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sábado , 25 noviembre 2017
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La desesperanza es la oscuridad que oculta la luz de Dios y de la esperanza en un mundo justo y solidario

German Rosa, s.j.

La desesperanza es una de las experiencias más comunes en nuestros días. Pero esto no ocurre por un deseo consciente o premeditado de vivir sin esperanzas. Perdemos la esperanza ante los fracasos de la vida, ante los problemas normales y cotidianos en la familia. Nos desencantamos de la vida ante tantas dificultades que tenemos, algunas llegan sin buscarlas y otras nos las buscamos. Pero uno de los problemas que más desesperanza nos produce es la violencia en el mundo. Las guerras en Afganistán, en Irak, en Siria; los atentados terroristas en Europa y en otras regiones del mundo. En nuestro contexto la violencia se hace sentir con mucha fuerza con las extorsiones, los ajustes de cuentas entre las pandillas, los crímenes de todos los días que se difunden en los medios de comunicación social, etc. Incluso, ante tanta violencia podemos vivir depresiones que nos llevan a la desesperanza. Y nos podemos convencer que todo lo negativo que sentimos en el presente será peor en el futuro.

La desesperanza es la experiencia de una noche oscura en lo más profundo de nuestro interior. ¿Qué significa vivir la noche oscura de la desesperanza? Esta imagen expresa una densidad de contenido y tiene un gran significado. La noche oscura es una metáfora utilizada para describir una fase en la vida espiritual de una persona, marcada por un sentido de: soledad, desolación, desánimo, desesperanza y desencanto.

La noche oscura se asemeja a vivir el viernes santo pero en la vida ordinaria. Aún a medio día el sol se eclipsa porque nos invade la oscuridad de la desesperanza en el alma parecida a la que ocurrió cuando murió nuestro Señor Jesucristo: “Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y diciendo esto, expiró” (Lc 23,44-46).

El triunfo aparente de la muerte nos oculta el rostro de Dios y nos invade la oscuridad profunda del sin sentido. Esta experiencia de oscuridad interior se puede vivir y superar sólo con la luz de la esperanza. Analicemos más de cerca el tema de la desesperanza, por qué sentimos que Dios se esconde y cómo podemos atravesar esta noche oscura interior para comprometernos a construir un mundo justo y solidario.

1) La desesperanza nos impide ver la luz de Dios…

La tentación de la desesperanza nos vence cuando vivimos la experiencia de la oscuridad interior. Esta se vive en la noche oscura de nuestra existencia, en los momentos de la incapacidad de sobreponernos a los dramas más frecuentes de la vida: la falta de empleo; la falta de recursos para la educación, la alimentación y la salud de la familia; una enfermedad grave que se padece y, en los casos más dramáticos, cuando vemos un hijo con una enfermedad que lo va consumiendo en el silencio sin poder prolongarle la vida; cuando sentimos que nos arrancan la vida porque le han arrebatado la existencia a un ser amado por causa de la violencia delincuencial; cuando vivimos las consecuencias de una globalización excluyente que obstaculiza e impide los proyectos políticos y sociales alternativos; cuando somos testigos de los casos de corrupción en la administración pública; cuando vemos con frecuencia sectores políticos y gobiernos que discriminan a los inmigrantes construyendo muros de la verguenza y los deportan; cuando ocurren las catástrofes naturales que golpean sobre todo a los seres queridos, a las amistades y al pueblo de donde venimos, etc. Todas estas experiencias nos hacen sentir la oscuridad que impide ver la luz que Dios nos ofrece. En el fracaso, en el dolor, en el sufrimiento cotidiano, pero sobre todo en el sin sentido de la muerte causada por la violencia y la injusticia, ahí experimentamos la oscuridad profunda en nuestro interior. La vivimos en esos instantes sin mediar palabra alguna, en la oscuridad de la desesperanza como la que vivió Jesucristo en la cruz, como la que vivieron los discípulos de Emaús antes del encuentro con el resucitado. En esos momentos la inteligencia ha sentido tal impacto que está totalmente desconcertada, sin imágenes ni conceptos que expliquen el misterio de Dios porque no hay explicación posible ante lo incomprensible. Dios está totalmente oculto en esa noche oscura donde no lo podemos ver ni entender. Ante ese vacío algunos llegan incluso a expresar que ha ocurrido la muerte de Dios.

