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Viernes, 26 de Octubre de 2012

Los muertos

Álvaro Darío Lara
Escritor/Poeta
Colaborador de Trazos Culturales

No puedo pensar en la muerte como el final de todo. Los muertos siguen aquí, sus ánimas nos observan, nos siguen, continúan siempre entre nosotros. La abuela estrella su bastón contra el corredor de la casa. Suenan los saltitos de sus tacones. Un adolescente la sigue bañando en el patio. Guacalada tras guacalada. Peina su cabello blanco, el mismo que el sol matinal, va secando y calentando. El padre aún lee, garabatea en su cuaderno notas y notas, inclinado sobre su escritorio de hombre maduro. Nadie se ha ido. En la noche teclean las máquinas de escribir, corren las letras veloces y nerviosas. Se escucha el sonido metálico del orín que cae –exacto- dentro de la bacinica. Pasa el viento suavemente. Mi rostro de ayer besa el versallesco espejo de la sala. Alguien abre los ventanales del jardín interior en medio de la noche, aquellos ventanales de madera amarillos, con seguros de cadena para tirar. Alguien arroja una baldada de agua contra las paredes del  mismo patio. Paredes verdes que se descascaran, dejando ver su pintura de otros tiempos. Una rata patalea nerviosa en la pila de la cocina, pero se ahoga irremediablemente, mañana mamá gritará pidiendo auxilio. El abuelo apaga la lámpara de kerosene e intenta pedir perdón una vez más a la abuela, busca su oído, su boca, pero ella lo echa para siempre de la casa oscura de 1934. En la radio una joven mujer anuncia la caída del dictador. Una bala atraviesa el brazo del tío Jorge y desde entonces se escribe con mamá, desde Guatemala. Mi padre cruza el parque Bolívar en las madrugadas de 1928, rumbo a la casa de un dios crucificado, aterrorizador, va de la mano del abuelo, quien lo acaba de bañar con el agua más fría del  mundo. La guardia nacional incendia catedral y la universidad, asegura la oposición y el estudiantado universitario.  Golpean al Rector, violan a las niñas. Avanzan uniformemente en las tinieblas. Todas las noches el Coronel Osmín Aguirre y Salinas sueña con el rostro de Paco Chávez Galeano nadando en sangre, con los dedos entumecidos de los capturados y masacrados de 1932, con sus ojos vacíos, con sus lenguas de fuera, con sus cráneos destrozados. Resplandecen las lápidas en el Cementerio General. Las besa la luna. Las humedece el rocío de la madrugada. Los muertos se continúan felizmente pudriendo. Lydia Cristales escucha de nuevo su marcha nupcial. Su esqueleto amortajado de novia busca entre los cipreses al imposible amado.  Nadie ha muerto. Todavía corre, violentamente lodosa, el agua del Acelhuate bajo el puente de La Vega. El abuelo muestra bajo la piel las esquirlas de acero incrustadas, cuando reparaba los trenes de la Compañía Ferroviaria. Ríe con risa seca hacia adentro. Esos camiones se dirigen a bombardear Guazapa, estamos en plena mitad del conflicto. Caen las bombas de quinientas libras cada cinco minutos. Sus ondas infernales se expanden a kilómetros de distancia. Arrancan los árboles, los descuajan. Vigilan Farabundo y Anastasio Aquino. Enrique Álvarez Córdova entra al cielo, portando la llave correcta. Los arcángeles leen en su llavero: Sandino ayer, Sandino hoy, Sandino  siempre. Nadie ha muerto, ¿entiendes? Todos están, estamos aquí.



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