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Martes , 28 Marzo 2017
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«La literatura es una tierra sin fronteras» Entrevista con el escritor Mauricio Orellana Suárez

«La literatura es una tierra sin fronteras» Entrevista con el escritor Mauricio Orellana Suárez

Bilal Portillo*

Ensayista

Mauricio Orellana Suárez novelista y poeta salvadoreño de gran versatilidad temática, su producción literaria está muy bien ponderada no solo en El Salvador sino en otros países como Costa Rica, Guatemala o España, de hecho ganó los premios Monteforte Toledo en Guatemala y fue finalista del premio Planeta de España. En esta breve entrevista el escritor nos comenta sobre algunas de sus fuentes de inspiración como La Teosofía, autores sufíes (Ibn Arabí específicamente), alquimistas árabes, persas etc. además nos brindó su punto de vista sobre otros temas como los talleres literarios, las letras nacionales y el rol del escritor en algunos asuntos sociales.

P- ¿En la literatura salvadoreña actual, muy pocos autores incorporaron a personajes vinculados de una u otra manera con el Oriente y sus filosofías -Por ejemplo el personaje de base de la obra La Dama de los velos y el personaje de Geber (Abu Musa Yabir Al-Hayan) en Te recuerdo que algún día moriremos- , usted sí lo hizo, coméntenos un poco cómo se dio este proceso?

R-Te recuerdo que moriremos algún día trata de la culpa, y de la ficción justificadora que nace de la mente de un culpable que crea una realidad distorsionada, única que puede habitar para  salvarse. Así es como se crean las narrativas oficiales y personales para justificar los hechos y salvaguardar las conciencias. En este entramado es que aparecen dos personajes, en la escena de la más terrible oscuridad del ser. Zósimo y Geber. Intento con ellas representar las voces de la mente superior y de la intuición que nacen en el fondo de la humanidad perdida en sus atierres (de ideas, de sistemas, de culpas). Estas dos voces (los personajes nunca se concretan, son solo voces) están inspirados en dos alquimistas históricos muy importantes: Zósimo de Panópolis, que vivió a finales del siglo III y principios del IV, que escribió los tratados de alquimia más antiguos que se conocen, escritos en griego, pero de los que sobreviven fragmentos también en árabe, por traducciones hechas por un alquimista persa del siglo XI: Ibn Al-Hassan Ibn Ali Al-Tughra’i’, y otros fragmentos traducidos al sirio. Y en Geber (Abu Musa Yabir Al-Hayan), un sabio y filósofo árabe, químico y alquímico del siglo VIII, que introdujo la química, la tecnología química temprana y la alquimia a Europa. Se sabe que fueron los árabes y que fue en árabe, que muchos de los antiguos tratados lograron conservarse, y que gran parte de la sabiduría de los antiguos sobrevivió en oriente mientras Europa se mantuvo en el obscurantismo, por lo que gracias a esas traducciones mucho de la cultura occidental se pudo rescatar y sobrevivió al menos fragmentariamente. Pues bien, esa recuperación fragmentaria de la sabiduría interna es la que intento representar en ese escenario de destrucción, en donde el hombre está, en su obscurantismo personal, perdido y aislado. A partir de ahí hay rescate, no importa el pasado, porque hay toma de conciencia. Sin eso solo oscuridad.

P- ¿Me imagino que detrás de todo el proceso existe un trabajo de investigación muy extenuante?

R-Mire, las novelas son un trabajo acumulativo, es un trabajo de paciencia, no se puede apresurar, lleva lo que tiene que llevar y aún así a veces se le precipitan  a uno en las manos. En cuanto a la investigación, diría que menos que extenuante, es un trabajo de acompañamiento diario, en el que se incorporan temas o situaciones muchas de las cuales ya están decantadas en uno, y que no necesariamente se investigan en el sentido riguroso del término. El resultado podría dar la idea engañosa de investigación extenuante pero es porque esa acumulación de meses se lee en días. El trabajo de una novela solo te hace descubrir lo que llevás ya con vos, sobre todo si se hace una labor de ficción pura o casi pura en la que o nada existe, o en la que una porción de realidad te sirve de base sobre la cual crear lo que nunca existió.

