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Miércoles , 20 Septiembre 2017
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LA JOYERÍA EN ZACATECOLUCA, HISTORIA DE JOYEROS, LOABLES SERES HUMANOS

Wilfredo Mármol Amaya
Psicólogo y escritor viroleño

El oficio de joyería ha sido una de las labores extraordinarias y sobresalientes como actividad laboral en Zacatecoluca. En primer lugar, viagra porque sus representantes son y han sido personajes ligados a huellas emblemáticas en el devenir de la sociedad viroleña. En segundo término, los propietarios de los talleres de joyerías durante décadas, han brindado trabajo permanente a cientos de operarios viroleños, lo que les ha permitido disfrutar una vida decente y en armonía a las buenas costumbres, así lo afirma Antonio López, conocido como  “Don Toñito”; un hombre que a los 77 años de edad señala que la joyería le ha dado todo lo que tiene, luego de 60 años de dedicarse a esta actividad. Don Toñito a los 19 años comenzó a trabajar en  la Joyería La Mexicana del recordado Mardonio Baires, donde laboró toda una vida. Con una sonrisa nostálgica, pero llena de alegría,  indica que la primera vez que llegó donde Mardonio ya estaba ahí Cristóbal Cabezas, actualmente su vecino y amigo, viven contiguo en las casas que les brindara a un precio razonable don Mardonio, un  hombre de bien a quien se le recuerda con aprecio, me atrevería decir que en Zacatecoluca cuando se menciona su nombre, se hace con el corazón.
Pero este asunto de la joyería es quizás uno de los oficios más antiguos que registra la historia. Como tal, las joyas han sido un indicativo de la condición o clase social. Por ejemplo, en algunas civilizaciones sólo algunos segmentos podían usar ciertos tipos de joyas. En los tiempos modernos las joyas son, sobre todo una manera de saber cuánto dinero poseen las personas. Desde la antigüedad las joyas también han correspondido a aspectos religiosos, incluso desde los días del antiguo Egipto, donde se comenzaron a usar joyas para simbolizar el poder y la religión, y fueron  usadas  en vivos y  muertos por igual. En la antigua Roma, los hombres debían llevar al menos un anillo,  y algunos usaban uno en cada dedo. Ellos utilizan estos anillos para sellar documentos con cera, y el símbolo en la cera indicaba al receptor el significado.
No obstante, al pasar revista a la historia de la joyería debe tomarse  en serio la contribución del rey de los metales, el oro; se afirma que éste es un material sui generis,  feliz maridaje entre materia y las ideas creativas. Como medida decisiva de los valores pecuniarios, este hermoso metal resuena en todo el mundo en una corriente interminable de barras amarillas perfectamente lisas. Su precio oficial por onza troy (31.1 gramos) fue durante muchos años de $35. Pero eso quedó a la zaga, es sólo una referencia histórica, nada más. De seguro, el oro es el  rey de los metales y un buen amigo del ser humano, sin el oro nuestra civilización no sería lo que es. Invulnerable a los estragos del tiempo, no lo deslustra el aire, ni el agua, ni la mayor parte de los agentes corrosivos. Lleva en sí el sello de la eternidad y es símbolo del valor intrínseco de las cosas y de los valores mismos, aunque otros no le den el valor que tiene, “como nuestros indígenas, que asombrados por el reflejo de los espejos, terminaron regalando el oro que poseían” (Alicia Herrera Rebollo. 2014). Tantas veces se ha fundido, moldeado y vuelto a fundir, que no es remota la posibilidad de que el anillo que usted compra hoy, contenga oro de los collares de la Reina de Sabas. Es posible comunicarle tonalidades caprichosas de verde, anaranjado, rubí o morado. Cuando se compra una alhaja, veremos impreso en ella un contraste en que se declara su contenido en oro. La cantidad de metal puro de un objeto se expresa en quilates, 24 quilates son oro puro. Así púes, un anillo de 18 quilates contiene 18 partes de oro y seis de alguna aleación. (Historia de la Joyería. Cooperativa de Joyeros de El Salvador. Compilación de Rafael Mardonio Baires, 1986. Brindado por Mauricio Bolaños)
