Familiares y amigos ofrecen una plegaria en la iglesia El Rosario, por los asesinados por el ejército el 29 de octubre de 1979 y que fueron sepultados en la Iglesia El Rosario.
Zoraya Urbina
Redacción Diario Co Latino
La iglesia El Rosario, de San Salvador, guarda en sus entrañas, los cuerpos de 21 miembros de la otrara Ligas Populares 28 de Febrero (LP 28) masacrados por el ejército salvadoreño el 29 de octubre de 1979, quienes fueron recordados este domingo en un acto conmemorativo.
“En total fueron 86 los que mató el ejército ese día, pero sólo pudieron enterrarse a 21 acá”, explica Alba Marisol Galindo, quien era dirigente de las LP28. Recuerda que tras el Golpe Militar del 15 de octubre de ese año, que protagonizó la juventud militar, algunas
organizaciones se tomaron algunos municipios como Mejicanos,
Cuscatancingo, San Marcos, para denunciar las injusticias y llamar la atención de las nuevas autoridades.
El 15 de ese mes, militares jóvenes entre ellos, Adolfo Majano y de los sector tradicional del ejército, a quienes representaba Jaime Abdul Gutiérrez, dieron un golpe Estado al gobierno de Carlos Humberto Romero, quien en 1977 había ganado la primera magistratura del país de manera amañada.
“Pero lo que hubo fue una represión y a partir de ahí se vienen más actividades, que eran reprimidas, entonces, ese día se hace una marcha, que también es reprimida, y se viene un gran conflicto en el centro de San Salvador”, dice. Los cuerpos de seguridad de la época atacaron a los manifestantes, algunos resultaron heridos, otros fallecieron.
“Recuerde que en aquellos años, la vida transcurría en San Salvador, el comercio, las actividades sociales, culturales, todo se hacía aquí, no había ese problema que hay ahora, que a la gente le da miedo venir a San Salvador”, añade.
La mayoría corrió a refugiarse en la iglesia, que al igual que la Catedral
Metropolitana, estaba tomada. “No sé ni cómo, pero nos saltamos la barda de la iglesia”, recuerda Alícita Martínez, hermana de José Isidro Martínez Ulloa, una de las 86 víctimas.
Originarios de Osicala, en Morazán, viajaron a San Salvador para unirse a las protestas y manifestaciones para denunciar los actos arbitrarios de las autoridades, las injusticias y las pocas oportunidades que tenían. José Isidro venía con su compañera de vida, quien estaba embarazada.
Francisca Martínez, madre de José y de Alicita, dice que su segundo hijo tenía 25 años cuando murió. “Después que unos se refugiaron en la iglesia y metían a los heridos y a los caídos, el ejército no dejó que fueran a enterrarlos y por eso quedaron aquí”, indica. Los periódicos de la época registraron la masacre, refiriéndose a esta como «muertos y heridos en incidentes callejeros», solamente este vespertino destacó el hecho en su portada, el que calificó de «trágico enfrentamiento».
De igual manera, el semanario católico «Orientación» cuestionó al Gobierno: «no entendemos cómo aún se siguen utilizando medios desproporcionados para dispersar manifestaciones convocadas por organizaciones populares».
Testimonios de testigos sugieren que en el grupo que entró a refugiarse a la iglesia, logró colarse un «oreja», es decir, un infiltrado del ejército, según lo recoge el libro «Aquí yacen», del escritor Ángel Arnaiz Quintana, documento que narra los hechos de ese día.
Aunque no se confirmó plenamente este hecho, algunos de los que estuvieron en la iglesia dijeron que «se metió un muchacho, chele, ese andaba vigilando de parte del ejército y fue capturado». El episodio del «espía» terminó cuando fue entregado a la Comisión de Derechos Humanos.
Entre quienes están enterrados en la iglesia, hay 20 hombres y una
mujer, Irma Elena Contreras, comandante “Juanita”, del Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP), explica Galindo.
Dos días después de esta masacre, el 31 de octubre, la Guardia Nacional atacó un desfile bufo, organizado por estudiantes universitarios, recuerda Galindo. Algunos medios hablaban de 27 muertos. Algunos han confundido fechas y se refieren a las víctimas de esta matanza como a quienes enterraron en el Rosario, pero son dos hechos distintos, aclara el citado libro.
“Del Conflicto Armado están estas 21 personas, que se refugiaron en la iglesia, porque este templo siempre dio espacio a quienes venían huyendo de la represión, pero el ejército la rodeó y con los cuerpos en descomposición, deciden enterrarlos en este lugar. Los que quedaron, lograron salir por la intervención de Monseñor Romero”, expone Carlos Araujo, párroco del templo.
Monseñor Romero
Los testigos relatan, según «Aquí yacen», que el papel de Monseñor Óscar Arnulfo Romero fue crucial para la liberación de quienes estaban refugiados en la iglesia.
Esta versión es corroborada por
Alicita, quien recuerda la figura del Pastor, que acompañó la salida de los refugiados. El mismo Obispo lo narra en su Diario personal y en la homilía del 1 de noviembre. «El coronel que dirigía esta operación cayó en razón, pero noté que los guardias estaban sumamente agresivos. Hasta me dijeron palabras bastante fuertes y se notaba que no tenían paciencia», dijo en el sermón Monseñor Romero.
También, Romero se refirió al crimen, el 3 de noviembre y lamentó que los cuerpos de seguridad seguían, al igual que en el anterior régimen, reprimiendo de manera más brutal a la gente, acciones que despretigiaban a la juventud militar que recién tomaba el poder.
En esa ocasión, Monseñor previno a los militares jóvenes para que no se convirtieran en «juguetes de los que siempre han manipulado hasta lo más sagrado de nuestra patria».
La intervención del religioso fue fundamental para evitar más muertes, pues no se atacó a quienes estaban en la iglesia.
“Es importante recordar estos hechos para que no se repitan, por eso no se deben dejar en el olvido a ninguno de los que murió en la guerra, porque gracias a eso, hoy vivimos en democracia”, afirma una de las asistentes.