En cierto sentido esto es verdad. La oscuridad se hace presente en la muerte cruenta e injusta de Jesús en la cruz donde la luz de Dios está totalmente opacada. Dios está oculto en la oscuridad horrorosa de la historia larga y prolongada de la pasión de los pueblos crucificados. No hay triunfalismos ingenuos sino redención realista que emerge en la oscuridad del mal causado por la violencia. Esta experiencia de la oscuridad interior solo es posible atravesarla o superarla con la luz que Dios nos regala a través de la esperanza.

Y sólo desde la fortaleza que brota de las esperanzas auténticas es posible revertir el mal generado en la historia y en la sociedad, el mal moral cristalizado en la injusticia social que engendra la pobreza y desencadena las miserias humanas, y también otros males sociales; el mal de la violencia institucionalizada, la sórdida violencia que no se percibe como el estruendo de las bombas, los fusiles, los helicópteros y aviones de guerra, que produce más muerte acumulada en la historia. Y la única respuesta eficaz ante esta realidad que nos desespera y nos agobia, es la acción transformadora de estas realidades malas para que no se reproduzca el virus que las ha engendrado. Para nosotros los cristianos esta esperanza se funda en el acontecimiento salvífico de la Palabra Encarnada, tal como lo expresa el teólogo Juan Antonio Estrada: “Dios se da en el crucificado, es la forma más fascinante de la divinidad para las víctimas de la historia. Vivimos la esperanza de haber descubierto a Dios tal y como explicita el prólogo de Juan: vino a los suyos y no lo recibieron, pero a los que lo recibieron les hizo capaces de ser hijos de Dios. Es lo específico cristiano, no un saber global sobre el mal, sino la identificación con una vida, la de Jesús, y la esperanza en una promesa, la del resucitado. Se puede ser cristiano sin una teodicea resuelta” (Estrada, J. A. (Enero – Marzo, 2006). De la teodicea a la esperanza. Revista de Pensamiento Cristiano Iglesia Viva, p. 43).

2) La esperanza cristiana, una luz que nos hace descubrir la presencia de Dios que nos fortalece para cambiar la historia siendo solidarios

Vivimos soñando despiertos y nos damos cuenta que las esperanzas son sueños que tenemos para cambiar aquello que sentimos que debemos cambiar. Pero sin olvidar que la esperanza es realista, pues asume con seriedad la realidad histórica, tal como lo dice el teólogo Jürgen Moltmann: “Sólo la esperanza merece ser calificada de ‘realista’, pues sólo ella toma en serio las posibilidades que atraviesan todo lo real. La esperanza no toma las cosas exactamente tal como se encuentran ahí, sino tal como caminan, tal como se mueven y pueden modificarse en sus posibilidades. Las esperanzas terrenas tienen sentido tan sólo mientras el mundo y los hombres que viven en él se encuentran en un estado inacabado, en un estado de fragmento y experimentación.

Ellas anticipan lo posible de la realidad histórica y móvil, y son las que, con su intervención, deciden los procesos históricos. Por ello, las esperanzas y las anticipaciones del futuro no son una aureola resplandeciente colocada sobre la existencia que se ha vuelto gris, sino que son percepciones realistas del horizonte de lo real posible, que ponen todo en movimiento y lo mantienen en variabilidad” (Moltmann, J. (1972). Teología de la Esperanza. Salamanca, Ediciones Sígueme, pp. 31-32).