En Zacatecoluca la joyería ha marcado su propia historia, y como oficio está ligada de una u otra manera a Mardonio Baires, el legendario propietario de la Joyería La Mexicana, “donde se aprendía a hacer de todo, anillos, remiendos, toda clase de aritos, pulseras, en específico trabajar con la filigrana, una especialidad que permitía darle formas y se hacían hasta pimpollos”, señala  don Toñito.  La Mexicana ya no existe, sólo es historia de lo que fue, sin embargo Toñito y don Cristóbal son ejemplo de la contribución de esta escuela de la joyería viroleña; ambos se pensionaron luego de largos años de trabajo, incluso don Mardonio les dio casa a estos dos empleados. “Su señora, doña Alicia de Baires, también fue una buena persona”, recuerda con aprecio Toñito y agrega “sus hijos fueron Mardonio y Nelly”. Cuando yo era un adolescente, recuerdo haber participado en la fiesta del casamiento de Nelly con el abogado Salvador Ibarra, amenizada por la Orquesta de los Hermanos Flores en el Centro Democrático -un fiestón a finales de la década de los 70-. A Salvador Ibarra tuve la oportunidad de tratarlo personalmente años más tarde, un abogado comprometido con las causas nobles y a favor de las clases desposeídas, se esforzaba en sacar de las cárceles a los jóvenes en los años de la represión incauta de los cuerpos de seguridad.  La última vez que tuve la oportunidad de verlo fue cuando sostuvimos una reunión en la Finca de don Mardonio, sobre la autopista de Ichanmichen, entre representantes del  Debate Nacional por la Paz, CPDN -del cual fui su Director Ejecutivo- Reverendo Edgar Palacios, don Ramón Díaz Bach y Héctor David Córdova con asistentes de congresistas estadounidenses. Años más tarde Salvador Ibarra falleció. Don Mardonio Baires tuvo otro hijo -fuera del matrimonio- “El Loco Edgar”, quien falleció en un operativo militar cuando manejaba el camión apodado El Mazinger, del CITFA, registran joyeros que le conocieron.
Lito Álvarez, un joyero de pocas palabras. Lito Álvarez siempre fue un joyero formal, serio y responsable, solía soltar a los cuatro vientos que como ni el mismo podía tolerarse, prefería seguir soltero hasta que la muerte se lo llevara.  Lito era de mediana estatura, moreno, uno de los mejores joyeros del pueblo, especialista como pocos en esto del arte de la Filigrana. Sus sobrinas le recuerdan como un personaje apreciado, de pocas palabras, no le hablaba a nadie cuando andaba en sus cabales, otra cosa era cuando se echaba sus tragos; las niñas, sobrinas de Lito exclamaban, “miren Lito anda bolo… siii”,  pues en esa condición cambiaba totalmente y se tornaba en una persona hablantín, cordial, expresivo, sobre todo regalón; les  llevaba comida, frutas, conservas, en fin de todo, lo mejor era cuando se metía la mano a la bolsa del pantalón y sacaba las puñadas de pesos y las regalaba a sus sobrinas, las hijas de doña Rita. “Bueno, sobrio era otra cosa, muy serio y empurrado, agarraba zumba por un mes, se tornaba sociable y amistoso, y regalón” como muy bien lo señala Leticia Maribel, una de sus sobrinas; una viroleña a toda sepa.  El nombre completo, Carlos Álvarez Pineda, joyero fino, honrado y de pocas palabras a quien se le recuerda con aprecio y cariño imperecedero. Lito, el joyero especialista de la filigrana, aún tiene su taller, cerca de la casa de Beto Chorro.
