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martes , 26 septiembre 2017
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HONRAR LA LENGUA, CONOCER LA LENGUA, Y HABLARLA BIEN

Eduardo Badía Serra

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua

 

La Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española, cumpliendo con sus fines y objetivos, entre los que se encuentran mantener el idioma castellano en su tradicional pureza, fomentar la literatura nacional, comentar, defender e incrementar nuestro patrimonio cultural, etc., se encuentra desarrollando, dentro de su plan de trabajo del presente año,  algunos programas como “Honrar la Lengua”, “Conocer la Lengua”, y “Hablemos Bien”.  Diario Co Latino, en su magnífico Suplemento 3000 de los sábados, nos apoya permitiendo la difusión de este Portal, con el que podemos llegar a miles de personas difundiendo nuestras actividades.

Conocer nuestra lengua, hablarla y escribirla bien, y honrarla, es más bien una obligación  constitucional de todo salvadoreño. Nuestra Constitución Política establece ya en su Artículo 62, que “El idioma oficial de El Salvador es el castellano. El Gobierno está obligado a velar por su conservación y enseñanza”. La lengua, como medio de comunicación, es exclusiva de los seres humanos, y es fundamental para el desarrollo de la vida en sociedad. Cada lengua guarda elementos esenciales de la cultura de quienes la practican, y se constituye en un elemento fundamental en la defensa y el desarrollo de dicha cultura. Bien decía bellamente Unamuno, ese viejo inmenso y complicado del “Hombre de carne y hueso” y  “Del sentimiento trágico de la vida”: “Escudriñad la lengua; hay en ella, bajo presión de atmósferas seculares, el sedimento de siglos del espíritu colectivo”. Hay en esa expresión de Unamuno, un profundo y recto mensaje sobre el que debemos reflexionar razonadamente, porque los pueblos que niegan su lengua, niegan de alguna manera su cultura y niegan también de alguna manera su propia identidad, volviéndose así propensos a los procesos transculturantes, e incluso, aculturantes, tan en boga hoy en día. La lengua es parte de nuestros valores, es parte del hacer concreto de los salvadoreños viviendo en sociedad. Negarla es peligroso, y mediatizarla ante el intento de otras culturas de negarnos en nuestra individualidad colectiva, es mas peligroso aun. Decía Ortega y Gasset, que “los pueblos que invierten sus valores se vuelven hombres perversos”. Pues bien, negar la lengua es precisamente invertir uno de nuestros valores más preciados, es pervertirnos como pueblo.

El español es la segunda lengua del mundo. Casi seiscientos millones de personas lo hablan como su primera lengua. Es una lengua además de una bella expresión, culta y cálida. ¡Cuánta belleza hemos gozado al leer las obras de sus grandes cultores, como Menéndez y  Pelayo, Pérez Galdós, Valle Inclán, el mismo Unamuno, y tantos otros. Nosotros, en El Salvador, hemos tenido también grandes cultores de la lengua, cuyas expresiones, rigurosas y finas, se han concretado en obras de gran valor. Hablo de Masferrer, de Hugo Lindo, de González Montalvo, de Rodríguez Ruiz, de Ambrogi, de Salarrué, del sabio Barberena, de Claudia Lars, de María de Baratta….. No es posible nombrarlos a todos porque son tantos y de tan gran valor……. Darío, el bardo de León y del mundo, supo identificar en nosotros los salvadoreños, ese preciado don del buen culto a la lengua. Hablando de don Francisco Esteban Galindo, nuestro dulce y delicado poeta, político honesto además, dramaturgo, pedagogo y brillante orador, decía Darío:

Por el que hecha rosas de oro

cuando dice sus palabras.

Por ti, Galindo, que labras

tu pensamiento sonoro.

Y hay uno, como el que más, que fue ejemplo y mentor del bardo nicaragüense. Hablo aquí de don Francisco Gavidia, sonoro y magnífico, estupendo, único en América. Tanto nos dejó Gavidia que sólo estudiar su obra sería misión de grandes y de privilegiados. En su Oda a la Bandera, cuyo mensaje se puede reproducir ahora con completa actualidad, nos dice, brava y bellamente:

¡Oh, Patria! ¡Oh, Centroamérica!

Necesitáis con vuestras propias manos

levantar vuestra lápida mortuoria

que gravita en la tierra como un monte,

e interrogar después el horizonte

para encontrar el rumbo de la gloria.

El español es nuestra lengua. Defenderla, mantenerla en su pureza, difundirla, es nuestra obligación como ciudadanos. ¡Cuidado con los extranjerismos excesivos! Porque si una segunda lengua hubiéramos de gustar, esa sería nuestro nahuat orgulloso y soberbio, la lengua de nuestros tlamantinime. También lo dice nuestra Constitución: “Las lenguas autóctonas forman parte del patrimonio cultural, y serán objeto de preservación, difusión y respeto”.

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