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miércoles , 13 diciembre 2017
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El género neutro de lo futuro

El género neutro de lo futuro

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo

Méxicorafael.laramartinez@nmt.edu

Desde Comala siempre…
Todo profesor de español elemental sabe que desde la primera lección —al explicar el artículo definido— debe comentar la existencia del género neutro.  Antes de identificar un objeto, pregunta «¿qué es esto/eso/aquello?».  Como el OVNI —objeto volador no identificado— el género de una cosa a definir por su nombre resulta un acto posterior a la encuesta.  Si el idioma cataloga la materia, no puede atribuirle rangos precisos antes de bautizarla.  Lo neutro expresa la imposibilidad de predecir la dicotomía que, por convención cultural, el sustantivo castellano le impone a los cuerpos más anodinos.
En verdad, si la oposición tío y tía resulta sensata, la de puerta y puerto, sólo la explica la diferencia de entrar a una casa o a una costa.  Se inicia un uso que de la simple flexión raya en la derivación.  El presunto género engendra nuevos términos o palabras cuya relación a lo natural —a lo puramente sexual— deja de percibirse como tal.  La lengua ya no calca el mundo, sino su arbitrariedad social crea un universo de objetos autónomos a lo físico.
Tal sería el caso de suelo y suela, el de leño y leña o el de manzano y manzana.  No en vano, los juegos infantiles de palabras insisten en esos caprichos al asegurar que si el manzano (apple tree) produce manzanas (apples), mi tío concibe tías.  La lengua se aparta de toda lógica referencial para generar su propio espacio de entidades en palabreo.  Así el género se despoja de un arraigo certero en lo real y remite a lo social.  Como en el ejemplo borgeano que desata la carcajada alucinante de Michel Foucault, —en Las palabras y las cosas (1966)— los sustantivos clasifican los entes según una intersubjetividad cultural (Otras inquisiciones, 1962).  A menudo esta pre-ocupación social se naturaliza hasta volverse institución política, ya que «naturalizar(se)» significa «nacionalizar(se)».
Bastan dos ejemplos de lingüística elemental.  Si existen lenguas que prefieren la materia —piedra, madera, textil, etc.— o la forma —largo, ancho, voluminoso— otras instituyen obsesiones que catalogan a los habitantes de sus comarcas según el color —blanco, negro, cobrizo, amarillo, etc.  Pero esta coherencia elude archivar las frutas por el mismo criterio, en contradicción flagrante a su escala evolutiva (personas entrevistadas en Coronado Mall (Albuquerque, NM) sólo reconocen lo absurdo del tono al enunciarles lo dispar entre la raza humana y lo vegetal).  Mientras por criterios ancestrales el material o el volumen ordena la naturaleza según varias lenguas, por designio contrapuesto el género y el color se juzgan más adecuados.  A cada mundo posible o efectivo su lógica idiomática particular, la cual se imagina en calco directo de lo real.
En esta esfera, la ciencia y el mito no se excluyen, sino complementan su enfoque por un trayecto paralelo que tal vez sólo se juntará al final de los tiempos.  Entretanto conviven en conflicto romántico.  Coexisten en un mismo territorio sin que los logros del primer ámbito se traduzcan en una racionalización inmediata.  Las instituciones culturales que enmarcan la investigación positiva aún no se transforman de lleno, ya que aplican postulados caducos.  De lo contrario,  el formulario convencional de filiación racial aboliría el simplismo —lo obvio y lo sensible— por la complejidad de lo inteligible, el ADN y el genoma.  La sofisticación científica por buscar la ascendencia latente bajo la superficie de los cuerpos coloreados —mango verde y manila, manzana amarilla y roja en conflicto racial; tomate, cereza y fresa en amorío político candente— sólo la populariza el comercio.  El examen del origen más allá de lo visual —verdad de la institución administrativa sin debate— sólo lo refuta el negocio de una ciencia aplicada al servicio del cliente (ancestrydna/myheritage.com).