P- Para citar un caso concreto, La Dama de los velos es una novela más o menos extensa, en la que en todo el tránsito de la obra aparecen cartas y documentos que no son ficción…

R-La dama de los velos, como Kazalcán, son casos algo distintos, de hecho son dos novelas que se me antojan bastante al margen de mis obras curriculares literarias, son como caprichos o búsquedas motivadas por intereses muy personales, y no las llamaría muy representativas de mi cuerpo literario sino obras excéntricas. Para el caso concreto que citas, en efecto, todo ese material que utilicé lo traduje, pero ya lo había venido acumulando a través de muchos años de interés por la vida de este personaje, una dama rusa de mediados y fines del siglo 19 cuya obra tuvo una influencia cultural bastante grande en conocidos pensadores y escritores americanos: Salarrué, Claudia Lars, Gabriela Mistral, Alberto Masferrer, José Vasconcelos, etc.

P-¿Siguen siendo las filosofías Orientales una cantera que alimenta la imaginación de los autores salvadoreños como en el pasado a Gavidia, Masferrer, Salarrué o Claudia Lars?

R-En lo personal sí, las considero una cantera de posibilidades creativas y muchas veces fuente de inspiración e interés. Por ahí hay cosmovisiones y luces que te permiten una aproximación alternativa y fresca a temáticas tan cotidianas y actuales como la violencia, el caos social, la corrupción…

Pero más allá de lo local y de las filosofías, por supuesto que hay un interés asiduo, diría, por explorar o incorporar las culturas y ambientes orientales en la literatura contemporánea. De la cultura árabe ejemplos sobran, como sería el caso de Paul Bowles o del mismo Rodrigo Rey Rosa, de Guatemala, que, como Paul, de quien fue discípulo, vivió varios años en Tánger: su novela La orilla africana tiene a un marroquí y a un colombiano como protagonistas, y en ella se plantea, entre otros temas, los sueños de los marroquíes por cruzar el Estrecho y llegar a Europa, su Tierra Prometida. O el caso de la chilena Lina Meruane, que hace un viaje de exploración, de descubrimiento y revaloración de sus raíces palestinas en su crónica Volverse palestina, con la que obtuvo el Premio Instituto de Cultura chileno-árabe en 2015, o Santiago Gamboa y García Márquez que han tratado el tema árabe en sus obras. Es innegable también esa influencia oriental en Salarrué, en O’Yarkandal, por ejemplo, donde se reconoce el aprecio del autor por la fantástica exuberancia formal y ambiental de Las mil y una noches, y ya no se diga del pensamiento y filosofías orientales de corte esotérico en esta y en el resto de sus obras.

P-Algunos de sus escritos son muy bien evaluados y estimados en países como Guatemala, Costa Rica, México, Colombia y España. ¿Qué necesita el autor nacional para que su obra llegue al paladar  de los lectores internacionales, que podría pensarse es más exigente que el de los lectores nacionales?

R-En realidad la literatura es una tierra sin fronteras, muros ni caminos bien trazados, y esto es válido tanto para los autores como para los lectores que se aventuran en esa tierra. Un autor o un lector nacional lee más literatura del resto del mundo que salvadoreña o centroamericana, no por desprecio si no por falta de circulación de la misma, así que al menos en teoría un lector local estaría tan bien dotado como un lector de cualquier rincón del mundo; aunque sí me preocupa la influencia que está teniendo lo literario visto como comercio y mercado en la capacidad de elección del lector local, y esto sí que es cierto que por cuestiones más bien educativas y culturales de fondo, que no le permite desarrollar un criterio propio sino consumir lo que le dicen que consuma. La literatura es aventura, pero la aventura se arruina cuando te quieren llevar en rutas prefijadas y en buses turísticos por los lugares comunes. Un poco hay que aprender a perderse y descubrir, salirse de la zona de confort que ofrecen las rutas prefijadas, eso da criterio propio y vivencia, y en cuanto a los autores, tampoco se trata de andar pensando en los paladares de otros y en las modas literarias sino en hacer una obra honesta, original y auténtica, esto permite que un lector sensible a ella se sintonice no importa dónde esté.

P-En el país se ha dado un incremento de talleres relacionados con la literatura, ¿será que la participación en estos talleres en verdad puede ayudar a los aspirantes a escritores? 

