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El Salvador, Jueves 23 de Mayo de 2013
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Miércoles, 12 de Septiembre de 2012 / 08:21 h

Centro América: ¿Quién cerrará tus venas? (2)

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René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, UES*

El viejo mundo que los indígenas descubrieron, se miraba a sí mismo como el depositario vitalicio de la cultura (en todas sus formas tangibles e intangibles) y, claro está, de la plusvalía, diezmos, tasas y ofrendas (en las formas económico-corporales que previó Marx en los “Elementos fundamentales para la crítica de la economía política”) porque –según designio emanado de la propia boca de dios- “tenía una cultura superior” y, por eso, tenía el deber inalienable de borrar las culturas “inferiores” para diseñar -y hacer suyo- el progreso, la intimidad espiritual y el desarrollo planetario, haciendo uso de: su verdad dogmática oscurantista; su ciencia infalible que concluyó que la tierra era plana; su tecnología incansable con jornadas laborales de 16 horas; su religión perfecta y unánime que tenía como gendarme a la santa inquisición, y todo ello supuso “desvirtuar las tradiciones inferiores, minimizar las costumbres de menor calidad, ridiculizar a los dioses enanos y maquillados”, o sea aniquilar las culturas de los “inferiores”, con una guerra que fue declarada en el silencio del imaginario; con una guerra paralela que se inventó para que el igual discriminara a su igual, al menos hasta que descubre dónde putas quedan las Malvinas, y comprueba que un embajador norteamericano tiene más poder que un presidente de la república.
Esa fue –y quinientos años después sigue siendo- la excusa irrebatible, la coartada pulcra, para dejar en la impunidad las intervenciones militares en otras naciones; ese fue –y quinientos años después sigue siendo- el sustento ideológico de la dominación, el pan nuestro de cada día de una guerra que la sociología no puede ignorar (aunque desconoce) pues, en definitivas cuentas, la paz o su utopía sólo se pueden entender con el estruendo cotidiano del conflicto, en el sentido que la memoria colectiva es más grande y vital que la historia oficial.
La respuesta unísona de los centroamericanos -a esa realidad de alternancia de la dominación imperial- fue una inocua resistencia nacional que, en breves espacios históricos, se tradujo en “primeros gritos de soberanía” o en “actas de independencia” que no contaron con las manos suficientes para construir, desde abajo, la correlación de fuerzas que madurara las condiciones para, así, negar la larga pesadilla del sometimiento nacional. Sin embargo, más de quinientos años después parece que (más por instinto de sobrevivencia que por lucidez política o teórica) emergen los factores y actores decididos a “tocar a dios con las manos sucias”, convencidos de que se puede crear (no esperar) el entorno para el cambio estructural de la realidad, si se reivindican con dignidad las usanzas libertarias de los pueblos centroamericanos; si se toman como zonas de soberanía y desarrollo equitativo las políticas económicas y las ciencias sociales, haciendo de ellas algo pedestre; si se hace de la justa distribución de la riqueza el primer mandamiento de unas sagradas escrituras que sean mundanas y populares; si se hace de la identidad cultural centroamericana (que no es igual a la identificación capitalista que nos convierte en un número, como predijo Neruda) el mayor de todos los orgullos; si se hace de la ideología un referente analítico de las ciencias sociales, sobre todo hoy que el capitalismo y su derecha académica nos dan charlas magistrales sobre el “fin de la historia y de la ideología” y proponen investigaciones sobre los movimientos sociales.
De no hacer lo anterior, las venas de Centro América seguirán abiertas, y no importarán las denuncias morales de la historia que, en la actualidad, se  escriben. Al otro lado del mundo, EE.UU. repite Vietnam en Irak, Siria, Afganistán… aunque signifique la reedición –corregida y aumentada- del fracaso de su política intervencionista; aunque exprese –sin que nadie lo denuncie o se indigne- la mezquindad de la táctica económica patentada por los sectores más reaccionarios y ricos que dominan el mundo. Esos fracasos –hoy propiciados por factores económicos- se traducirán en un fracaso político mundial que pondrá en evidencia –aunque tal evidencia no se traduzca, necesariamente, en un colapso sistémico- el inicio de la decadencia del expansionismo como mecanismo global de dominación que privilegia: las invasiones, no los consensos; el control político-militar, no la tolerancia y el respeto; la voracidad económica, no la justa distribución del ingreso, aunque eso implique destruir una nación para apoderarse de su principal recurso natural, que bien puede ser el petróleo (Irak), el gas natural (Afganistán), la autonomía popular (Bolivia, Ecuador, Venezuela), la cultura y la ciencia (derechos de propiedad intelectual) o, en el límite de la deshumanización, el agua y la salud (toda América Latina).
Esa decadencia de la hegemonía norteamericana, en los términos de Gramsci (prevista en la propuesta de los congresistas demócratas de retirar las tropas de Irak, haciéndola ver, cínicamente, como “un acto humanitario de buena voluntad”) es la que puso en un lugar de la historia a Bush (más de seiscientos mil iraquíes muertos en la Operación Nuevo Amanecer) para tristeza del Imperio y para alegría de los pueblos de nuestra Centro América que, después de ciento sesenta años de subsunsión real del trabajo al capital, aún no superan las penurias coloniales, según lo denuncian informes públicos: más del 60% de su población viviendo con menos de dos dólares diarios; más del 70% sin acceso al agua potable y energía eléctrica; más del 90% de sus bosques depredados por el urbanismo caótico y la sed mineral, dejando en el exilio a las luciérnagas y convirtiendo los nidos en ruinas arqueológicas.
A los descalabros militares norteamericanos –que malogran su perfil como gendarme mundial de la democracia y como juez planetario de la justicia- hay que agregarle las que sufren sus incondicionales aliados. En lo político, en Sur América y Nicaragua (en el caso salvadoreño, dependerá de si la izquierda gana las elecciones de 2014) los últimos resultados electorales indican que, con distinta pasión, algunos países no están dispuestos a que sus gobiernos sigan siendo simples Secretarías de Estado de los EE.UU. Ambos hechos, hay que explicarlos sociológicamente como parte de la depredación político-ideológica del intervencionismo, como una expresión concreta de la pérdida de su hegemonía global, pues, ésta siempre ha estado basada en su poderío militar, más que en la capacidad ideológica, la cual no se pudo negociar ni con el ascenso de un Obama carismático, porque para ellos esta región continental seguía siendo inventariada como “algo seguro” en el recuento de gobiernos afines, y por ello fue olvidada por las administraciones norteamericanas.



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