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Martes , 19 Septiembre 2017
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La llaga desnuda (3)

La llaga desnuda (3)

Erick Tomasino

Escritor salvadoreño

 

Días de viento

No hace mucho tiempo tuve un trabajo en una oficina, for sale era un trabajo serio, cialis del cual uno podía sentirse orgulloso. De esos en los cuales siempre tenés que llegar y salir a la misma hora, sovaldi comer y cagar siempre a la misma hora y por el mismo periodo de tiempo. Un trabajo con un escritorio y una computadora, hojas de papel y una taza con mi nombre, donde tomaba café cada media hora. Era un trabajo serio y aburrido que si no fuera por el salario me habría fastidiado de verme ahí. Al menos el salario me permitía pagarme las sesiones con el psicólogo, una noche de tragos en los night club no de tan mala muerte (el Vellocino de Oro era mi favorito); usar la tarjeta del seguro social para que me rechazaran las pocas emergencias que tuve por intoxicación etílica.

Era un día de intensa desolación, llovía o no, no lo recuerdo, que mi compañera de trabajo me interrumpía cada cinco segundos para recordarme lo mediocre que era por abandonar la universidad. Mientras, buscaba entre esos cuatro segundos restantes un correo con ojos vivaces desde mi lado de la computadora. A pesar que pasaba todo el día haciendo el papel de que trabaja, en verdad me mantenía pendiente de que Ella por fin me hubiese respondido los nosecuantosmil correos que le enviaba a diario.

Ese día, las palabras de mi compañera me molestaban aun más puesto que la noche anterior bebí hasta abandonarme. La chica de la barra paró de bailar y me quedé ebrio de mí. Suele pasarme. Entonces mi cabeza rodó sobre una almohada buscando unos ojos fugaces desde ese lado de la cama. No es necesario mencionar ni recordar que Ella no está a mi lado.

Entonces cómo me martillaba en la cabeza el sonido de las teclas, mientras comencé a escribir esto que, si hubiera hecho caso a mamá, podría parecerse a un poema. Mientras llevaba varias tazas de café encima de mi úlcera (apenas eran como las 10:59 de la mañana y me venía el sueño), sólo pensaba en cómo me gustaría beber un fresco de horchata con hielo.

Más tarde buscaba volver a una casa que por ratos me deprime. Miraba su foto sonriendo como si en verdad estuviera ahí. Su suéter y los peces que me hizo llevar a casa como si en verdad estaría ahí. Me sentaba en el colchón que ha perdido su aroma y me acordaba de mi compañera de trabajo diciendo cada cinco segundos lo mediocre que soy. Y en silencio quizá le daba la razón.

Ya no fumaré de sus labios me anunciaba un poema escrito por mi mano.

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