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jueves , 23 noviembre 2017
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La casa del silencio

La casa del silencio

Álvaro Darío Lara

Escritor y poeta

 

Revisando los anaqueles de la Biblioteca “Hugo Lindo” de la Universidad “Dr. José Matías Delgado”, unos minutos antes del inicio de mi clase, con los inquietos jóvenes de la Escuela de Diseño, encontré un libro extraordinario cuyo título da pie a esta sabatina Claraboya, se trataba de un volumen antológico de la poesía del cubano Mariano Brull (1891-1956), finamente publicado bajo el sello de las Ediciones Cultura Hispánica, en ese Madrid de 1976.

Confieso que no conocía nada completo de este formidable autor, cuyos poemas rara vez aparecen en publicaciones más contemporáneas. En ese sentido, una vez terminé el corpus, me di a la tarea de leer con detenimiento la “Introducción a la poesía de Mariano Brull”, firmada por Gastón Baquero.

No me fue fácil avanzar ni en los poemas, ni en el preámbulo. Y eso no por falta de seso,  sino por el afán infantil de no soltar aquello que nos asombra o deleita con infinito placer. Con Brull, yo deseaba no llegar nunca al término del texto. Esto me provocó revalidar el préstamo del libro, en tres ocasiones. No podía ser de otra manera, Brull, fascina.  Fascina por su universo temático, por su cuidadoso lenguaje, por ese viaje que emprende tras la belleza de la palabra. Nos encontramos no ante  un poeta ligero, que ensaya versos ligeros, de sensiblería, de camisa de fuerza ideológica. Todo lo contrario, Brull es un poeta de auténtico compromiso con su fuero más íntimo, el único, que en todo verdadero poeta, es capaz de conducirlo –junto al dominio del instrumental formal-  hacia la maravilla del poema.

La antología que preparó Baquero, está diseñada del final hacia el principio. Esto es, desde los últimos poemarios del autor, hasta los primeros. Así aparecen: “Nada más que” (1954), “Tiempo en pena” (1950), “Fragmentos de la joven Parca” (Versión del poema de Paul Valéry, 1949), “Sólo de rosa” (1941), “Poëmes” (1939), “Canto redondo” (1934) “Fragmentos de El Cementerio Marino” (Traducción del poema de Paul Valéry, 1930), “De poemas en menguante” (1928), “Poemas traducidos al francés en Quelques Poëmes” (1925, o antes) y “De la Casa del silencio” (1916).

Mariano Brull, vivió de niño en el sur de España. Siendo ya un joven regresó a Cuba, graduándose como Doctor en  Derecho. Posteriormente ingresó al servicio diplomático de su país, donde hizo un larga carrera, a la cual renunció tras su diferencia con la dictadura de Fulgencio Batista.

Aunque su desarrollo poético tuvo la influencia de los franceses Malarmé y Valéry, Brull, creó una poesía muy personal. Fue cercano a la generación del 27, y guardó significativa amistad con los escritores Juan Ramón Jiménez y  Alfonso Reyes. Su poesía está signada por el mar, la rosa, la nostalgia, y desde luego, por el lenguaje, como gran protagonista.

De su poema “La puerta al mar” este fragmento de despedida: “La arena se junta/si el agua la deja. / Si la arena avanza/el mar se destierra…/ ¿Quién dejó al pasar/la puerta entreabierta?/-Si alguien viste, di, /di lo que no vieras”.

 

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