Familiares y amigos de las víctimas de la masacre de la quebrada El Huiscoyol, ocurrida en las cercanías del municipio de Suchitoto el 5 de abril de 1984, a manos del ejército, participan en una vigilia frente a ataúdes que contienen sus restos luego de ser exhumados y entregados a la comunidad.
Summer Harlow
Candelario Antonio Flamenco tenía 15 años cuando vio al ejército matar y después quemar a su mamá. Él huyó y se escondió entre los arbustos por tres días, con la esperanza de que su hermana mayor quedara viva.
Cuando salió, se encontró con un familiar que le dijo que no solamente su hermana, sino también sus sobrinos, tíos y primos habían sido asesinados y después enterrados en una fosa común, por el ejército.
Flamenco dijo que no pudo darle cristiana sepultura a su madre porque solo quedaron cenizas. No obstante, siente paz en su corazón porque al fin enterró a su hermana y a sus familiares asesinados el 5 de abril de 1984, en el Cantón San Cristóbal, municipio de Suchitoto, departamento de Cuscatlán.
“Me siento contento”, afirmó Flamenco, durante la misa en honor a las 18 víctimas de la masacre perpetrada por la Fuerza Armada.
La exhumación de las víctimas fue organizada por el Centro para la Promoción de los Derechos Humanos Madeleine Lagadec, empezó el 14 de septiembre de 2011 y terminó a finales de octubre del mismo año.
Según Marco Antonio Silva, Odontólogo del Instituto de Medicina Legal, las victimas de la masacre fueron seis adultos, la mayoría mujeres alrededor de 60 años, y 12 niños desde recien nacidos hasta 14 años.
“También encontramos cosas de niños de 10 o 12 años: anzuelos, cositas para hacer una red para pescar”, afirmó Silva.
Cada año, el Centro para la Promoción de los Derechos Humanos Madeleine Lagadec participa en la exhumación de personas asesinadas durante el conflicto armado, según Elí Jeremías Hernández, técnico social de la organización.
Hernández calculó que el Centro de Promoción de Derechos Humanos ha exhumado alrededor de 700 personas desde 1994.
Durante la exhumación, en el cantón San Cristóbal, el técnico afirmó que encontraron los restos de una persona que no fue identificada. Hernández añadió que el clima y la zona de la exhumación impidieron conocer la identidad de la víctima, ya que no había esqueletos completos.
Para María Angélica Escobar, de 45 años, la misa, vigilia, y entierro para su madre y cinco hermanos asesinados en la masacre de San Cristóbal, fue algo que ha estado esperando 28 años. “Me siento muy alegre y satisfecha. Gracias a personal de derechos humanos y gracias a nuestro gobierno para poder sacar a estas víctimas que estaban ya hace tiempo, abandonadas”, expresó.
Como 15 días antes de que empezara la exhumación el año pasado, Escobar soñó con su madre. “Me dijo que es ‘bien bonito donde vivo, hay un gran pueblo iluminado. Cuida a tu papá. Yo tengo estos chiquitos aquí conmigo’. Ahora siento bien, como un descanso, que ya no estaban abandonados”.
Andrés Antonio Romero Santamaría, de 67 años, admitió que comprende las emociones que manifiestan Escobar, Flamenco, y los otros familiares en la misa y el entierro.
Él asistió a la sepultura de su esposa y cuatro hijos después de que ellos fueron exhumados en 2001. A pesar de que no tenía familiares victimas en la masacre de 5 de abril, él participó en la vigilia y entierro, para brindar su apoyo. “Me siento comprometido, porque padecemos todos”, dijo.
El sábado, cuando las 14 cajitas con los restos de las víctimas fueron enterradas en el cementerio de Suchitoto, Flamenco dio la gracias por la oportunidad de despedir a sus familiares, y por fin, tener un lugar para recordarlos.
Pero como Carolina Constanza, directora del Centro para la Promoción de los Derechos Humanos Madeleine Lagadec, explicó, la misa, vigilia, y entierro no significan una misión cumplida. “Hoy se ha puesto a la luz pública y esperamos que no se quede en el olvido… No es solo esta masacre… en El Salvador hay tantas masacres que están en el olvido”. Por eso ella dijo, “seguimos en la lucha” por “una reparación y una sanción para los responsables”.



