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domingo , 22 octubre 2017
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Hay que impedir que el mundo de los desamparados crezca (1)

Víctor Corcoba Herrero*

Precisamente, store en este mes de febrero (el día veinte) celebramos el Día Mundial de la Justicia Social, y esto debiera ser motivo para recapacitar sobre la creciente desigualdad que nos gobierna. Es el principal desabrigo. Unos lo tienen todo y otros no tienen nada. ¿Para qué queremos, pues, tantas instituciones y para qué tantas políticas formuladas?.

Las tragedias se han vuelto cotidianas en nuestro diario de vida. Multitud de personas migrantes mueren totalmente rechazadas. El drama migratorio se ha convertido en un episodio verdaderamente cruel. Para muchos seres humanos la desesperación es tan fuerte, que no importa levantar muros y alambradas, cualquier espacio abierto a la esperanza, ya sea por mar, aire o tierra, les hace emprender una difícil aventura, arriesgando hasta su propia vida.

Les da igual morir, huyen descorazonadamente en busca de otro horizonte más compasivo que no siempre encuentran, porque realmente esta conciencia de mundo aún no se ha instalado en la cultura humana. Por consiguiente, las restricciones de frontera a esa movilidad innata, tienen poco sentido en un planeta globalizado.

A mi juicio, tampoco se trata de poner cuotas a las olas migratorias, cada vez más frecuentes y complejas, sino de abrirse a su asistencia y de colaborar, unos y otros, a que deje de producirse el aislamiento. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a sobreponernos a la adversidad y de tener una vida mejor.

De ahí la importancia de impedir que el mundo de los desamparados crezca, deambulen por las calles sin una mano tendida, porque naturalmente no son las divisiones las que ponen en peligro la convivencia, sino las legiones de marginados totalmente en abandono, los que pueden dar al traste con la institucionalidad democrática, si sus necesidades mínimas no son atendidas.

Indudablemente, no son sociedades éticamente humanas, propias de un estado social y democrático de derecho,  cuando la opulencia de unos pocos contrasta con la indigencia de la mayoría. Sin duda, hay que dar amparo a todo este desamparo, que se produce de hecho a causa del incumplimiento, o del inadecuado ejercicio de los deberes y derechos humanos.

El día que la población más desfavorecida halle verdadera justicia social en su hábitat, estoy convencido que esta movilización de masas se reducirá, y tendremos un mundo más estable, y desde luego, más equitativo y seguro. El aumento significativo del desempleo, el menoscabo de perspectivas de subsistencia, la falta de acceso a una protección social de mínimos, hace que la integración sea algo imposible.

Precisamente, en este mes de febrero (el día veinte) celebramos el día mundial de la justicia social, y esto debiera ser motivo para recapacitar sobre la creciente desigualdad que nos gobierna. Es el principal desabrigo. Unos lo tienen todo y otros no tienen nada. ¿Para qué queremos, pues, tantas instituciones y para qué tantas políticas formuladas?.

Estudios recientes hablan de un debilitamiento de la protección social y de un empeoramiento de los servicios públicos, mientras asistimos desalentados a tanta crueldad vertida.

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