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lunes , 18 diciembre 2017
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Fortalecer la política y lo político para el cambio

Oscar A. Fernández O

Oscar A. Fernández O

Oscar A. Fernández O.

Una de las manifestaciones sociales de mayor repercusión en el vida humana desde hace mucho tiempo es la política. Como expresión creada por el accionar de la sociedad es de gran complejidad y, troche en cierto sentido, sovaldi oscura para muchas personas, lo cual provoca un sentimiento de rechazo. La descalificación de lo político es un fenómeno universal, hoy intensificado por el discurso neoliberal y el debilitamiento del Estado.

Sin embargo, la realidad es distinta, pues la política tiene que ver con la vida de todos los seres humanos desde que surge, y se involucra en los más simples actos de la cotidianeidad ciudadana. Tiene que ver con el gigantesco y turbulento cambio del sistema productivo, de los valores y las pautas de conducta de la sociedad y de la organización y naturaleza del Estado, que en algunos países como El Salvador es prácticamente insuficiente.

En este nuevo escenario, la intermediación de los partidos políticos tradicionales burgueses  -el monopolio de la intermediación – se ha desnaturalizado y está comprometida. Cada vez más los partidos tradicionales son vistos por la población como muros que se interponen entre el Estado y los pueblos, antes que como puentes que los ponen en contacto con las instituciones. Crece más la sensación de que la única preocupación de los partidos tradicionales son las cuotas de poder, antes que pensar en el pueblo y sus necesidades, como si toda la atención estuviera en cómo llegar al poder, antes que preguntarse para qué. En consecuencia, la sociedad se aleja de los partidos políticos y busca de distintas maneras, cómo tener la atención del Estado.

Sin embargo y a pesar de los intentos del discurso posmoderno de despolitizar la cualidad política de las sociedades, éstas innegablemente se transforman haciendo política y los Gobiernos más allá de sus resultados fiscales y sus tasas de crecimiento, deberían ser recordados por las mejoras de vida que lograron para sus pueblos.

Debemos conseguir que la política comience entonces a recuperar el papel que tiene en la vida social: deliberar acerca del tipo de sociedad en que queremos vivir. La despolitización opera en el plano de las instituciones y en las más llanas “creencias populares” del sentido común y el pensamiento religioso fanático. Estas perspectivas reaccionarias que niegan la construcción histórica de lo político, obedecen a desviar la atención central y los cuestionamientos básicos de que el ser humano se asuma como un ser político capaz de cambiar su propia historia.

Todo esto constituye, sin embargo, un desafío para los políticos conservadores que, hasta ahora, se congratulan como enemigos de ese derecho histórico de los pueblos. La ética de la política global, cuya estrategia de despolitización está en desarrollo, es una ética del capitalismo más feroz y engañoso, es una ética global, una política de clase, que no conoce límites más que los que delimitan los intereses del capital y de las clases dominantes, que recurren a todo tipo de recursos, incluyendo la violencia y la conspiración, para conseguir sus objetivos.

La democracia en El Salvador está constantemente amenazada por la peligrosa pérdida de representatividad e ilegitimidad de los partidos tradicionales y conversadores. En este sentido, los defectos habituales de la política en nuestro país, el clientelismo, el incumplimiento de las promesas electorales, la falta de consistencia ideológica, la corrupción y la infiltración del poderoso crimen organizado, se ciernen como un fuerte remolino sobre las ya desgastadas instituciones del Estado, que el actual gobierno del FMLN lucha para reestructurarlas, en medio de una ofensiva oligárquica contra-revolucionaria, que implica actos de sedición económica y de otros aspectos relacionados al bloqueo de la justicia social.

La magnitud y la gravedad de la percepción que la población tiene de la decadencia del sistema político, es verdaderamente alarmante. Pero debe de subrayarse que la corrupción en los partidos políticos tradicionales es particularmente grave porque corrompe las propias instituciones creadas para combatir el crimen. Si funcionarios electos o nombrados: diputados, alcaldes, fiscales, magistrados, jueces y policías son corruptos, la sociedad está indefensa e inerme. Esta corrupción se convierte en un factor de atraso económico y social, de conflictos sociales graves y de inestabilidad política. Y, como ya hemos visto, la ciudadanía tiene una idea muy precisa de lo que está pasando.

Por ello, la necesidad de cambiar este viciado orden jurídico y político no está en discusión en el seno de la izquierda revolucionaria, pues se observa un razonable consenso en ello, correspondiente al llamado rediseño del Estado y consolidación del poder popular, lo cual implica necesariamente el reemplazo primero, del fracasado modelo de “libre mercado” y su marco económico, el neoliberalismo, de la oligarquía burguesa como clase dominante y la sustitución del Estado burgués por un Estado popular democrático. No es éste, por tanto, el punto de discusión. La especificidad de la vía salvadoreña hacia tal cambio histórico, como un proceso complejo y de largo plazo, estaría en que la toma del poder no precede, sino que sigue a la transformación de la sociedad; en otras palabras, es la modificación de la infraestructura social lo que, alterando la correlación de fuerzas, impone y hace posible la modificación de la superestructura, sin necesidad quizás de recurrir a la violencia. Para ello es menester que la organización y la lucha social, con la clase trabajadora a la cabeza, desmonte las pretensiones sediciosas y fascistas de los oligarcas y los cabecillas de la ANEP y apoyen los esfuerzos del gobierno por la construcción de un Estado social.

En el Prólogo al Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx parafraseaba a Hegel diciendo que la historia siempre se repite dos veces, añadiendo la observación de que la primera lo hace como tragedia y la segunda como comedia. ¿Tenemos suficiente sabiduría para evitar que las tragedias de este pueblo se vuelvan a repetir en este siglo XXI que tan complicado se nos presenta? ¿Sabremos reconducir el sombrío desarrollo de los acontecimientos históricos?

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