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lunes , 11 diciembre 2017
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La masacre que cambió la vida  de las poblaciones originarias

La masacre que cambió la vida de las poblaciones originarias

Iván Escobar
@DiarioCoLatino

Son más de ocho décadas las que han pasado desde la mayor masacre indígena cometida en El Salvador. En pleno siglo XXI, viagra muchos desconocen una de las causas fundamentales por las cuales en el país la población indígena estuvo a punto de desaparecer, así como las tradiciones de las poblaciones originarias de la zona occidental del territorio nacional.

Fue durante la dictadura del General Maximiliano Hernández Martínez, y cien años después de la gran rebelión que impulsó el líder indígena Anastacio Aquino, en la zona de los Nonualcos, cuando el malestar de las poblaciones de la zona occidental del país impulsaron un movimiento de resistencia que terminó con una brutal reacción de los militares sobre los campesinos.

La toma de las tierras por parte de los grandes terratenientes de la zona occidental, así como el impuesto sobre las grandes mayorías indígenas, y la explotación de los campesinos en las grandes fincas cafetaleras, fueron las causas por la cuales los campesinos se organizaron y decidieron reclamar sus derechos.

Este día se conmemora  la masacre de los indigenas, realizada en 1932. Foto Diario Co latino.

Este día se conmemora la masacre de los indigenas, realizada en 1932. Foto Diario Co latino.

Su voz fue representada por el cacique indígena, Feliciano Ama, quien junto a los líderes indígenas locales comenzaron a elevar su protesta, en el marco de la crisis económica de 1929, la peor del siglo pasado, y que contribuyó a la explotación de las mayorías.

Los pocos datos históricos que existen, porque cabe destacar que el oficialismo ocultó por generaciones este hecho, que dejó no menos de 40 mil indígenas asesinados por las fuerzas de la dictadura, quienes acusaron a los indígenas de ser “Comunistas” y ser parte de la esta corriente ideológica, por lo cual se justificó por muchos años su represión.

Los sobrevivientes, por su parte, guardaron silencio por mucho tiempo. Décadas enteras pasaron desapercibidos, cambiaron su forma de vestir, abandonaron su lengua originaria, el nahuat, y cambiaron nombres y apellidos, para evitar ser relacionados con los masacrados.

Hasta principios de este siglo, muchos de estos hombres y mujeres que sobrevivieron a la masacre se negaban a hablar de los hechos, aunque fueron testigos de la sangrienta orden que impulsó el General Martínez, un hombre de armas y que llegó al poder a través de un Golpe de Estado.

Las comunidades que se levantaron contra el régimen fueron de Sonsonate, Izalco, Armenia, Juayua, Tacuba, así como otras de la zona occidental, en Ahuachapán y Santa Ana, entre otras.

Antecedentes políticos y sociales

En el libro “El Salvador, 1932”, de Thomas R. Anderson, se relata un poco de los antecedentes políticos y sociales, en donde se deja en claro otros elementos de los hechos del ‘32.

El investigador relata en el capítulo primero de este libro que: “parecía que la naturaleza hubiera enloquecido. Toda la porción norte de la América Central se estremeció en la noche del 22 de enero de 1932, al entrar simultáneamente en erupción los volcanes de Fuego, de Agua, Acatenango y otros de menor tamaño, situados en Guatemala. Como era de esperar, “El Faro del Pacífico”, el famoso volcán de Izalco en El Salvador, se unió al coro de los estruendos.

Una nube de cenizas recubrió los cielos hasta Nicaragua”, recrea.

El texto añade que “…a la luz del resplandor de la montaña, se observó un acontecimiento más siniestro. De las barrancas y las enmarañadas colinas surgieron bandas de indígenas armados con machetes que invadían los poblados. En sus ojos brillaba la resplandeciente luz de la determinación fanática. Antes de que amaneciera el día 23, la zona occidental del país estaba en llamas, no a consecuencia de la lava derretida, sino de la rebelión”.

También recuerda que los precios del café, comenzaron a caer en 1930, a raíz de la crisis económica del ‘29,  ello hizo que los propietarios perdieran las fincas o plantaciones de café, y la explotación en las mismas aumentó contra los campesinos.

Thomas R. Anderson cita declaraciones de Mario Zapata, un joven universitario salvadoreño y que fue señalado por el régimen como uno de los principales líderes de la rebelión, junto a Farabundo Martí. Recuerda que Zapata, días antes de la rebelión, declaró a medios locales que “el café era el responsable de la destrucción del país”.

“…La ambición de ganar más dinero obligó a los capitalistas a buscar mayores extensiones de tierra para los cafetos…si un pequeño propietario se negaba a vender, el rico, el cafetalero, acudía al comandante local o departamental”, comparte lo expresado por Zapata, según la investigación de Anderson.

La investigación de René Edgardo Vargas Valdez aporta a estos hechos que se dieron por dos causas, una y que cobró mayor fuerza en la sociedad salvadoreña en las últimas décadas, el decir que “se trató de una acción necesaria para detener la sublevación comunista”. La segunda causa planteada por Vargas Valdez es que “fue una operación militar orientada a liquidar la cultura indígena de la zona occidental, lo cual provocó su cuasi desaparición, razón para considerar que se trató en realidad de un etnocidio, perpetrado con el objetivo de eliminar la persistente e histórica resistencia ante el despojo de sus tierras y los abusos de los terratenientes. Lo cierto es que constituye una etapa de nuestra historia tristemente recordada…”.

Datos de muertes y población

Los hechos, según datos históricos, se dieron entre el 20 y 23 de enero, y costó la vida de miles de indígenas que fueron asesinados por las autoridades. Principalmente fueron asesinados hombres, las mujeres sufrieron atropellos, y los niños y niñas fueron enviados a zonas remotas, incluso a Guatemala, para evitar su desaparición.

Se calcula que fueron más de 40 mil personas asesinadas. Unos investigadores advierten que la cifra pudo ser mayor. Y los defensores del proceder del régimen, dicen que no se pasó de mil o dos mil indígenas.

La misma investigación de Anderson presenta un comparativo de población en esos años en la zona. Un censo de 1930 dice que en Santa Ana, habitaban 4,051 indígenas, es decir 2.6%; en Sonsonate, 34,764, el 34.7%; y en La Libertad 8,749, el 5.9%. Y a escala nacional se decía que la población indígena era de 79,573, el 5.6% de la población total de la época.

Lo cierto es que a 82 años de la masacre, el tema sigue siendo visto desde lejos. Quienes sobrevivieron a la masacre poco compartieron con el presente por la amenaza constante que siempre se impuso. La tarea es para los investigadores a fin de profundizar en las causas y efectos de estos hechos.

Por hoy, el efecto dejado es como ya se dijo antes, la “cuasi desaparición” de las poblaciones originarias. Sin embargo, la resistencia se impone y trata de sacar a flote la realidad que sufrieron en esos tiempos las poblaciones indígenas.

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