Desde nuestra experiencia cristiana, sembrar la esperanza es asumir la ética de Jesucristo, es decir, aplicar la ética de su propuesta del reinado de Dios en la vida cotidiana. Vivir solidariamente como buenos samaritanos, convirtiéndonos en buenos sembradores de la fe para realizar las obras de la justicia. La gran enseñanza de Jesús es que no explicó el mal de la violencia ni todos los otros males de la historia, sino que nos enseñó el camino para acabar con ellos. No escapó ni huyó de la violencia sino que la enfrentó, cargó con la cruz, murió y superó la muerte con la resurrección. Mostró que la vida es más fuerte que la muerte, y que la esperanza vence la desesperanza. La violencia nos hace sentir la fuerza de imposición del dolor, del sufrimiento, del horror del mal. La pasión expresa la fuerza, el terror y la crueldad de la violencia. Sin embargo, la resurrección nos hace descubrir el inicio de la nueva humanidad, de la nueva creación libre de violencia, libre del dolor y del sufrimiento. La resurrección aparece como la luz del sol o de las estrellas que iluminan a la humanidad a pesar de las nubes, las tinieblas y la oscuridad que pueden causar la violencia y todos los otros males. Somos polvo de estrellas, somos chispas luminosas del gran big bang del universo y de la nueva creación (Cfr. Moltmann, J (2011). Etica della speranza. Brescia (Italia/UE): Editrice Queriniana, Brescia, p. 91).

3) El Jesús crucificado y resucitado nos remite al pueblo crucificado en proceso de resurrección como nos enseñó Mons. Oscar Romero

La esperanza cristiana es movilizadora, siempre genera un dinamismo de cambio hacia el futuro, un dinamismo de resurrección. Nos hace renacer, causa cambios personales y sociales, etc. ¿Qué esperamos? Una vida digna y plena. Esperamos que la justicia engendre la paz. Una sociedad equitativa y sin violencia. La vida es para disfrutarla, para gozarla, y cuando gozamos la vida plenamente estamos viviendo la felicidad.

Desde la esperanza cristiana, el mal no se explica, sino que se expulsa, se extirpa, se supera en la historia en la acción comprometida de la realización de la esperanza de Jesús, el reinado de Dios en el presente que se consumará al final de la historia.

En Jesús el Dios de la Promesa nos ofrece el horizonte último de la esperanza histórica: “En Jesús no se hizo concreta una verdad general, sino que el acontecimiento concreto, irrepetible, histórico de la crucifixión y de la resurrección de Jesús por Yahvé, Dios de la promesa, que crea el ser de la nada, se vuelve universal merced al horizonte escatológico universal que tal acontecimiento proyecta anticipadamente. Por la resurrección de Jesús de entre los muertos, el Dios de las promesas de Israel se convierte en el Dios de todos los hombres” (Moltmann, 1972, pp. 184-185).

El Jesús crucificado y resucitado nos remite al pueblo crucificado en proceso de resurrección, es una realidad que nos reenvía a la otra. Y en nuestro contexto, desde la realidad de la violencia, hay una densidad de la pasión y la crucifixión que no podemos obviar. Ignacio Ellacuría al hablar de los pueblos crucificados dijo lo siguiente: “La crucifixión del pueblo evita el peligro de mistificar la muerte de Jesús y la muerte de Jesús evita el peligro de magnificar salvíficamente el mero hecho de la crucifixión del pueblo, como si el hecho bruto de ser crucificado aportara sin más la resurrección y la vida. Hay que iluminar esta crucifixión desde lo que fue la muerte de Jesús para ver su alcance salvífico y el modo cristiano de esa salvación. Hay que examinar para ello los principios de vida que se entremezclan con los principios de muerte; aunque la presencia del pecado y de la muerte es masiva en la historia del hombre, también es importantísima y palpable la presencia de la gracia. Más aún, la salvación sólo podrá entenderse como un triunfo de la vida sobre la muerte, un triunfo que ya está preanunciado en la resurrección de Jesús, pero que debe ser procesualmente ganado, siguiendo sus propios pasos, conforme al sentido que tuvieron en él” (Cfr. Ellacuría, I. (2000). Escritos Teológicos, Tomo II. San Salvador, El Salvador: UCA Editores, pp. 155-156).

