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miércoles , 22 noviembre 2017
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La otra luna (2)

René Martínez Pineda *

Mi esposa no comprende por qué añoro deambular por el centro, y si supiera que aún suspiro al pasar por la Celis pondría el grito en el suelo. Ella cree que el mejor aeróbico cultural son las andanzas al aire libre donde sucede eso que la sociología llama socialización cara a cara, el café con vainilla, el postre. Es la más solidaria de las mujeres, no podría ser lo que soy sin su virtud, y a lo mejor algún día llegue a ser un buen hombre. Creo que por eso la conocí bajo las letras de yeso que la tarde llenó de sismos corporales, la metáfora en el pachuli de la musa que se desnuda voluntaria. De seguro fue el destino quien decidió que la conociera mientras llovía a cantaradas en el mundo de la utopía, el de la otra luna, lo que me pareció un signo más allá del roce baladí con las muchachas del campus que vivían prisioneras de los crímenes de los escuadrones de la muerte –versión colectiva de Jack, el Destripador- y algo de esa prisión era la coartada para los restregones carnales fugaces, como los de García Márquez.

Mi abuela sabía si había dormido en casa y, aunque no me pedía cuentas, durante varios días se turbaba con mis peligros de joven organizado que merodeaba por las calles sin pronunciar nombres ni recordar direcciones para no alimentar el terror de la desaparición forzosa que fue vaticinado por las que leen las cartas en el mercado central, quienes vieron a los asesinos firmar su obra con la sangre de las víctimas.

En el Portal Sagrera un indigente se zarandea suntuosamente y tira un grito de frío que crece geométricamente en el parabrisas del bus y resuena en la caja del lustrabotas. A los hombres nos gusta ese tipo de pavores teatrales porque nos permiten proteger con autoridad a las compañeras. Da gusto fumar unos Mapleton a esa hora en que la fatiga de la reunión clandestina se borra con el gusano de la nicotina; da gusto besar en la boca a la flor que se pone, abstraída, a mirar al grupo de atrás y come su malagueña a pequeños mordiscos, y entonces vuelvo a ser el bachiller que creció de golpe en el trajín de estas calles hasta que encuentro el camino a casa entre gente que lee el diario para saber de los ladrones blancos o mira por la ventanilla del bus como si hubiera algo nuevo que ver.

Es imposible vagar por las calles sin pensar en la otra luna y los pasos son leves decepciones que se portan como amantes despechadas. Entonces las lámparas se encienden para iluminar la imaginación y los cafés son sucursales del ocio en los que se bebe la apatía, el fraude nacionalista, Jack el Destripador, el fiscal. Me gusta saborear un café después de recibir la lección de identidad cultural en la calle Celis atisbando bajo los calzones floreados la doble moral de la realidad, para luego sonreír y entrar en las zonas remotas del centro histórico (el Parque San José, digamos) y en los tétricos pasajes donde remato la ronda que me impongo para reconstruir la ciudad en mí pecho, como si yo fuera la otra luna donde no hay que pensar en condenas de horario fijo.

En esos lejanos días –así se dice para fijar un tiempo en el que no se sea injusto con la memoria- todo nos hacía reír, sobre todo las pendejadas del Mayor, y ni sus atrocidades de hombre inferior nos hacían claudicar. Los escuadrones asesinaron otro joven frente a Catedral –a tan sólo unos pasos- y guardamos silencio como para recibir la ostia y un civil entró trastabillando para gritar el horror visto en la calle, lúgubre senda de la dimensión desconocida donde desaparecían los subversivos, y su miedo se desmadejó en un estallido de lágrimas que nos hizo tragar el corazón que se había trabado en la garganta. Al día siguiente la policía espulgó barrios y calles, de mesón en mesón, de iglesia en iglesia, de plaza en plaza. Después de tanto tiempo vuelvo a las calles que se acortaban con la bruma gris de las voces de agonía alunada, calles en las que la gente clavaba las uñas de las preguntas inoportunas y sacaba respuestas como mago de circo: un gato amarillo, un pañuelo rojo, un victimario conocido, un piano, un indulto y el gato amarillo. Indulto de qué, pregunto hoy, si no había salvación. Pero yo me salvé, aunque la represión me seguía por estas calles como un perro rabioso y con sarna, esa es la mejor descripción de aquellos tiempos y de estas calles que no volvieron a ser lo mismo.

Cuando puedo busco un pretexto para pasar por la calle Celis y, dando tumbos al azar, terminar el recorrido en el centro y ser de nuevo el indigente que busca recuerdos en el sabor inenarrable de los hot dogs El Paso.

Al entrar el sábado sin gloria en la Bella Nápoles me abofeteó el aroma del café con pan, la violencia noble de su olor mezclado con el de los tamales de elote de enfrente. Bebimos un maremoto de cafeína, ardimos felices en recuerdos propios y ajenos, los de mi flor y los míos, por separado, aunque juntos en la mirada. Más tarde la noche olería distinto, el vapor del centro estaba tribulado con huracanes de aromas magros (volví corriendo a mi casa porque le había prometido a mi abuela que oiría con ella la homilía de Monseñor Romero) y en cada remolino de cielo los olores eran más duros, más ásperos: pollo Bonanza, pizza Boom, café de carretón, tabaco en agonía, pachuli, tinta de periódico clandestino, restaurante Hong Kong, el Zurita, Pan Presidente, Hotel San Salvador, todo olía sangrientamente y también la otra luna era más dura y urgida. Por un momento olvidé encarnizadamente la calle Celis, pero cuando volví a cruzar por su olor a ruda (¿estoy en los años de la dictadura o en el presente de la amnesia? ¿Será que mezclo dos tiempos de una misma realidad… y en realidad eso importa?), me sentí conjurado por la gozosa cachetada del café de la Bella Nápoles, su olor en manga de camisa me pareció el de siempre y reconocí esa mezcla acre y asquerosa del perfume con cerveza del torturador de la policía que parece venir del piso de los lupanares de la esquina de la muerte.

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