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Martes , 19 Septiembre 2017
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La participación ciudadana, pilar del Buen Vivir

Iosu Perales

En su libro El Buen Vivir en El Salvador, buy el presidente Salvador Sánchez Cerén plantea la importancia estratégica de la democracia de base, sovaldi la que surge y se desarrolla en las comunidades, physician en los barrios, en los municipios, en los centros de trabajo y de estudio. Y agrega: “Es en la base de la sociedad donde la democracia se alza como pilar ético-político que se traduce en lo que se puede llamar Buena Vida” o Buen Vivir. Justamente, tirando de este hilo planteo una reflexión sobre la educación para la participación como condición para que esta última se haga una feliz realidad.

La cultura democrática es fruto de un largo y sostenido proceso de aprendizaje en el que la educación sistemática tiene un papel fundamental. La educación ha sido el requisito indispensable de la configuración de la ciudadanía, sin la cual no se podrían haber construido ni el Estado ni la nación. Es necesaria un tipo de educación para la consolidación del sistema democrático; una educación cívica que haga de los espacios escolares, comunicacionales, espacios de intercambio y participación que forme a los individuos en los principios y valores de la democracia.  En esta dirección y de en concordancia con la idea de participación ciudadana es preciso ir construyendo otro tipo de poder sobre la base de otra lógica y de otros valores: un poder asumido como servicio; un poder entendido como responsabilidad asignada en relación a la cual hay que rendir cuentas; un poder que suponga ejercicio compartido y no atribuciones concentradas. El impulso de una democracia participativa debe contener una pedagogía que centre esta idea de poder. Lo que significa darle a la educación una intencionalidad política con una dimensión transformadora, esto es con una lógica superadora de los esquemas delegativos y formales de la democracia que limitan y mucho la participación ciudadana. Una pedagogía de este tipo convoca necesariamente a la ética y a la política, a la responsabilidad de los gobernantes y de los gobernados e impulsa el protagonismo de los movimientos sociales.

Un proceso de educación cívica ha de integrar necesariamente los siguientes elementos para poder construir una cultura de la deliberación  y hacer real el proyecto del ciudadano en cabal democracia, como fundamento de orden político, social y económico:

1) Un conocimiento de la problemática social en consonancia con los valores democráticos que acarrea el estado de derecho, tales como la tolerancia, la solidaridad, el pluralismo, la autonomía , la descentralización y la paz…

2) Acciones para construir la cultura de la responsabilidad  social  que integren conceptos que pueden ser incidentales en la construcción de la cultura de la responsabilidad social, y que son entre otros filantropía, ética, capital e inversión social…

3) Acciones para construir una cultura política; la política para la gente.

Sólo una educación cívica puede crear las condiciones de funcionamiento de la democracia participativa, y despertar el interés de los ciudadanos y ciudadanas hacia el manejo de lo público, fortaleciendo de este modo las políticas de desarrollo integral del Buen Vivir

Tiene interés, asimismo, rescatar el enfoque de quienes abogan por la extensión de valores alternativos: La educación ciudadana para una democracia participativa requiere, pues, necesariamente una educación en los valores de la justicia, la igualdad social y la solidaridad. Una democracia radical tiene una clara intencionalidad ética y política: crear las condiciones adecuadas para que los excluidos y postergados, no sólo sean partícipes efectivos de las decisiones, sino que salgan de su situación de exclusión. En tal sentido, no parece que puedan esperarse transformaciones importantes en los procesos de construcción de poder local, si la proyección ciudadana (gobernar para todos) no está articulada con políticas inspiradas en la justicia social (gobernar privilegiando a los postergados y excluidos).

