René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, UES*
Para bautizar -sin permiso del obispo banquero- este siglo-cenizas, este siglo interactivo que disuelve hasta la sonrisa amurallada… voy a ponerme mi camisa más bonita, la de colores decaídos que no dejan de ser mágicos; la que disimula como ojales las heridas del tiempo y conserva en la bolsa izquierda la foto de Fidel y el Che; la que estrené cuando me gradué de sociología sin un cinco en el bolsillo; la que me protege del viento colmado de plagas medievales… y saldré a la calle a repartir, como tarjetas de navidad, protestas perentorias con domicilios conocidos; a escribir una carta que dirá palabras duras y vocingleras contra los fútiles poetas modernos, aunque me digan “loco tirapalabras”; a borrar la charla sobre dinero, autos y membresías del reaccionario alienado; a arrastrar las cadenas óseas que espantan a los vivos; a confiscar las ostias de neón con que comulga la ignorancia del iluso y la apatía del ileso sin pupitre; a buscar al hijo pródigo que se perdió en la nieve; a recolectar seis millones de firmas para exigir que se declare como “agrupación ilícita” a los diputados obscenos, y para que nos permitan votar en las elecciones de los gringos porque, al final, su presidente se convierte en el nuestro.
Para bendecir -sin el jocoso permiso del pastor lascivo que se baña en ingenuos diezmos- a esta década-lodo que ahoga hasta los besos anfibios… voy a ponerme mi mejor pantalón –el primogénito, el que dejó de crecer conmigo desde hace ratos, el que siempre sonríe para lucir su machismo, el que oculta con una cartera vacía lo roto del culo, el que no aguanta otra lavada- y saldré al predio baldío a secar, una a una, las lágrimas herrumbrosas del niño descalzo, para terminar con el pañuelo lleno de estrellas; saldré de madrugada a quitarle las escamas a la calle para romper la aurora artificial, aunque me tilden de “loco tirapiedras”; saldré al parque privado a lanzarle manos a los mendigos públicos, como si les lanzara arroz a las palomas; saldré a encender el farol mortecino para descubrir los rumbos desconocidos que nos han dejado con las manos llenas de boletas de empeño y de deudas millonarias; saldré a lavarle la boca a la vida -con paste y jabón atómico- porque, la muy puta, sólo sabe decir malas palabras: niños de la calle, corrupción, interés compuesto, pobreza, busero-diputado.
Para celebrar -sin permiso del cura fornicario- el té deum de este año de temblores oceánicos, voy a perfumarme con el agua florida del abuelo que murió bajo el sol; saldré al barrio a cobrar el tributo del silencio; saldré a experimentar el mundo en un grano de maíz y la eternidad en un minuto; saldré de noche a expropiar el remordimiento que ata manos y mutila metáforas; saldré a detener el cielo que se nos cae encima cada fin de mes o cada vez que el hijo se tarda más de lo usual en regresar de la escuela; saldré a golpear mi cabeza contra la pared hasta que se me salga lo pendejo; saldré a despintar la desgracia sociológica que, como cruz de cenizas, tengo en la frente.
Para denunciar -sin permiso del alcalde roba-agua- a este mes de piedras volcánicas en la garganta, voy a cumplir la mejor promesa que he hecho desde la desnudez de la memoria; abordaré el tren del alba para beberme el dolor que aún no despierta; me colaré en el bus subsidiado que acude al crónico llamado de la maquila, para bajar a patadas al hambre, por soberbia; tulliré con palabras acres el pie derecho que le da un soplo de vida a la máquina que confecciona el vestido de las putas tristes.
Para exorcizar –sin permiso del inquisidor aliado por la democracia- a este día de serpientes eruditas, voy a lustrar con afán mis zapatos negros, los que están conmigo desde el primer cuaderno; los que han caminado miles de leguas sin salir del mismo lugar; los que conocen de memoria el camino a la cantina; los que combinan con mi vida luctuosa… y saldré al camino a recoger la sal sin premio; a lavar la sangre que se estancó en la cuesta de los Monteros; a borrar las huellas tísicas del que fue condecorado por genocida; a sembrar carritos de madera, pelotas de plástico y muñecas de trapo… para cosechar sonrisas.
Para darle –sin el permiso del gabinete de gobierno económico que está detrás del gabinete administrativo- los santos óleos a esta hora de la tristeza y el insomnio, me voy a hacer la raya del pelo con precisión geométrica -como me la hacía mi abuela, cuando niño- y sacaré al sol mi anatomía desnuda para matar los piojos que le chupan el coraje; para evaporar la agonía de los ojos sin techo; para poner a media asta la bandera de mi alma que aún no ha sido arriada.
Para hacerle -sin el permiso de las viejas sin oficio que tienen tantos títulos universitarios como zapatos- el novenario a este minuto del esqueleto, voy a sacar mi fotografía más vieja –la que con amor guardó mi madre en su almario- y me veré tal cual era antes de dejar de ser; recordaré las esperanzas que se me murieron sin darme cuenta; reiré la alegría quelonia que se negó a seguirme, desde que la mediocridad académica clavó sus banderillas en mi lomo... desde que fusilé mis manos con reverencias mundanas... desde que olvidé el ritual con el que hacía del tiempo un cangrejo.
Para hacer –sin permiso del Vaticano- resucitar, al tercer día, la conciencia diáfana, voy a bañarme con jabón de cuche y piedra pómez, y regresaré al día exacto en que le declaré mi amor a la profesora de cuarto grado; al día en que denuncié en la pared privada una calamidad pública; al día nocturnal en que acaricié la desnudez de la vida sin considerarlo un pecado atroz.
Amo hacer cosas estúpidas sin pedirle permiso a nadie, y odio al insomne en que me convierto cada vez que no me reconozco en el espejo, no obstante vivir en el grito eterno de un siglo-escombros, de una década-sangre, de un año-pánico, de un mes-hambre, de un día-llanto, de un minuto-olvido, de un segundo-lágrima, esa lágrima a través de la cual se mira distinto el cielo… de un minuto-insomnio en el que no sé si tomarme un somnífero o subirme la dieta como concejal de la miseria.



