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viernes , 15 diciembre 2017
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La Democracia no es Suficiente

Orlando de Sola

El 11 de Septiembre del 2010 David Escobar Galindo escribió en La Prensa Grafica sobre la viabilidad histórica de El Salvador: “Es hora de poner en orden nuestra relación emocional con el país, con su verdad y con su suerte.” “Nos hallamos en este hogar nacional que requiere amueblamiento, equipamiento y servicios básicos permanentes y estables”,  agregando que: “La democracia  es la encargada de ordenar todo ello”.

Pero la democracia no es suficiente. Hacen falta la verdad, la justicia y la libertad, pues la democracia a menudo se confunde con la demagogia, una forma de falsedad. También se confunden la ética con la etiqueta y la moral con la moraleja, que no son lo mismo.

Tendemos a confundir la forma con el fondo, la reflexión con la realidad, como explica Platón en su Alegoría de la Caverna. Por ello no podemos cambiar, ni ser felices, ni progresar en paz, en lo político, lo social, lo económico y lo cultural. Somos víctimas de nuestro propio engaño, que nos mantiene aislados en el surrealismo, alejándonos cada vez más de nuestra propia realidad, de nuestra certeza sensorial.

Algunos creen que la democracia se encarga de ordenar “todo ello”, refiriéndose a la seguridad personal, la administración de justicia y otros servicios básicos, considerados fundamentales en todo estado nacional. Pero otros, como dice David Escobar Galindo, comprendemos que la democracia “solo podrá hacerlo si sus operadores – que somos nosotros, todos nosotros, los salvadoreños de arriba y de abajo, de aquí y de allá, de hoy y de mañana – nos disponemos a renunciar sistemáticamente a nuestros equívocos, a nuestras intemperancias, a nuestras adicciones autodestructivas y a nuestra arraigada tendencia a la autoflagelación.”

Poco se menciona, sin embargo, la falsedad, madre de la injusticia, la servidumbre y la desigualdad que marcan nuestra incultura.

Para ser libres debemos encarar nuestra realidad, reconociendo que la mayor parte de nuestras acciones y actitudes no son sinceras, ni conducen al deseado cambio, sino a simulaciones del mismo. No queremos cambiar.

La democracia no es suficiente para hacer parir la verdad, la justicia y la libertad. Puede ser un método aceptable para elegir gobernantes,  a veces con fraude, propaganda y otras formas de engaño. Pero la democracia no garantiza nada, especialmente cuando se utiliza para encubrir la dictadura, reflejada en lo que un diputado, después de un encarnado debate, le dijo una vez a otro: “podrás tener la razón, pero nosotros tenemos los votos”. En esas circunstancias, la democracia se vuelve peligrosa enemiga del derecho y la justicia.

Las víctimas de la injusticia, que a menudo se escuda tras la democracia, somos todos nosotros, los salvadoreños. La imposición de voluntades es una costumbre arraigada en países de tradición autoritaria como el nuestro. El capricho tiránico, que es resultado del narcisismo patológico, es reconocible por el lema: “Hago, por lo tanto soy”, no “Pienso, por lo tanto soy”, como dice el conocido axioma de Descartes.

El narcisismo patológico disfrazado de democracia es peligroso, pero puede ser contrarrestado con suficiente verdad, justicia y libertad, como explicaron Freud, Frankl, Fromm y otros maestros de la psiquiatría.

No me extrañan las injusticias que emanan de nuestro sistema judicial, basado en la formalidad, el engaño y la simulación. Muchos de ustedes también han sido víctimas de esa falsedad, que fortalece la servidumbre, no la libertad. He sabido de secuestros y extorsiones judiciales; de fiscales, jueces y abogados querellantes que se ponen de acuerdo en mentir para que, una vez detenida su víctima, la obligan a pagar a los victimarios, retorciendo el derecho hasta lo absurdo.

No permitamos, estimados lectores, que la injusticia continúe disfrazándose de democracia, ni que siga la falsedad opacando la libertad. Eso impide que seamos un mejor país, compuesto por campesinos, obreros, empresarios, militares, políticos, maestros, pastores, sacerdotes, amas de casa, hijos, nietos y demás clasificaciones que podamos imaginar.  Que  los estamentos naturales y etapas históricas  de nuestra vida nacional sirvan para unirnos no para dividirnos.

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