Dagoberto Gutiérrez
Era tan pequeño que no parecía capaz de crecer y tan débil que no parecía capaz de llegar a dar flores algún día, y tan desteñido que no parecía llegar algún día a ser verde y verde limón. Así era la pequeña plantita que con cierto desgano sembró una tarde, Mardoqueo, en el patio de su casa.
Algunas noches fue visitado por zompopos amenazantes pero fueron alejados con ciertos venenos, y así, entre madrugadas, tardes con fuego y noches con miedos, el pequeño limonero fue creciendo, pero tímidamente, como si le diera vergüenza declararse ante el mundo como un limonero hecho y derecho. Pero finalmente decidió aceptar algún mandato que desde algún lugar le estaba determinando, como mandándole un mensaje desde algún tambor oculto, que su destino inexorable era hacerse limonero y florecer en algún momento, y dar limones en otro momento, y así, acompañar las comidas con su jugo de cristal encendido y de sabor ácido rebelde, o bien, en un matrimonio con el agua, el azúcar y cierta sal, convertirse en limonada, o bien, simplemente, acompañar un trago entusiasmado de tequila, o un trago de ron con hielo y jugo de naranja. El pequeño arbolito pareció entender todo esto y decidió aceptarlo, y de esa manera empezó a crecer.
Se cuidaba mucho de crecer en el día y siempre parecía tener la misma estatura, como si temiera a la adolescencia, a la juventud y mucho más a la vejez. Ciertas tardes lo visitaban bandadas de zanates que danzaban de una a otra rama, y sin duda platicaban y le contaban que los limoneros, cuando envejecen han de prepararse para morir, y que algunos de ellos, antes de morir, florecen en un espectáculo de abundante energía y generosa vitalidad. Cuando las aves volaban hacia el cielo rotundo, el limonero, pensativo, parecía más pequeño y menos dispuesto a llenarse de fronda, de ramas, y de verde limón.
De todas maneras, durante la noche y mientras el limonero dormía, también crecía, y sus ramas retorcidas, porque no podían ver hacia donde crecían, lo llevaban hacia el cielo y hacia los lados, y cuando el limonero despertaba con las primeras luces del sol, o bajo el tambor redoblante de las gotas de alguna tormenta nocturna, se daba cuenta que había crecido. Entonces se sentía más limonero. Así, jugando entre temores y satisfacciones, en una noche de luna, sintió mareos y le pareció que algo retumbaba en sus entrañas como queriendo salir y queriendo estallar, y sintió un olor perfumado desconocido, hasta que pequeños puntos blancos, inmensamente blancos, como si pedazos del sol, de tanto iluminar al árbol, estuvieran convirtiéndose en árbol.
A la mañana siguiente, pequeñas y fragantes flores blancas mostraban en varias ramas, su orgullosa condición, y por primera vez el árbol se sintió orgulloso de ser limonero y dispuesto a jugarse la vida para que todos sus amigos y sus enemigos lo reconocieran. Desde luego, se dispuso a crecer y rápidamente aparecieron en sus ramas los primeros nidos, y esto aumentó su amor propio, porque otras especies de esas que vuelan, que miran, escuchan y conversan necesitaban de él para nacer. El limonero era feliz cuando las aves alzaban por primera vez el vuelo desde las ramas en las que habían nacido, y era más feliz aun cuando retornaban y le contaban como era el mundo en las faldas del volcán cercano y en los bosques y en los maizales. Por eso, en las tardes esperaba ansioso a la bandada de zanates que siempre lo visitaban.
En las noches de lluvia, el limonero parecía platicar con las gotas que jugueteaban en sus hojas y sus ramas, y entusiasmadas le contaban de su viaje por los mares del mundo y por las nubes más altas. El árbol se imaginaba conociendo esos mundos y viajando como lo hacían las gotas de agua y al amanecer empezaba a despedirse de todas ellas que lentamente iban cayendo, como pequeños puntos de cristal, al suelo que las esperaba y las absorbía.
El árbol se sintió morir cuando las flores que lo adornaban también empezaron, sin previo aviso, a desprenderse, y al dejar de ser flor empezar a transformarse en limones. Y el árbol no tenía con esos pequeños invitados verdes la misma confianza que había cultivado con sus flores.
Cuando se quedó sin flores supo que estaba cubierto de limones y se dio cuenta que ser limonero significa ser padre de muchos limones, y así, apresuradamente, como si no tuviera tiempo, el árbol aprendió, sin previa enseñanza, a soportar el peso que supone sostener muchos limones de sus ramas, y cada uno de ellos ya sabía a lo que venía, y ya conocían por adelantado que los limones llenan el mundo de color, de sabor, de vida y de esperanza.
Día tras día, el peso aumentaba y los limones crecían en tamaño y en número, y así, cuando el limonero llegó a comprender que ser eso significaba estar lleno de limones, empezó a ocurrir algo que lo sorprendió y asustó. Mientras todos dormían, y una tenaz columna de hormigas avanzaba sobre sus ramas, el árbol sintió que una parte de su corazón se lanzaba al vacío y creyó que perdía la cabeza, o que alguien o algo lo despojaba de su tesoro. Pero en realidad, uno de sus limones que había dejado de ser verde, y se estaba convirtiendo en una especie de sol entre las ramas, se lanzó al vacío sin previo aviso y sin consulta con el limonero. Y así, el primer limón cayó al suelo, sin ruido, con calma y sin nervios, como si supiera de qué se trata ese misterioso oficio de ser limón. Y el limonero empezó a perder sus limones sin tristeza porque ya sabía que en breve estaría lleno de estrellas blancas y que todo empezaría de nuevo, una y otra vez.



