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Martes, 09 de Octubre de 2012

Opinando sin política N° 707

Eduardo Badía Serra

He terminado de leer de nuevo esa preciosa novela de Ricardo Guiraldes, Don Segundo Sombra, una de las novelas de costumbres símbolo de Latinoamérica. Don Segundo Sombra, 1926, relata la vida del gaucho y su realidad, magnificada en, precisamente, Don Segundo, el padrino, y su ahijado Fabio Cáceres, el muchacho que encuentra su ser en el campo arriero y domador, lejos precisamente de la selva urbana en la que sabemos refugiarnos los que de alguna manera preferimos esa forma de esclavitud. La novela de costumbres latinoamericana no tiene parangón en ningún lugar del mundo, ni en ninguna época. Extendida a lo largo del continente, deslizó su enorme calidad, mostrando la vida de estos países ricos y explotados con una fuerza y una vitalidad inigualables. Además, esta novela ha dejado mensajes de vida que, si supiéramos interpretarlos, iluminarían nuestra existencia. Hay en ella mucha filosofía, muchos valores, mucha realidad; y todo, puesto con una calidad que se ancla entre lo hermoso y lo crudo. Hay pasajes con tal fuerza de sentido, que ahora, ya casi a un siglo de que tal tendencia dejara de manifestarse, son actuales y por ello reales. La novela de costumbres latinoamericana debería ser parte de los programas de estudio de nuestros jóvenes, pero parte privilegiada, para que nos ayude a soportar ese embate transculturante que se nos aparece como mecha de dinamita por todos los ámbitos de nuestra existencia. En América ha habido exponentes formidables de ella, entre los cuales, muchos salvadoreños ilustres que supieron situarse en la cima de la más alta calidad literaria. Cito, por ejemplo: Martín Fierro, en donde bien puede encontrarse, como suele decirse, “el tópico de la edad dorada del gaucho”; Amalia, de José Mármol, novela que es un hilo entre el poder y el amor; esa dulcísima obra de Jorge Isaacs, el colombiano, que llamó María, de una dulzura indescriptible, que sabe situar al lector en las románticas y cálidas bellezas de esa maravilla del mundo que es el Valle del Cauca; Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, fuerte y sombría a la vez que dulce y tierna, que esconde en esa mujer, tras su dejo de salvajismo, el más encantador y necesitado amor imaginable; La Vorágine, de José Eustaquio Rivera, que no es otra cosa que la selva misma contenida en palabras; y tantas otras entre las cuales resaltan con igual, y a veces mayor, calidad, las nuestras: Salarrué y sus Cuentos de Barro, Cuentos de Cipotes y O´ Yarkandal; Trenes y Hombres contra la Muerte, de Miguel Ángel Espino, el hermano de Alfredo; Pacunes, Barbasco y Las Tinajas, de Ramón González Montalvo, para mí, de los mejores de América; Jaraguá, única, de nuestro ex Rector Napoleón Rodríguez Ruiz; El Libro del Trópico, de Arturo Ambrogi; Me Monto en un Potro, de González Bonilla; y sin pretender hacer una relación completa, no puedo dejar de citar toda esa obra extraordinaria que dejó José María Peralta Lagos, T. P. Mechín, de la cual debería leerse ahora esa que se llama Candidato, que nos sabrá recrear algunas de nuestras penosas realidades  políticas actuales.
Hay una riqueza de lenguaje y una extensa trama de figuras literarias en la novela de costumbres, que bien podría servir para des-enajenar a nuestros jóvenes y re-situarlos en nuestra propia realidad e identidad, como cuando el tape Burgos sale de entre la sombra y tira la puñalada, que Guiraldes describe diciendo: “….yo ví la hoja cortar la noche como un fogonazo.”. Siempre en Don Segundo Sombra, cuando queriendo expulsar la pena, “…..Dolores dijo lo que había sucedido frente al río, y dio unos suspiros como pa hechar del pecho un daño”. Cuando al fin el campo se impone, y lleva a Don Segundo al retorno a su llanura, en el momento de la despedida, tan triste como silenciosa, al verlo partir ya lejanamente con la silueta del hombre y el caballo hechas una sola cosa, Fabio, ahora rico, da vuelta a su caballo, y retornando a sus casas, sentencia el final de la obra: “Me fui como quien se desangra”. ¿Quiere usted definir la amistad y el amor? ¡Pues ahí los tiene!
Rómulo Gallegos describe a Doña Bárbara, (1929), de una forma completa y cabal en aquel pequeño diálogo entre el Patrón y Santos Luzardo:
-Dígame Patrón, ¿Conoce usted a esa famosa Doña Bárbara, de quien tantas cosas se cuentan en Apure?
-Voy a decirle, joven; yo vivo lejos…..yo no sé qué viene buscando usted por estos lados, pero no está mal que le repita: Váyase con tiento. Esa mujer tiene su cementerio.
José Eustasio Rivera escribió en 1924 su obra quizás cumbre, La Vorágine. La novela nos pinta cómo el hombre se deshumaniza y al final termina siempre cediendo ante una selva humana. Esa es, precisamente, la muerte de Arturo Cova, esclavo de sus mujeres, y de sus compañeros, a quienes,  así termina la obra, “Se los tragó la selva”, queriendo significar con esa frase, resumido todo dramáticamente, la inmensa superioridad de la fuerza de la naturaleza sobre el hombre, cuestión que parece no entienden nuestros exponentes  de esas historias de camino real conocidas como el cambio climático y el calentamiento global.
Sólo termino con un poco de nuestros “…..octubres cuajados de luceros…..”, citando a Salarrué. Dice Salarrué en su cuento de barro “La Brusquita”, cuya trama es que Polo, enamorado de la citadina a la que había cuidado y que acababa de regresarse a la ciudad, sufre su amor:  “Con sencilla amargura de ‘irnorante’ el indio dejó de hacer cruces en la arena, y de un golpe clavó con furia el ‘corvo’ en el tronco del ‘carao’. Cayeron ‘jlores’ “. ¡Mire usted! ¡Cayeron flores al golpe del arma contra la dura madera! ¡Qué figura! Siempre en sus Cuentos de Barro, Salarrué, gran figura nacional, dice en “La Estrellemar”, cuando Luciano Garciya y Genaro Prieto, en la lucha por el amuleto, el primero mata con el corvo al segundo y huye entre los manglares, con el amuleto, una estrella de mar de seis puntas, sentenciando el acto: “En el ‘tranquil’ de la mañana una garza pasó, empujando, ya sin ‘juerzas’, la ‘inmensidá’ ”.
¿El Fiscal? ¡Todavía no! ¡Gracias a Dios! Tenemos tiempo para poder desempolvar esas viejas obras y recrear nuestras agobiadas mentes con lecturas de calidad. Ojalá que a nuestros niños y jóvenes, si no los maestros, sus padres, o quien sea, les lean de vez en cuando algunas de ellas, y sepan explicarles cómo es que una garza puede, aunque no tenga ya ‘juerzas’, “empujar la inmensida”, o cómo, de un corvazo sobre el tronco de un ‘carao’,  podría esperarse que “cayeran jlores”.
 Bueno amigos, hemos hablado un poco de tantos grandes expositores de la novela de costumbre latinoamericana. Muchos mensajes y ejemplos de vida, que tanto y tantos necesitamos, se dan en ella. Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea; quien tenga mente para comprender, que comprenda.
Pueblo, ¡rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡levántate y anda!
¿De política? ¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando si Co Latino me lo permite.




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