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Miércoles , 20 Septiembre 2017
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La incineración del Señor Jerôme (y similares)

Caralvá

Fundador

Suplemento Tres mil

 

La vida instrucciones de uso/George Perec – Barcelona: Anagrama, 1992 – 634 p. es un libro que como su nombre lo indica refleja la vida, donde la muerte o lo cotidiano reproduce el conjunto social-histórico en un edificio de departamentos en Francia.

Se debe poseer paciencia para leer tantas historias, principalmente porque Perec no desea impresionarnos con su narrativa, ni siquiera obtener un lugar en los altares literarios, su objetivo es más modesto, en esencia reflejar el absurdo del capitalismo en las personas, donde los valores terminan e inician en la prisión materialista, es una narrativa en ocasiones tediosa, lenta, insignificante en detalles que para el autor comunican la rutina francesa del siglo pasado.

En particular la historia del Señor Jerôme es conmovedora desde mi punto de vista de investigación, reproduciré un fragmento: “Volvió a la calle Simon-Crubellier en 1958 o 1959. Era un hombre irreconocible, gastado, exhausto, acabado. No pidió su antigua vivienda, sino una simple habitación de servicio, si había alguna libre. Ya no era catedrático ni agregado cultural; trabajaba en la biblioteca del Instituto de Historia de las Religiones. Un “viejo erudito” a quien, al parecer, había conocido, en un tren, le daba ciento cincuenta francos al mes para hacer un fichero del clero español. En cinco años redactó siete mil cuatrocientas setenta y dos biografías de eclesiásticos en activo durante los reinados de Felipe III (1598-1621) Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700) y las catalogó después en veintisiete capítulos diferentes (por una coincidencia admirable, añadía con sarcasmos, en la clasificación decimal universal- más conocida como C.D.I. – el 27 es precisamente el número que se reserva para la historia general de la iglesia cristiana). El “viejo erudito” había muerto entre tanto. El Señor Jerôme, tras intentar interesar en vano al Ministerio de Educación Nacional, al Centro Nacional de Investigaciones Científicas (C.N.R.S.), a la Escuela Práctica de Altos Estudios (Sección VI), al Colegio de Francia y a unas quince instituciones públicas o privadas más en la historia, más movida de lo que se podía esperar, de la iglesia española en el siglo XVII, procuró, sin éxito, hallar un editor. Después de sufrir cuarenta y seis negativas categóricas y definitivas, cogió su manuscrito –más de mil doscientas páginas de una letra increíblemente apretada- y fue a quemarlo al patio de la Sorbona, lo que, por otra parte, le costó pasar una noche en la comisaría” pág 250-251 idem… Cuando uno incinera una obra, lo afirmo por experiencia, uno crea cierta nostalgia inolvidable, el trabajo que encierra muchas horas se consume en destellos luminosos, es imposible regresar el manuscrito original, al incinerar un documento uno acepta su autodestrucción, uno se despide de la palabra. Para quienes hemos ejecutado esa inmolación literaria, desde la distancia sentimos el desprendimiento memorial, pero es necesario en el camino de no cometer de nuevo ese acto infantil, comprendo al Señor Jerôme puesto que al final el acto voluntario destructivo-constructivo literario es feliz, ayuda a comprender al siguiente ensayo y al siguiente, vos siempre caminás al filo de las llamas pero al final descubrís los congeladores que te ayudan a preservar el ADN literario para la posteridad.

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