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lunes , 20 noviembre 2017
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En la otra parada me bajo (3)

René Martínez Pineda *

Oculta en la trinchera del respaldo, a salvo de los ojos y esquirlas del fantasmal desasosiego, Ignota pactó una tregua para descifrar el misterio. Empezó a hacer cuentas y a hablar consigo misma. Entiendo que los pasajeros ausculten al recién subido, que lo escaneen de pies a cabeza; que le registren la camisa, con los ojos, para averiguar si porta armas, yo lo hago para estar alerta; entiendo la procesión sigilosa de flores y lutos agoreros porque el bus hace su última parada en La Bermeja, pero… ¿por qué me miran tanto?

El bus hizo una parada en el viejo hospital de Maternidad, se quedó mudo, como si esperara la llegada de un pasajero que hay que esperar por obligación cristiana o protocolo; sin embargo, no subió nadie y, al final, fue una parada que respondía a cuestiones de nostalgia. Aquí nací, pensó, Ignota, haciendo un arco con la boca. Por la ventanilla vio largas filas de gente pobre esperando turno para entrar a ver a sus recién nacidos; las ventas de comida cultural a precio módico; la estación de bomberos sin motobombas ni hidrantes; las calles baldías del dinero maldito ataviadas con charcos fétidos y lámparas que no encienden porque se quemaron hace treinta años; perros verdes por el jiote que los tortura; trabajadoras del sexo que ofrecen romances psicopatológicos a la medida.

Ese amasijo de cosas y gente, apenas animadas por los estertores del sol, era un paisaje que Ignota no podía evadir, y sólo de reojo y en pírricas cuotas se metía en las entrañas del bus para ver si los ojos se habían esfumado como por arte de magia, llevándose el agudo olor a flores trastocado, apenas, por el ario hediondo. El señor de alas enormes del tercer asiento (la veía, no la veía, la veía) llevaba jacintos negros apuñados con furia para fundirlos en su piel. Las cuatro monjas sentadas atrás sostenían coronas propias de la pobreza, margaritas del jardín de las Maryknoll, pero se notaba que eran de fina estirpe, iban vestidas con hábitos cortados a la medida por costureras humildes, de tela fina aunque modesta. Veían a Ignota con lástima. Quiso espantarles los ojos, pero eran ocho iris confabulados y también el policía de civil que no habíamos visto, el alemán fétido y ponzoñoso, el de alas enormes, la viejita, el luto de toda esa gente, el chofer de cuello corto, el cobrador anunciando el destino. Pero nadie bajaba ni subía. ¡Avisa! Gritaron. El pasajero fortuito esperó que se abriera la puerta y el escrutinio. ¿Pasa por la Bermeja? Suba, oyó, Ignota. Como yo, a la Bermeja, pensó. Antes de sentarse clavó sus ojos en Ignota, y hasta después se escurrió, pesado, en un asiento atrás de las monjas que seguían contemplándola con la misma lástima cristiana.

Ignota estaba al punto de la furia incontrolable. Cuando la 43, acortando la ruta, se embarró en las paredes del Palacio Nacional, todos los pasajeros dejaron de verla y posaron sus ojos en el recién llegado, y sólo de cuando en cuando en Ignota, pero parecía que verlo a él era verla a ella, pues se insinuaba una relación estrecha entre ellos, como si uno fuera la razón de estar ahí de la otra. Una urgencia de complicidad y charla con el recién llegado nació en Ignota: “Usted y yo vamos al mismo lugar”, como si eso la hiciera sentir segura y a salvo de los ojos. Invitarlo a su asiento y decirle: “Ignórelos, son unos metidos viendo a la gente escondidos en las coronas”. Él fue a sentarse a su lado con confianza, como cuando uno se topa con un amigo en el bus.

Se sintió tranquila, eran dos contra todos, quienes ahora los miraban a ambos con la misma expresión facial, con una textura flotante como de durapax. No obstante la compañía del hombre que parecía su arcángel, Ignota seguía sintiéndose como huérfana, como perdida, como muerta; le daban ganas de tocar el timbre y bajarse quién sabe dónde, pero parece no reconocer ninguna calle, ningún olor, y además ella va para la Bermeja, eso lo sabe aunque no sabe por qué. Entonces se dio cuenta de que el hombre parecía tomar nota de ella, como si hiciera un inventario, anotaba y la miraba, y anotaba el nombre de los testigos del escrutinio, o sea el de los pasajeros. Sus oxidados ojos repasaron los detalles del rostro, la geometría de su boca, las coordenadas de su cuerpo; espantó, como a moscas carroñeras, la mirada del alemán putrefacto que se escondía en su ventana, la de la anciana de luto, la de las monjas, la del policía, la del arqueólogo, la del chofer… la de todos. A pesar del inventario que le hacían, Ignota se sintió en paz. ¿Dónde está el hombre de alas enormes? pensó. Parecía tan perdido como yo, tan a la intemperie, sólo él y sus ojos frente al hielo ardiente de las miradas.

A toda velocidad, la 43 navegó en los tumultos que chispean en las cercanías del mercado central, ya casi llegaba al cementerio. Los pasajeros se levantaron de sus asientos buscando la salida, e invitaban a Ignota a que los siguiera en esa procesión de flores. Pero ninguno bajó porque no habían llegado a la parada del cementerio. El olor de las flores se hizo más intenso y el del alemán más acre para Ignota, que seguía apoyada en la ventanilla, como si quisiera hacerse la sorda al llamado, como si supiera que ya casi tiene que bajarse, pero no quiere hacerlo. ¡Siquiera se fueran a la mierda todos y así lo que resta del viaje sería grato! Las flores gobernaban en la puerta de salida que el chofer aún no abría. El hombre que ella vio como arcángel no se levantaba del asiento, como si esperara el minuto oportuno para los dos. Era un tipo de buen talante que infundía seguridad, aunque pensativo en sus gestos y tono de voz, quizá un arquitecto, o un auditor social, o un escritor. El bus se detuvo en la parada previa al cementerio y la puerta de salida resopló. Nadie bajó.

La puerta abierta, todos haciendo fila para bajarse, viéndolos a ambos como si esperaran por ellos, viéndolos entre las coronas que se agitaban como banderas al viento, un viento de catacumbas que arranca las raíces de los amates y se enreda en el luto y el misterio de Ignota.

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