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miércoles , 22 noviembre 2017
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La agenda oculta: sociología de la mentira (3)

@renemartinezpi
renemartezpi@yahoo.com*

Cuando el juicio valorativo sobre el talante verdadero o falso de la agenda oculta se asienta, recipe ontológicamente, sobre formas subjetivas como un sentimiento (sano o insano, pues a veces un fuerte sentimiento por otro –como la amistad- puede ser una cosa o la otra y puede llevarnos a convertirnos en cómplice del “amigo” y, así, en cómplice de la injusticia), y deja a un lado las formas ontológicamente objetivas cuya existencia le dan cuerpo a la verdad, sin las cuales no se puede materializar la lógica de la relación dialéctica entre lo que visible y lo invisible, entre lo audible y lo inaudible, lo cual es muy común hasta en las relaciones familiares.

En ese sentido, difícilmente podríamos asirnos a una concepción de la mentira en la que ésta aparezca circunscrita al acto intencional de mentir sólo porque sí; o de la mentira que no es un hecho particular, sino que es un hecho social e intencional (un acto de hegemonía deliberado) en el que se manifiesta “un decir algo” que es distinto a lo que se pretende o a lo que se piensa. De ello se deduce que por razones estructurales es imposible determinar que alguien nos ha mentido, aun cuando sea posible determinar que no ha dicho la verdad, lo cual es distinto pero es igual. El mentiroso –individual o colectivo que se presenta como “vocero” de los otros, sin serlo- siempre se podrá acoger al esquivo y lacerante argumento de la falta de intencionalidad perversa de la mentira, y así la mentira se transmuta en un simple error, en una falta perdonable o en una simple travesura, y sus víctimas se transmutan en “no-víctimas” y así se les vuelve a victimizar sin que lo sepan. Al respecto recordemos las falsedades materiales e ideológicas cometidas –como la recolección de firmas para una cosa y su posterior uso para otra, de lo cual hay muchos ejemplos- y los crímenes de lesa humanidad que pretenden ser “lavados” por los victimarios –o sus familias- con fundaciones culturales o filantrópicas.

Muy fácil para el mentiroso profesional, demasiado fácil para ese mentiroso que sabe que no necesita hablar para mentir, del mismo modo en que no se necesita militar en un partido de derecha para ser derechista. Por los pasillos de la nación y los de la universidad pública deambulan muchos, pongamos por caso, con la camiseta del Che Guevara o de los Zapatistas cuyo imaginario es el Hitler o el de D,Aubuison.

Frente al mentiroso que quiere mentir –escondiendo su agenda oculta en el vaho distractor de su personalidad superficial y de plástico- hay que hablar de la mentira espontánea, ese mentir crónico que se le escapa al manipulador porque es el único recurso que tiene para construir hegemonía o para fabricar correlaciones de fuerza favorables. Y, también, hay que hablar de las mentiras colectivas que nos indican cuál es el sentido y valor de aquello que sucede en el vecindario de la cotidianidad (conocido como historia patria, la que no es más que un relato ficticio que nos afirma, por ejemplo, que el himno nacional ocupa el tercer lugar sin haberse realizado jamás un concurso), esas mentiras que la burguesía –a través de los doctores en historia que ha comprado- ha construido para alienar y dominar al pueblo a su antojo, pero que la gente las cree para darle un sentido poético a la miseria en la que vive. En eso consiste la historia patria y su memoria de corto alcance que desemboca en la “no-identidad” del salvadoreño.

Mentimos, en un sentido profundo y sociológico, no tanto como respuesta a una intencionalidad previa fielmente diseñada, sino por mera necesidad de perversión social y por la urgencia de un refugio en el que se pueda habitar. Frente al querer mentir, o quizás junto a ella o dentro de ella, siempre está presente un “se miente por intereses de clase” (propios o ajenos) y en ese “mentirnos por eso”, en las formas tan diversas que podamos usar impunemente, hallamos la seguridad social que necesita nuestra inseguridad individual y nuestra agenda oculta; hallamos o colonizamos un territorio que empezamos a conocer y que hay que proteger; y esta necesidad de refugio recorre lo social en sus diferentes dimensiones, desde el niño que se adentra en la madurez empezando a gestionar correctamente la mentira y el premio oportuno que conlleva, hasta el científico blanco -transmutado en guardaespaldas teórico de la burguesía- que protege con su vida (o con su dignidad, lo cual termina siendo lo mismo) aquello que se dice e investiga en el interior de una ciencia social para favorecer al victimario y que siempre está ante el peligro de otras formas revolucionarias de decir, de concebir y de practicar la realidad desde la perspectiva de las víctimas.

A modo de ejemplo de la agenda oculta (esta vez desde la perspectiva positiva), podemos recurrir a la entrañable película “La vida es bella”, en la que Guido (el padre de un niño judío –interpretado por Roberto Benigni- que es mandado con toda su familia a un campo de concentración nazi, en 1939) hace lo imposible para hacer creer a su hijo que la terrible situación que están padeciendo es tan sólo un juego.

El personaje de Benigni es simplemente fascinante porque, para evadir el sufrimiento y la agonía, recurre a la mentira piadosa, a la agenda oculta (que los otros personajes asumen como propia para montar el escenario completo) que dibuja la realidad tal como él quiere que sea vista por su hijo. ¿Por qué? Esa mentira tan trabajosa y trabajada, esa simulación fantástica de lo real tiene una explicación causal que está ligada al amor por el otro.

Así, sobre la inevitable presencia de la agenda oculta en los hilos que tejen las formas y significados que va adquiriendo lo social en las relaciones cotidianas (desde las relaciones familiares hasta las relaciones políticas), nos topamos con la omisión sociológica y con el sub-registro del imaginario colectivo, con su silencio cómplice ante esta dimensión constitutiva de lo social. Independientemente de las razones ideológicas de ese silencio, su omisión o sub-registro nos remite a un constructo cultural, a una acción hegemónica que maneja a voluntad lo invisible y lo inaudible para no denunciar su agenda oculta y para no poner en evidencia la realidad construida con mentiras más allá -o más acá- de la realidad concreta y sus elementos constitutivos.

*René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, UES

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