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La banalidad del mal: el efecto Lucifer

José Guillermo Mártir Hidalgo

El régimen nazi fue un aparato rígido y jerarquizado, donde la mayoría de agentes estatales cumplieron con lo que se les demandó. El ordenamiento jurídico hizo posible que los actos aberrantes formaran parte del Estado. Dentro de ese Estado Criminal, desobedecer una orden se convertía en delito1.

Por haber organizado el exterminio de los judíos del centro y del este de Europa con tanta brutalidad, el sentir usual es que sus ejecutores debieron ser engendros satánicos, pero según Hannah Arendt, filosofa, política alemana de origen judío, el Teniente Coronel Otto Adolf Eichmann no fue el monstruo que se quiso presentar, fue un burócrata del nazismo, un hombre ordinario, alguien del montón 2. Era especialista en asuntos judíos que se encargó de organizarlos y deportarlos a los campos de exterminio. Los crímenes más abominables del nazismo no fueron cometidos por fanáticos ideológicos, criminales consuetudinarios, psicópatas, sadistas o degenerados sexuales. Los perpetradores de tales infamias fueron, en su mayoría, hombres comunes y corrientes. La desproporción entre las pavorosas trasgresiones de Eichmann y su absurda personalidad, solo podría haberse originado y propagado en un contexto institucional donde era posible desentenderse de la responsabilidad de sus actos.

El actor social es una mezcla de roles y estatus sociales, que le dan sentido y significado más allá de sus intereses. Estos están determinados por organizaciones e instituciones sociales de manera independiente a su voluntad. El actor social es una criatura del sistema social, quien ejecutara su papel respectivo en el entramado de las relaciones sociales. Las personas comunes y corrientes, se adaptaron a los valores y normas del nazismo. Los pocos que se negaron a cooperar con el régimen nazi, fueron aquellos que se atrevieron a juzgar por sí mismos. En el régimen nazi colapsó la moral y la facultad personal de juicio. El burócrata nazi perdió el sentido de responsabilidad personal. Eichmann se preocupaba por conseguir reconocimiento y éxito, esto lo cegó de sus crímenes  que evaluaba con  la guía de los criterios de competencia, eficiencia y obediencia.

La ideología explica el mundo y el sentido de la historia. La potencia de una idea, a través de la conjetura de deducciones, nos lleva a consecuencias inflexibles. Cuando el pensamiento ideológico es introducido en política, la ideología se expresa en terror. El terror es la esencia de dominación en el Estado Totalitario y el principio de toda política totalitaria. El propósito es alcanzar el control y dominación de las conductas, de la diversidad de personas, a través de la práctica implacable de la consecuencia de las suposiciones ideológicas.

El pensar es una facultad mental fundamental y autónoma. Pensar nos impulsa por una sed de saber o a un afán de conocimiento. El juicio es la facultad mental más política de  todas, lo requerimos para orientarnos en un mundo de apariencias caracterizado por la variedad y la diferencia. Actualizar la conciencia mediante el pensar, es estar siempre examinando nuestros actos, opiniones y pensamientos.

Los únicos que no participaron en la dictadura nacional socialista, supieron actualizar el diálogo interior consigo mismos. Eichmann no estaba familiarizado con ejercitar el pensamiento, carecía de la costumbre de pensar y someter lo que hacía a juicio. Pensar libera la facultad de juicio que nos hace distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo. El mal es producto de nuestros actos y solo podernos calificarlo como tal, si lo juzgamos. La banalidad del mal es, la abdicación de la persona de su responsabilidad de confrontar reflexivamente sus propios actos y consecuencias, sometiéndolos  al tribunal de la conciencia.

EL EFECTO LUCIFER: EL PORQUÉ DE LA MALDAD

El Experimento de la Prisión de Stanford, dirigido por el psicólogo Philip Zimbardo, presenta una similitud con los malos tratos de la prisión iraquí de Abu Ghraib. Se distribuyeron roles de reclusos y carceleros en una prisión simulada que acabó siendo muy real. Una de las principales conclusiones del estudio es el poder penetrante de variables situacionales que pueden imponerse a la voluntad y una serie de procesos psicológicos, pueden inducir a obrar mal a una persona buena3.