La esperanza en la nueva y definitiva alianza se expresa en la tensión que existe entre el presente y el futuro, entre la cruz y la resurrección, entre la vida y la muerte, entre el presente ya realizado en la justicia, la filiación, el don del Espíritu y el futuro aún por llegar con el cielo nuevo, la vida eterna, la visión de Dios cara a cara. Desde esta perspectiva, la esperanza es la constancia para hacer posible históricamente el proyecto de vida abierta siempre a la plenitud, soportando tenazmente las pruebas y los desafíos en esa tensión de entrar en la tierra prometida, pero sabiendo que no es fácil, porque siempre está la amenaza de la experiencia del exilio babilónico. Esta tierra prometida no se entiende en términos espacio temporales, pues no es posible reproducir históricamente la experiencia del éxodo que nos narra el Antiguo Testamento; este “entrar” se traduce en lograr estadios de plenitud humana en la historia, sabiendo que no está consumada definitivamente, porque siempre está abierta al horizonte de la gratuidad de Dios. El reinado de Dios está ya presente, pero no de manera plena. El reinado de Dios significa en el presente histórico: paz, justicia, perdón y reconciliación. Sabiendo que siempre hay nuevos retos y que estamos en camino de construirlo hasta que se consuma el plan de Dios en la historia. Este tema es inagotable y siempre nos invadirá la oscuridad de la desesperanza, pero no olvidemos que aquél que vivió la oscuridad más grande ante la realidad incomprensible de la violencia se convirtió en una luz universal que resplandece y nos ilumina para comenzar un nuevo día con un sol radiante dónde ya no haya oscuridad posible.

Un ejemplo de esperanza activa fue Mons. Romero, que vivió su ministerio presbiteral y episcopal con una profunda fe en la resurrección. Y nos invita hoy a actualizar la experiencia real de la resurrección. En su homilía del 26 de marzo de 1978, en el día domingo de resurrección, dijo estas palabras proféticas que siguen resonando hoy en un mundo donde hay tanta violencia y tantas formas de injusticia: “Por eso, hermanos, la Iglesia no puede ser sorda ni muda ante el clamor de millones de hombres que gritan liberación, oprimidos de mil esclavitudes; pero les dice cuál es la verdadera libertad que debe de buscarse: la que Cristo ya inauguró en esta tierra al resucitar y romper las cadenas del pecado, de la muerte y del infierno. Ser como Cristo, libres del pecado, en ser verdaderamente libres con la verdadera liberación. Y aquél que con esta fe puesta en el resucitado trabaje por un mundo más justo, reclame contra las injusticias del sistema actual, contra los atropellos de una autoridad abusiva, contra los desórdenes de los hombres explotando a los hombres, todo aquel que luche desde la resurrección del gran libertador, sólo ése es auténtico cristiano” (http://www.servicioskoinonia.org/romero/homilias/A/780326.htm).

El 23 de septiembre de 1979, Mons. Oscar Arnulfo Romero, en su Homilía del Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, en un contexto distinto al actual, nos regaló unas bellas palabras que nos iluminan cuando nos invaden la oscuridad y el desencanto. Estas palabras de Mons. Romero nos ayudan a superar la oscuridad interior: “Pasará esta hora de prueba y quedará refulgente el ideal por el cual murieron tantos cristianos. Es una noche negra la que estamos viviendo, pero el cristiano vislumbra que, tras la noche, ya fulgura la aurora y ya se lleva en el corazón la esperanza que no falla” (Monseñor Oscar A. Romero. 2008. Homilías, Tomo V. San Salvador, El Salvador: UCA Editores, p. 346). La oscuridad causada por la violencia y la injusticia no tiene la última palabra. La esperanza es más fuerte que la desesperanza y el desencanto. Y por eso suscita una fortaleza esperanzadora que nos moviliza para vencer el mal de la violencia y de la injusticia. La luz de Dios y de la esperanza se impone a la desesperanza y el desencanto.

La fe de Mons. Romero fue sólida e incuestionable. Él dijo las siguientes palabras unos días antes de su martirio: “Como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.  Vio la luz de Dios y vivió de manera activa y comprometida su esperanza cristiana amando y sirviendo sobre todo a los más pobres, los humildes y sencillos. Vivió a fondo el Evangelio y la buena noticia del Reino de Dios. Y hoy continúa acompañándonos con su presencia iluminadora.

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