° 228). Una ecología integral rompe el círculo infernal de la violencia y nos hace más hermanos y hermanas unos con otros (LS, N° 230). En este contexto, el Papa Francisco nos dice que el amor social es la condición necesaria para alcanzar el bien común que debe expresarse en todas las relaciones sociales (LS, N° 231). Finalmente, su mensaje expresa que el universo es la expresión de la obra creadora de Dios la cual ha sido realizada en comunión de amor trinitario y en perfecta solidaridad (LS, N° 238).

3°) Algunas aplicaciones necesarias para nuestro país

La encíclica plantea problemas graves de la ecología. Uno de los factores que más han contribuido a esta crisis es una praxis industrial, empresarial y financiera que ha aplicado una racionalidad instrumental con finalidades de optimizar las utilidades y los beneficios económicos sin considerar los costos ecológicos. No puede existir una economía sin política, ni un mercado sin controles del Estado a favor del bien común. La política debe asumir el reto de romper el círculo perverso de la destrucción del medioambiente (LS, N° 197). Tanto la política como la economía requieren un diálogo para asumir la visión conjunta ante el problema de la crisis ecológica y el impacto de la misma en los sectores sociales más vulnerables.

La encíclica nos propone muchas acciones concretas que pueden ser asumidas desde las políticas gubernamentales. Es mucho lo que podrían hacer unidos los distintos Ministerios. Incluso hay desafíos y exigencias para las Iglesias.  Por ejemplo, a nivel gubernamental los responsables de salud podrían diseñar planes estratégicos para el cuidado del medio ambiente y la salud preventiva conjuntamente con los responsables del medio ambiente y de la educación. Se pueden evaluar los planes estratégicos Arquidiocesanos de la Iglesia Católica para ver que se ha previsto en este campo; asimismo, se pueden realizar acciones conjuntas ecuménicas coherentes con el compromiso eclesial del diálogo interreligioso y la praxis de la pastoral social. El Papa Francisco ha dedicado el día 1 de septiembre a una jornada para orar en la eucaristía y en distintos contextos con la Iglesia Ortodoxa, conmemorando la Jornada Mundial de Oración dedicada al “Cuidado de la Creación”, en consonancia con el tema tratado en su encíclica Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común que todos habitamos. Este es un signo ecuménico importante, porque podemos hacer lo mismo en El Salvador, constituyendo una red de acciones concretas y eficaces con todas las Iglesias del país.

También la dimensión política es un espacio extraordinario para articular un trabajo en red con la participación ampliada de instituciones no gubernamentales de la sociedad civil. En ello podrían ejercer un buen protagonismo las Iglesias, instituciones privadas y el Estado. Algunas medidas prácticas posibles que son realizables podrían ser: educar para el consumo justo y necesario de productos con etiqueta verde, es decir, elaborados con los procedimientos de tecnologías limpias. El consumo responsable de productos fabricados con recursos y procedimientos industriales benefician tanto al consumidor final como a los ecosistemas, a la naturaleza (LS, N° 206). Esta es una práctica responsable del consumo que obliga a las empresas y a los productores al cuidado de la naturaleza.

Hacer signos proféticos, sociales y culturales, como el reciclaje familiar, el saneamiento social de los fuentes de agua, tales como el río Acelhuate, el río Sumpul, el río Lempa; poner límites a la construcción privada en áreas protegidas y zonas verdes que garanticen el futuro de la sociedad. La encíclica Laudato si’ es inspiradora, vale la pena ser tomada muy en cuenta para el cuidado de nuestra casa común con creatividad, que en el caso concreto para nosotros es nuestro querido El Salvador.

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