Maldad es obrar deliberadamente dañando, maltratando, humillando, deshumanizando y destruyendo personas inocentes, o bien, el uso de la autoridad o del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre. Los factores disposicionales nos hablan, que el mal es una entidad inherente a algunas personas y no a otras. Y los factores situacionales,  que todos somos capaces de hacer el mal en acomodo a las circunstancias. Los sistemas de poder crean y conforman condiciones situacionales. Normalmente se cree que los autores de conductas aberrantes son “manzanas ´podridas”, pero, pasan por alto que el  cesto de manzanas puede corromper a quienes se hallan en su interior. El sistema crea jerarquías de dominio, líneas de influencia y de comunicación que van hacia abajo. Si la propaganda transforma a los otros en “el enemigo”, se instruye una imagen deshumanizada y estereotipada del otro como un ser despreciable. Cuando se ha conseguido que la sospecha penetre la opinión pública, provoca que el sensato actúe de una manera irracional. La Teoría de la Desconexión Moral, del psicólogo Albert Bandura, explica, que se puede desconectar la moral mediante tácticas de deshumanización a una posible víctima.

Las prisiones y otros sistemas autoritarios de control, pueden cambiar a quienes caen en sus garras. El poder situacional acaba atrapando y pocos oponen resistencia a la tentación de dominio y poder que ofrece la situación. Los sistemas ponen en marcha situaciones que crean contextos conductuales, que influyen en la actuación de quienes se hallan bajo su control. En el experimento de Stanford, ni carceleros ni reclusos se podían calificar de “manzanas podridas” antes de que cayeran en el “cesto podrido” en el que los colocaron.

Bruno Bettelheim, psicoanalista, empleó el término identificación con el agresor, para explicar la forma en que presos del nazismo interiorizaban el poder de sus opresores. Algunos prisioneros actuaban igual que guardias, maltrataban a otros prisioneros y llevaban puesto el uniforme de guardia. El Experimento de Prisión de Stanford, guarda paralelismo entre los doctores de las Escuadras de Defensa (SS) de Auschwitz y los carceleros del experimento. El Experimento de la Prisión de Stanford tiene como mensaje, que la mayoría de nosotros podernos sufrir transformaciones inimaginables cuando estamos atrapados en una red de fuerzas sociales.

Los roles van asociados a situaciones específicas. Las personas los representan cuando se hayan en esa situación. Los roles suelen pasar a un segundo plano, cuando la persona regresa a su vida normal. La gente puede hacer cosas horribles cuando representa su rol, más si estos tienen unos términos muy estrictos. La consecuencia de representar el papel, disiente entre nuestra conducta y nuestras creencias. La disonancia cognoscitiva crea estados de tensión, que pueden provocar cambios en la conducta o en sus creencias privadas. La disonancia es mayor, cuanto menor es la justificación para estas conductas.

La peor cosa que podemos hacer a otro ser humano es privarlo de su humanidad. Las relaciones humanas se basan en el “Yo-Tú”, pero, las relaciones deshumanizadas en el “Yo-Eso”. La deshumanización facilita actos abusivos y destructivos contra las personas que se cosifican de este modo. El asentimiento suele ocultarse bajo el manto de una ideología  creada por el sistema que está en el poder.

La hostilidad del propio grupo (endogrupo) se canaliza hacia un grupo distinto (exogrupo). El poder social se organiza en círculos concéntricos. El anillo central o interno, es el más poderoso. El “anillo interior” hace que la presión del grupo sea una fuerza social que impulsa a las personas a hacer cosas extrañas, ya que el miedo al rechazo puede paralizar la iniciativa y anular la autonomía personal. El anonimato fomenta la conducta agresiva, más cuando existe autorización para actuar de manera habitualmente prohibida. Las investigaciones del psicólogo Stanley Milgram con respecto a la “obediencia ciega a la autoridad” nos dicen, que todo el mundo puede ser totalmente obediente a las presiones de la autoridad. Del mismo modo todo el mundo puede resistirse, esta diferencia estriba en las variables situacionales. Las características de la situación crean un papel fundamental en la obediencia a la autoridad.

