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sábado , 23 septiembre 2017
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La otra luna (3)

René Martínez Pineda *

A medida que pasaba la guerra vi que el deseo no bastaba para que la otra luna colmara sus fases y me sugiriera calles que lleven a un hospedaje de mala muerte donde pueden reposar la fatiga y la negra conciencia del fracaso. Por las calles caminó la guerra, la gente tuvo que optar por militar en una de sus filas; la gente le temía a Jack. Se consolaban fusilando al vecino, eso simbolizaba la ejecución del destripador del que hablamos en el borde de catedral atrincherados en el vaho del shuco, pero el terror había roto la puerta y en las calles todo se hundía en el frío fantasma de la dictadura, y el suéter no era suficiente sin el calor del café. Se está tan bien con la cerveza helada y el calor del horno de la Mía Pizza y con la noticia de la reconciliación con besos en la mejilla, medallas, regalos, lirios, pero sin crímenes de lesa humanidad. Hoy todo tiene algo de lirio, pero éste puede ser parte de un novenario, comprendí después, y eso explica por qué en el mostrador de las calles todavía atiende Jack.

Pero las calles no sólo cuentan la historia política, también está la nostalgia de las madres, las hazañas juveniles, los espaguetis a la boloñesa que son llevados a lo excelso en las cocinas del mercado central y que demoran el miedo que es común en lo clandestino, la promesa de amistad del indigente de La Dalia, el informe de la verdad a medias. La tanqueta dispara a todo el que piensa –¡Allá van esos hijos de puta!-, afila sus garras, y el bulto coercitivo del Estado se paró en el precario espacio entre la otra luna y la jauría de soldados con ojos sordos y fusiles lascivos que hacían que la gente se clavara las uñas mutuamente. A medida que camino me invade algo como la orfandad, como la nostalgia de que la guerra no debió acabar así, de que la cultura del vago erudito sigue amenazada, de que la otra luna no alumbra ni eyacula o que mi ideología es un prólogo embustero que trueca en ingenuidad el pensamiento crítico, una trampa de orgasmos fingidos como si una estatua me tendiera la mano para llevarme a la guarida de Jack.

Desde la celda oía el trajín callejero y me pareció (en el instante en que la puerta se abrió y vi la voz del torturador) que era un pregón del fin del mundo, pues estaba seguro de que jamás saldría. Calando, con la tijera de la agonía, la venda que me tenía rebotando en la oscuridad, pude ver siluetas cansadas envueltas en perrajes grises y pensé que era un presagio. Un choque eléctrico me impidió seguir viendo y el recuerdo de la luz se apretó contra mí, gimiendo en estado de brama, y tomó posesión de las sombras que los candiles agitaban, hasta que la mancha verde de un traje de fatiga vino flotando por la esquina de las relojerías –la Felsus era la más afamada porque vendía relojes que pronosticaban utopías-; buscándome para hacer latente la tortura en la garganta, cayendo sobre mi espalda con las muecas del que destripa o nos cuenta un secreto como si estuviera en misa.

Volver sobre los pasos, de modo que la Celis es llegada; hacer fresco el regreso con una soda de la Farmacia Central; comentar el horror que creemos haber visto en la esquina de la muerte (es cuestión de percepción y ésta es siempre una elección, así que podemos elegir estar en esa esquina, o en la 3ª. calle oriente y 10ª. Avenida norte, o sea en el mismo lugar leído desde distintas latitudes, la una cultural, la otra geográfica) y eso hace que vagar por el centro reconforte, porque entre la calle Delgado y el parque Libertad hay tiempo para reconstruir la memoria, confesar paradojas, jactarse de no usar lentes o de unos nervios de acero para enfrentar a Jack. En esos años volver a casa era escapar, era buscar amparo en los brazos de la madre que, con un nudo en la garganta, nos esperaba con un café endulzado con risas de alivio, y esa angustia no ha cambiado, aunque las causas son otras. Sentíamos los estertores de la feroz dictadura militar, pero el pueblo, reunido en el Palacio Nacional, se animaba bebiendo shuco y musitando los avances de la guerrilla pregonados en la Venceremos y, en venganza, la policía arremetía contra los estudiantes, los almacenes bajaban las cortinas metálicas como si cerraran los ojos para que el corazón no sienta.

Cuando todo había pasado y los bomberos, como Pilatos Iscariote, lavaban la sangre, volvía a las calles buscando amigos, me sentía ilegal en mi país, sentía que las calles ya no eran mías, ni la ropa, ni las voces, ni la bicicleta de Salandra que me hacía suspirar, tantas cosas y besos inermes en las sinuosas camas de la Celis donde se puede tocar el techo con sólo estirar la mano. Caminar es hacer el recuento minucioso de las caricias, los olores, el fascinante vaho de las musas errantes de pies lindos, los chismes de las locatarias, el ángelus que le tiende la cama al indigente de rancia alcurnia. ¿Jack? Un nazi de pelo corto y halitosis larga, un cobarde que se escondía en las naguas del Palacio y eso nos hizo desconfiar hasta de los portales.

Hoy vengo a las calles a beberme las horas que están en la frontera del tiempo feliz del teatro; concluí que nosotros construimos las calles y ellas a nosotros; agradecí que el final del terror me devolviera ileso a mi otra luna; soñando viajes ultramarinos frente a la Moda Parisiense, como si fuera una camisa sudada, me quité la guillotina del tiempo impío, le hice honor a mi nombre y volví a nacer en una banca del parque Barrios, en la esquina dolosa de la Lotería Nacional que me premió con la sobrevivencia, en el exiguo consuelo de la Celis. Y todo lo arranqué de mí como quien arranca los pétalos de un lirio; las dos muertes que serían una paradoja simétrica: la de la otra luna y la de Jack, la una en el cuarto de la Celis subvirtiendo la cultura; el otro, esfumándose en la memoria para ceder su lugar al empresario. Y eran una misma muerte, algo que llenaría de nostalgia las calles porque eran una conspiración.

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