R-Depende de la visión con que se impartan y de lo que se espera de ellos. Es harto conocido que a nadie se le puede enseñar a ser escritor ni se le puede certificar como tal. No hay un título o diploma que te autorice como escritor, ni una fórmula mágica o estandarizada para llegar a serlo. Y eso está bien, si no fuera así tendríamos un montón de titulados sin trabajo y eso sería poco justificable, ¿no? No hay nada formal en ser escritor, si así fuera, seríamos unos asimilados por un sistema x, y el escritor es casi por definición un sujeto antisistema, un inadaptado, una anomalía o un visionario. Precisamente la visión que preexiste en quien potencialmente puede desarrollarse como escritor es una visión anómala y única sobra una realidad que los demás ven ordinaria. Por ahí partamos. ¿Qué puede hacer un taller? Si se tiene esa visión (ese don anómalo de ver la realidad de una manera única), en un taller se pueden dar herramientas para que esa visión pueda concretarse en el papel de manera más eficiente, sin sofocarla. Ideas, tips, qué es lo que se ha hecho, qué es lo que no se ha intentado, cómo otros han pensado sus procesos creativos, algo se saca de ahí, pero tampoco es un paso obligado para ser escritor. Además, los talleres cumplen otra función, una función socializadora, de acompañamiento: varios se reúnen para trabajar un oficio, comparten, se acompañan, se alientan, se nutren de los intentos de otros, congenian, se unen o separan, crean movimientos colectivos, amistades de toda la vida, complicidades creativas y propuestas. Además, no hay que olvidar un tercer elemento: que quien imparte el taller lo que da es una visión sesgada y personal de su propia experiencia o travesía.

P-¿Cuáles son algunas de las lecturas predilectas de Mauricio Orellana Suárez?

R-Entre otras, y ya que viene al caso, me atrae muy particularmente la obra de Mario Bellatin, escritor peruano-mexicano radicado en México y fundador de la Escuela Dinámica de Escritores, de corte experimental, alternativo y disruptivo. Es una obra con muchas influencias culturales del oriente místico, particularmente del misticismo sufí, en la que incorpora y hace referencias constantes a tratados incluso apócrifos, como por ejemplo el Tratado de la Unidad, atribuido a Ibn Arabi (Abū Bakr Muhammad ibn ‘Alī ibn ‘Arabi). Personalmente me parece que ostenta un estilo reiterativo muy original y valioso, que me remite a una danza derviche que gira y gira incorporando elementos narrativos a cada giro que da, amalgamando así la vida y las peripecias de los personajes. Libros de él como Salón de belleza, El libro uruguayo de los muertos, La jornada de la mona y el paciente…. me parece uno de los autores contemporáneos más interesantes. También se me viene a la mente Guillermo Barquero, que es un autor costarricense que debe ser descubierto. Es capaz de narrarte  toda una novela en base a solo sensaciones e impresiones, y espetarte un mundo distorsionado por la interioridad de los personajes que todo lo mancha, algo que no he leído con esa intensidad opresiva en nadie más. Eso para mencionar solo a dos contemporáneos; y claro, está Onetti, Roberto Arlt, Piglia, Thomas Pynchon y tantos otros, el problema es que se excluyen a muchos cuando se empieza a dar listas.

P-En verdad que el estado actual de las cosas en el tema político, social, cultural, sexual etc. Parece no estar bien en varias partes del mundo, qué papel deberían de jugar los escritores y su obra en este oscurantismo moderno

R-La obra debe jugar el papel del espejo incómodo que refleja sin filtros y que devuelve esa visión externa enriquecida con una vida interior que muestra la ferocidad que conllevan los hechos que pasamos ya como cotidianos, para los que nos hemos vuelto insensibles e indiferentes. Los escritores, aunque no caigamos bien, debemos servir como baños fríos o calientes, nunca tibios, que intentan devolver esa sensibilidad perdida del cuerpo social.

*Ensayista, editor de la Revista Biblioteca Islámica (www.redislam.net), director del Área de Arte y Cultura de la Asociación Cultural Islámica Shiita de El Salvador (www.islamelsalvador.com) y de la Radio en línea El Minarete (www.elminarete.net)

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