Cualquiera puede desconectarse moralmente de cualquier conducta destructiva o malvada si hay una deshumanización de la víctima, si se minimizan las consecuencias negativas de su conducta, si se disipa la responsabilidad personal, si se emplean eufemismo para dar una imagen aséptica a los actos crueles, si hay comparaciones favorables de rectitud de nuestra conducta contrastada con la “conducta malvada” de nuestros enemigos, si se crean justificaciones morales para nuestros actos y se redefine nuestra conducta dañina como honorable. La tortura y malos tratos de Abu Ghraib fue un ejercicio de poder para demostrar el control absoluto sobre los cautivos. El sistema, desde Bush hasta los niveles inferiores de la cadena de mando, estableció las bases para los malos tratos.

El heroísmo está ligado a la cultura y a la época, los actos de un héroe forman parte de una cultura. Las concepciones de heroísmo destacan un riesgo físico, una nobleza de propósito y actos no violentos de sacrificio personal. Los héroes corren riesgos físicos y sociales. El héroe debe encarnar una mezcla de nobleza deliberada y sacrificio en potencia. Un acto considerado heroico debe hacerse voluntariamente, debe suponer algún riesgo o sacrificio personal, se debe realizar al servicio de una o más personas o una comunidad y no se debe haber previsto ningún beneficio. Las clases de héroes son el militar, el civil y el social.

Zimbardo cree que las personas que realizan actos heroicos son personas totalmente normales y corrientes. La patología o la bondad, las dos condiciones surgen en unas situaciones y en momentos determinados. El heroísmo es la capacidad de resistir a fuerzas situacionales que atrapan a tanta gente con tanta facilidad. Miles de personas ordinarias toman la decisión de actuar con heroísmo cuando se encuentran en circunstancias especiales. Todos tenemos la capacidad de ser héroes.

EL EFECTO LUCIFER EN EL SALVADOR

Los antisociales son producto, entre muchos otros factores, de décadas de abandono estatal y negligencia gubernamental en enormes espacios ciudadanos a  quienes han mantenido “marginados” y “excluidos”. Estas condiciones del entorno social han hecho que miembros de la sociedad se sientan ignorados, que nadie reconoce su singularidad, lo que ha contribuido a transformarlos en vándalos y asesinos.  La costumbre ha sido tratarlos como “indigentes” y no como personas. Y esa sensación de carecer de identidad ha convergido en la manifestación de  conductas anti gregarias. “Por décadas, dice Marcos Willians Herbas Camacho, alias “Marcola”, líder de la organización criminal brasileña Primer Comando de la Capital, fui pobre e invisible, ustedes nunca me vieron durante mucho tiempo. El gobierno nunca reservó algún presupuesto para nosotros, nomás éramos noticia en los derrumbes de las favelas en los cerros…”4.

Las condiciones adversas en que viven muchos salvadoreños, escribe el abogado Jubal Manzanares, fomentan  desigualdad, empobrecimiento y concentración de la riqueza en pocas manos. Las condiciones en que la nación salvadoreña se ha desarrollado, no permite a la gente buena seguir siendo buena. La gente buena vive en un entorno malvado. De esta manera, ante acciones atroces vinculadas a maras o pandillas, la gente buena clama por medidas inhumanas como fusilarlos, quemarlos vivos, lincharlos, exterminarlos, etc5. Y a pesar que desde el dos mil nueve la “política social” del gobierno aspira incluir a las poblaciones “marginadas” y “excluidas”, generaciones de salvadoreños se están desarrollando en un ambiente catalizador para el “mal social”. Esto porque  el cesto de manzana corrompe a quienes se hayan en su interior.

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