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Miércoles, 03 de Octubre de 2012

La nostalgia en Centro América: una apreciación sociológica (1)

René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, UES*

A la realidad centroamericana, como hija legítima de una realidad continental de piel morena, le han hecho brujería -para atontarla o folclorizarla- los intelectuales de escritorio, los abogados constitucionalistas, los articulistas de derecha y, claro está, los políticos fraudulentos –de todo color- desde que como tal surge a partir de la introducción de un capitalismo cafetalero nostálgico de la Colonia y de sus flemáticos peninsulares, lo cual fue un absurdo cronológico, pues, a pesar de haber surgido de un cambio radical de las estructuras económicas, se troca de inmediato en una maldiciente visceral del cambio, usando como testaferros a esos personajes, cada quien desde su espacio privado de construcción de la cultura: las ciencias sociales, las leyes pétreas, los artículos de opinión (trasnochados, como los de Paolo Luers) y la democracia electoral.
Si eso es así, tenemos la obligación científica de saber si la nostalgia, como parte del imaginario popular sometido a una hermenéutica del simbolismo, puede llegar a ser una experiencia sentimental-corporal fundadora de una teoría sociológica de la relatividad social (regressus in infinitum) al comprenderla como la abstracción que, partiendo de lo concreto real, se trepa en la síntesis natural -histórica y cotidianamente construida desde los símbolos para construir lo concreto pensado- de meditaciones, deducciones y observaciones de calle sobre las acciones y testimonios sociales -pasados, presentes y futuros- con lo cual afirmo que –tanto la nostalgia producto de la brujería, como la teoría especial que de ella surge- tienen un dispositivo cultural que dispara la memoria y el olvido, en tanto la memoria está llena de olvido; que tienen un factor teórico-simbólico de antelación práctica que le da pertinencia y severidad, sobre todo si es una teoría sociológica crítica y con un compromiso social claramente asumido.
Nostalgia de no ser países imperialistas; nostalgia de no ser miembro de la clase dominante o al menos su allegado de confianza; nostalgia de las cosas y procesos que surgen de la conciencia espejo que nos hace creer que disfrutamos todo lo que los ricos consumen o poseen; nostalgia de no ser un erudito que publica libros inocuos; nostalgia de sospechar del “otro” que, sin saberlo, es un “nosotros”; nostalgia latente de no ser un autor intelectual y material de la revolución social y, por eso, se auto-refrenda escribiendo sobre ella… para denigrarla, para derechizarla deliberadamente, al confundir las instituciones con los sujetos, y mezclar antojadizamente las luchas con las normas; nostalgia de no ser un país invasor que hace la guerra como estrategia financiera o ideológica, con EE.UU. a la cabeza con más de doscientas guerras; en fin, nostalgia de no ser un opresor, un explotador, un hegemónico. La nostalgia, desde la incómoda perspectiva sociológica, nos muestra y demuestra que “toda época histórico-clasista fue –parafraseando a Silvio Rodríguez- pieza de un rompecabezas planetario” con pretensiones de eternidad, porque no importa cuántas veces lo armemos –y lo volvamos a armar- casi siempre da como resultado la misma figura societal: la injusticia social que se nutre de la impunidad jurídico-política, del fraude y de la explotación económica.  
En ese sentido, con la nostalgia como imaginario, como cosmovisión al alcance de las manos –o sea como las quinientas palabras comunes con las que explicamos el universo y nuestra vida dentro de él- nos negamos a nosotros mismos, negamos la historia nacional de los pueblos y sus comunidades más pobres, y los devolvemos sin “golpe avisa” a la vida, para corroborar las tesis clasistas (antes definidas como verdades racistas innegables) que acentúan, sociológicamente, su notoria incapacidad para apoyar-formar las fuerzas político-sociales del progreso en beneficio propio, porque se llegan a convencer de que “el que nace para maceta no pasa del corredor de la plusvalía”; llegan a creer que “pensar y hablar es malo”, y por eso sólo se debe “ver, oír y callar”, tal como recomendaban las bisabuelas al recordar el genocidio de la dictadura militar. Esa última creencia es una maldición (una brujería que enterró nuestras fotos en una botella de licor) que sufren tantos los individuos como las CC.SS. por lo que la relación ciencia-sujeto se trastoca-disloca, y tales ciencias no le pasan información sobre la realidad a la gente, sino que la realidad le “pasa” gente a las ciencias, de la misma forma en que la publicidad le vende gente a los anunciantes, y la propaganda le vende votantes a la política.
En el peor caso, la sociología centroamericana presenta a los pueblos como subculturas folclóricas, como parias económicos, como excluidos sociales (aunque sociológicamente no son ninguna de las tres cosas) o como deformados y pequeños imperios que explotan y sojuzgan a sus iguales, siendo el mejor ejemplo de ello México y, un paso atrás, Costa Rica. Pueblos violentos, tiránicos, viciosos y haraganes en los que hay que intervenir militarmente para instaurar el orden-progreso a imagen y semejanza del Imperio mayor. Y entonces me pregunto si como sociólogo –aunque en su versión filológica- debo usar, al unísono, palabras como: democracia y flota salvadoreña de emigrantes ilegales, sin quitar el significado implacable que debe tener la verdad sociológica que, ante nuestra pasividad, nos muestra que la mujer que se prostituye en el día, es la misma que por las noches vela la calentura de su hijo; que el hombre que, manso, agacha la cabeza en el trabajo, es el mismo que por las noches vapulea valientemente a su mujer o defiende a muerte a sus hijos cuando son asediados por la delincuencia… y entonces qué hacer.
Así, con la nostalgia como imaginario social, con la nostalgia como brujería, la sociedad consumista de la falsa clase media y el marco jurídico de los países independientes, montan su propio proyecto hegemónico de opresión-explotación. Pero, es la falsa clase media la determinante, al final, porque tiene (mal copia) los placeres de los ricos, gana el sueldo de los pobres y vota porque todo siga igual, por eso muchas personas votan por un partido de derecha cuyo acto de fundación está ligado a los escuadrones de la muerte y la privatización. La reproducción-legalidad de la sociedad capitalista mana de su centenaria afición por imponer –sin que nadie se sienta ofendido, ni las CC.SS. mismas- un orden social fundado-refundado en la expropiación capitalista que amplía sus áreas de revalorización con la privatización de lo público, y cuyos valores son: la libertad individual (del propietario) y el progreso global de la ciencia y tecnología (pero subsumidas al capital).




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