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Miércoles, 10 de Octubre de 2012 / 10:15 h

A 26 años del terremoto de 1986

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A 26 años del terremoto de 10 de octubre de 1986.



Zoraya Urbina
Redacción Diario Co Latino

El 10 de octubre de 1986, Delia Cornejo estaba en el Cerro La Burrera, Las Vueltas, en Chalatenango, tenía 27 años, era guerrillera y luchaba por una causa que creía justa. Las bombas y explosiones eran el pan de cada día.
“Oí una explosión y creí que era una bomba; después se fueron todas las señales de radio como diez minutos y, más tarde, vuelven y dicen que ha habido un terremoto y que se había caído el Rubén Darío. Pero no sentimos mayor movimiento, sólo la explosión, parecía una bomba y como yo estaba en medio del frente era común oír eso”, recuerda. 26 años después, es parte de la Asociación de Mujeres Mélida Anaya Montes “Las Mélidas”.  La fecha quedó grabada en la memoria de los salvadoreños y salvadoreñas porque, diez minutos antes de las doce del mediodía, un terremoto abrió la entrañas de la tierra y dejó tras de sí muertos y gran parte de la infraestructura capitalina destruida.
Según el estudio “Sismos en El Salvador 1900- 2001, Contexto”, del Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET), entre 1917 y 2001, el terremoto del ‘86 dejó un saldo de un mil 500 muertos; es decir, es el movimiento telúrico que más víctimas causó en el siglo XX; seguido por el de 1917, con un mil 50.
El sismo de 1986 tuvo como epicentro  el Área Metropolitana de San Salvador, con  una  profundidad de 7.3 kilómetros y una magnitud de 5.4 en la escala de Richter, indica el documento. Este siniestro acabó también con emblemáticos edificios en la capital: el Rubén Darío, donde  se calcula que fallecieron unas 500 personas y varias fueron rescatadas en condiciones de gravedad por socorristas, quienes, incluso, expusieron su vida para salvar otras.
El Rubén Darío ya había sufrido daños en el terremoto de 1965; en ese entonces, fue declarado inhabitable, pero esta prohibición no fue atendida. Otros inmuebles que quedaron destruidos fueron el edificio donde se ubicaba el almacén Molina Civallero: el Gran Hotel San Salvador; el Edificio Dueñas; el que albergaba el Instituto Salvadoreño del Café; el Colegio Externado de San José y el colegio Santa Catalina, en San Jacinto, donde 41 alumnas perecieron, algunas con los familiares que llegaban a traerlas tras la jornada escolar.  Matilde Alvarado vivía en la Colonia Dolores, de San Salvador. A las 11:50 de ese día, preparaba el almuerzo para sus hijos. “No me acuerdo qué cocinaba, pero sí que se me cayó la casa; nos quedamos sin nada”, cuenta.
Urania Jiménez laboraba en el área de contabilidad de una empresa que se ubicaba en San Jacinto.
“Estaba trabajando en el libro,  pasando las partidas, porque antes no habían computadoras, cuando fue el gran temblor”, relata.
Se cayó al piso y no pudo levantarse. Originaria del oriente del país, vivía como pupila cerca de la Terminal de Oriente. Esa semana su madre estaba de visita. “Yo quedé como ida porque pensaba en mi mamá”, dice.
Al llegar donde residía, encontró su hogar en el suelo y  a su progenitora con una herida en la cabeza porque, por rescatar las pertenencias de su hija, entró a la casa en ruinas, donde una teja le cayó y la hirió.
Se calcula que alrededor de 200 mil personas quedaron damnificadas tras el hecho.
El SNET afirma que el país está  en una región con  alto índice de actividad sísmica. En su sitio web, explica que  “las  principales fuentes generadoras de sismos en el territorio nacional son: la cadena volcánica, que forma parte del cinturón de fuego del Pacífico y corre a lo largo del territorio”.
Pero también, hay otras causas: “un sistema de fallas geológicas con una dirección predominante noroeste-sureste dentro del territorio salvadoreño”, indican.
El proceso de subducción entre las placas tectónicas de Cocos y del Caribe; un sistema de fallas geológicas en Guatemala que definen la frontera entre la placa de Norteamérica y la placa del Caribe y otras con dirección norte-sur, ubicadas en la depresión de Honduras.
Tras 26 años de ese terremoto, que dejó dolor y luto para el país, habrá que preguntarse si el país está preparado, en caso de que ocurra otro siniestro igual. Lo cierto es que en el “Valle de las Hamacas” no dejará de temblar.


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