Los antecedentes de la filigrana (del Latín filum-hilo y granum-grano, obra formada de hilos de oro o plata, unidos y soldados con mucha perfección y delicadeza)  que permitía la filigrana fina comercial a través de pequeñas obras de arte expuestas en el mercado en forma de anillos, pulseras, aretes, etc.; claro la filigrana extrafina son obras de arte trabajadas sólo por encargo para eventos especiales o para iglesias católicas (Historia de la Joyería. Cooperativa de Joyeros de El Salvador. Compilación de Rafael Mardonio Baires, 1986. Brindado por Mauricio Bolaños)
La filigrana en El Salvador se remonta a la época de la colonia, pero se desconocen los nombres y la biografía de los maestros que introdujeron este arte en el país, sin embargo, los joyeros viroleños, Abel Pineda y Ángel Castro, 1885, fueron quienes destacaron en la elaboración de coronas y copones para iglesia católicas y en la formación de nuevas generaciones de joyeros en su pueblo natal de Zacatecoluca.  Los joyeros que pasaron por La Mexicana, se recuerda a Jeremías, Mario Urbina, Andrés, Sigfredo Guidos y su hijo William. Las nuevas generaciones de joyeros han destacado en otras áreas profesionales, tal es el caso de David Batres Colindres, actual abogado y notario de la Republica, formándose además para ser Pastor evangélico.
Los primeros joyeros de Zacatecoluca ya se adelantaron a mejor vida, sin embargo se les recuerda con aprecio, para el caso Toño Solórzano, Saúl Clavo, El Chiqui, ósea Raúl López y don Mardonio Baires, por supuesto. Toño, otro joyero que murió en el rio Lempa al tirase del puente, como estaba pachito se estrelló contra el fondo y se ahogó; claro andaba con sus tragos. Muchos joyeros en Zacatecoluca se suicidaban con cianuro, ese ácido que en la profesión era usado para bañar las prendas; otros joyeros se ahorcaron, como el caso Nico, que por cierto era hermano de Chico Plancha,  quien tomó cianuro. En buen viroleño un buen número de joyeros en Zacatecoluca eran amigos del dios Baco; no trabajaban los lunes, y era el día de descanso y se ocupaba para quitarse la goma, claro, trabajaban hasta los domingos a las tres de la tarde, después de esa hora solía encontrárseles en el rio El Castaño, muy cerca donde en la actualidad está ubicada la Colonia Cosme Espessoto.
Mario Urbina, es quizá uno de los  joyeros que en la actualidad goza de gran reconocimiento y alta estima, una leyenda viva quien lleva sobre su ser un férreo testimonio de una persona loable, convincente; cuenta al menos con 55 años en sobriedad que lo hacen un hombre sabio, lúcido y de exquisita conversación cotidiana,  sobre todo un autentico orador, un ciudadano ejemplar,  notable hombre de familia, padre y amigo. Un padrinazo en todo los sentidos posibles para el buen vivir. Como joyero ha destacado en su eterno taller, allá camino al barrio El Calvario, brindando soluciones a las necesidades de sus clientes.  Escuchar al joyero Mario Urbina, es como escuchar a esas personas hechas con el material con que suelen hacerse los santos. Reconocimiento imperecedero a todos estos mal llamados artesanos, pues son verdaderos artistas del oro.
Ojala que a la joyería en Zacatecoluca no la desplace la era del plástico, la fibra óptica, mucho menos el mundo cibernético, que mal empleado convierte al ser humano en adictos al centrar la atención en las ilusiones que brindan las sociedades de la información, y  que el rey oro siga siendo invulnerable a los estragos del tiempo y la mayor parte de los agentes corrosivos, que continúe llevando  el sello de la eternidad;  mientras existan verdaderos profesionales de la joyería como Lito Álvarez, Toñito, Cristóbal Cabezas, y la sombra eternamente agradable que dejara don Mardonio Baires,  la joyería está garantizada para largos años en Zacatecoluca, y Mario Urbina es el maestro llamado a mantener viva la luz de esa esperanza.

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