Este mismo capricho lo expresan los países hispanohablantes al excluir el género neutro —lo, ello— de la esfera de lo político.  «Género: masculino o femenino», preguntan los formularios usuales: «él o ella sin ello».  Pese a que el neutro no lo formula el sustantivo, existe en resabio pronominal (ello, nada), demostrativo (esto…), artículo (lo) y cuantificador (poco, mucho) que refiere lo inanimado,  genérico e indeterminado.   Por su cualidad de nominalizar adjetivos —»lo normal/normativo es…»— y oraciones completas —»lo que sucede en las elecciones…»—  a veces se juzga como pronombre.  Sería un pro-nombre sin nombre, a la espera de sustantivos en respaldo.  Siempre dentro de la gramática elemental, en esa indeterminación cabe responder a enunciados u oraciones: «la asamblea decreta la ley…», ¿qué piensas de eso/ello?».
La cuestión se complica al otorgarle un apelativo a lo indeterminado, esto es, a lo desconocido.  Lo prudente le atribuye un término acreditado que, fácilmente, lo asimila a la cultura receptora: «las Indias Occidentales».  Se trata de evitar toda contingencia que enturbie el orden establecido.  De esta manera, se eliminaría la casualidad hasta adaptarla enteramente a la necesidad social.  La certeza absoluta sucede en el momento en que ya no existe el azar ni lo aleatorio de eventos naturales ni políticos que suspendan el designio de la voluntad (will) humana.  Todo se hallaría bajo el control definitivo de ese arbitrio supremo: huracanes, terremotos, elecciones, violencia social y guerras.  Incluso lo inanimado (it…) adquiere un albedrío efectivo (it will…) que ahora, por imperativo tajante, prosigue el propósito humano de una esperanza en indicativo (I hope…).
Tal sería la utopía tecnológica de la potestad soberana sobre el mundo, refutada por el acaecer actual que hace del azar un elemento de disturbio al orden soñado.  A la simetría ideal de la ciencia y de la política.  Al reconocer su valor, lo neutro resurge a flor de tierra.  Brota desde el encierro milenario que le depara la ilusión vuelta inquietud constante.  El fallo de la omnisciencia — la predeterminación directa de la última instancia— provoca el retoño de lo ambiguo.  El desasosiego intensifica otro modo de transcribir el anhelo y la esperanza.  Al ritmo de boleros y trova —»quien será…»; «ojalá…»; «espero/deseo…»— lo subjuntivo cobra vigencia.  Lo actualiza la duda ante varios mundos posibles ahora abolidos.  Truncados en el desastre de lo incompleto y lo frustrado.  A menudo lo potencial queda en quimera polvorienta de la razón proscrita.
En este instante de lo marchito, resurge lo neutro en su relatividad genérica.  Dispuesto a abolir la dicotomía nominal del cenit hegemónico y del nadir subalterno.  Del sol y de la luna.  Lo ambiguo esgrime la ley de sus transformaciones cotidianas.  El amanecer y el atardecer de su apogeo.  En el lugar de la mudanza, se urge ese rotar diario de los planetas que invade el mundo de luz y de tinieblas.  Lo adusto y la lluvia en alternancia de las temporadas anuales.  En días claves —3 de mayo y 2 de noviembre— lo neutro anuncia el alba femenina y el ocaso masculino.  La incertidumbre del cambio cíclico embarga el mundo.  Secuestra lo humano re-volucionario.  Los rituales de retoño y otoño suscitan lo ambiguo que provoca el tiempo en su transcurso cíclico de las lluvias, a veces torrenciales, hacia las sequías pajizas.
Que esta duda siempre se mantendrá viva lo certifica el paso perdurable del tiempo.  El giro de los astros y la distensión del alma hacia la expectativa por venir.  Lo indefinido prevalece en ese movimiento incesante que ninguna utopía terrestre logrará detener sin apelar a la Muerte.  Al arresto del tiempo y al fin de la historia.  Cual futuro en subjuntivo —siempre ignoto y aciago— su sustento yace bajo ese gozne del presente en espera instantánea del mañana.  En la ambigüedad perenne de lo genérico, persisto en vivir.  Aun si «Funes el Memorioso» me inculque el olvido de toda conversión versátil de los opuestos.
Por todo ello —sin optimismo profético ni pesimismo apocalíptico— ante la pregunta «¿qué es esto que vemos y vivimos?».  Sencillamente respondo «es el preludio y la antesala de lo futuro».  No existe la dicotomía entre lo masculino y lo femenino sin la relatividad de lo neutro.  Acaso el doble enlace ineluctable que suelda la oposición al levante y al poniente de todo ensueño realista.
Masculino Femenino\        é            ê        / \  ê é    / Neutro

 

 

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