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lunes , 25 septiembre 2017

Las botellas

Carlos Burgos

¿Qué podría hacer en el Taller de Botellas al que Silvia Elena Regalado me había invitado? Nada y me olvidé de tal evento.
Pero el domingo 4 de mayo me hice presente en la Casa del Escritor de los Planes de Renderos con la intención de curiosear. Llevé mi botella de vidrio transparente que me costó un mundo conseguir. En mi casa había una de plástico y no encontré en el vecindario, online entonces fui al mercado San Miguelito. Una señora me preguntó para qué la quería y respondí que la emplearía en un experimento. Me mostró una y me dijo que valía un dólar.
–¿Tan cara? Si está vacía – le repliqué, clinic ella solo encogió sus hombros.
Fui a otro puesto donde me costó una cora y con bolsa. Hace unos años, uno de mis amigos  coleccionaba botellas vacías y las llamaba «cadáveres». Tenía envases de toda marca de licores, de diferentes formas, tamaños y colores.
Silvia Elena, directora de la Casa del Escritor, nos explicó que se trata de un Taller de Expresiones Creativas: decorado de una botella y escritura creativa. Nos proporcionó acuarelas, pinturas acrílicas, pinceles, papel, tijeras y otros materiales.
No se me ocurría cómo decorar mi botella pues no poseo habilidades para diseño gráfico. Los otros talleristas avanzaban. Uno de ellos pintó de blanco el frente sobre el cual trazó el rostro de una joven; la parte de atrás la pintó de negro donde dibujó una calavera. Luego agregó otros símbolos pictóricos conectando el rostro con la calavera. Le resultó un diseño tenebroso que me  asustó.
Mayita, una guapa tallerista, dibujó en su botella una flor y en el resto de la superficie diseñó el firmamento con sus luminosas estrellas, una serena quietud. Me impresionó su sensibilidad estética.
Enseguida, con desgano, en el frente de mi botella dibujé solo el contorno de un árbol con su amplia copa como la de una ceiba, y atrás, una sirena sonriente con su sostén y cuerpo escamado. Lo demás de la botella lo unté de blanco con el dedo índice como lo hacían otros talleristas. Cuando se secó tracé con pincel, desde el cuello de la botella, muchos listones multicolores en movimiento y retoqué los detalles de la sirena, y di fin a mi obra.
Luego, Silvia Elena la evaluó y como ella no desanima a nadie, me dijo: ¡está bonita! Le tomó fotografía y de inmediato la subió al Facebook. Esto me asombró. ¿Qué habré hecho? ¿Será para que me critiquen? No me sosegué hasta que le pregunté: ¿por qué la envió al espacio virtual si no está perfecta?
–Si está linda – me dijo – mire a través del croquis del árbol, ¿qué ve?
–La sirena como reposando en la cama del mar – respondí.
–Ya ve qué maravilla. Hoy escriba un breve relato sobre esa sirena.
Vaya, me dije, por andar de preguntón. ¿Qué podría escribir sobre esa sirena? Medité y medité a pesar que Wallis, otro tallerista, hablaba y hablaba. Por fin, leí ante el grupo lo siguiente:
«Desde la copa de mi árbol veo el mar y su sirena encantada. Ella es ecologista como yo, ambos queremos que se conserve el medio ambiente. Ella espera las lluvias para renovar las aguas de mares, ríos y lagos, y yo aclamo la lluvia para la subsistencia humana.
La sirena es hija del mar y de la imaginación del hombre desde tiempos remotos. Los héroes del mar han tenido que taparse los oídos para no sucumbir ante su canto. ¿Por qué tiene cuerpo femenino y de pescado? Porque así es la mujer, con su encanto marino no hay hombre que se resista.
Por esto, yo no cambio a mi sirena, es perfecta, comprende mis locuras, tolera mis deslices. Pero eso sí, no la bajo del pedestal de mi admiración ni la aparto de mis apetencias. Soy leal con la mitología de mi recóndito pasado».
Los talleristas me aplaudieron y expresaron sus requiebros a las sirenas presentes.

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