En la esfera de los valores, Cristina Oholeguy, se refiere a la democracia participativa de este modo: “En un mundo afectado por decisiones globales, destructivas de lo económico, de lo social, ecológico, cultural, de lo humano en definitiva; en un mundo huérfano de proyectos sociales alternativos a la cultura dominante; esto podría ser un germinador de esperanza”.  Pero la educación lo es también para los partidos políticos y las autoridades municipales, en palabras de Oholeguy: “Unos pocos iluminados no podemos hacer pruebas de laboratorio con la democracia, ni jugar a darle formas organizativas diferentes. Los vecinos se juegan enteros y creen o rechazan de acuerdo a lo que van descubriendo que sirve o no sirve a sus intereses. ¡Ojalá comprendiéramos que ya nada queda igual después que se ha introducido una propuesta de participación entre la población! Lo peor sería que lo único logrado con nuestra intromisión en la historia barrial y ciudadana, sea la desilusión, la pérdida de esperanza y expectativas sobre posibles transformaciones”.

En América Latina, la educación popular es básicamente una educación para la participación. Ello da una oportunidad a los procesos políticos de construcción de la democracia de superar el legal-formalismo y erigirse como sistema participativo real. Las actuales democracias inciertas que reposan sobre alargados pasados autoritarios que moldearon culturas e inercias políticas, conductas absentistas, concepciones patrimonialistas del poder y liderazgos personalistas, tienen ahora la posibilidad de fortalecerse sin son capaces de capturar el deseo participativo de la gente. La educación popular mantuvo siempre una actitud anti-autoritaria en momentos difíciles de la represión y la clandestinidad, lo cual le otorga una legitimidad moral en el esfuerzo de construcción de una nueva democracia.

El advenimiento de una democracia mejor encuentra en Saúl Sosnowski  una deliciosa sentencia: “Sólo con la práctica solidaria y con el ejercicio de valores éticos unidos a la eficacia del Estado la democracia comienza a adquirir las dimensiones de su promesa”. Sosnowski reconoce que el desplazamiento de las dictaduras no ha resuelto aún las influencias negativas del autoritarismo y por eso es urgente establecer las cuotas necesarias para que las democracias se afiancen en la vida cotidiana de la ciudadanía y a este respecto propone que la memoria y la educación han de jugar un papel decisivo en la creación de valores públicos y privados.

Ciertamente la educación, particularmente la educación popular, tiene una legitimidad en la construcción de la ciudadanía. El retorno del ciudadano en América Latina, tiene necesariamente una dimensión participativa de repensar la democracia desde la diversidad, desestructurando poderes ya obsoletos y burocráticos, y reconstruyendo nuevos poderes sociales en manos de las mayorías sociales. Se trata de buscar un nuevo contrato social sobre bases como las siguientes: intervención activa de la ciudadanía en las políticas públicas, superando las formas de institucionalización de un poder secularmente reducido al ámbito de los partidos políticos; penetrar en la voz de lo institucional; recrear un imaginario social y recuperar las experiencias humanas (de comunidades, barriadas, movimientos participativos, de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los jóvenes…) Es decir, la apuesta de la educación debe ser profundizar sin vacilaciones los espacios de poder de la gente, de los vecinos, de los sectores más postergados de la sociedad. La ciudadanía participativa re-elaborando su propia agenda social y política en un sentido integral, es decir también en sus dimensiones éticas y culturales.

Sin embargo no es sencillo construir una cultura política participativa. El desafío tiene una dosis considerable de revolución mental, de lucha contra las inercias, contra los miedos seculares y la falta de hábito participativo. Ello plantea una doble dimensión a la estrategia educativa: hacia la ciudadanía y hacia el Estado. La primera necesita nutrirse de autoestima, de conocimiento de sus derechos, de valores cívicos y de organizaciones, el segundo necesita de reformas que habiliten su propia reconversión y aseguren la participación de la gente. La cultura se erige entonces como una razón de la sociedad y del Estado para convertirse en energía, fuente de creatividad. Afortunadamente, con Salvador Sánchez Cerén de Presidente, liderando un  gobierno del FMLN, la participación ciudadana será una prioridad, el pilar del Buen Vivir.

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