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Miércoles, 08 de Agosto de 2012

Discurso “light”: nueva trinchera ideológica de la modernidad (4)

René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, UES*

Su sostén de la democracia se apoya en métodos antidemocráticos, pero, con frases populares (mientras el discurso popular está lleno de frases neoliberales que minan la ideología) cuyo triunfo es evidente cuando los sectores que siempre han exigido democracia real, llegan a creer que no hay más alternativa que hacer suyos tales métodos. Mas, si la única alternativa para la democracia es ser antidemocrático; si la única alternativa para la revolución es ser reaccionario o súbdito, todo aquel que denuncie tales desviaciones es considerado un enemigo. Si no hay –según el discurso light- más alternativa que ser antidemocrático o ser un reaccionario que por oportunismo se pone la gorra de revolucionario, entonces, sólo puede haber una democracia: la que nos impusieron vía feroces dictaduras, esas dictaduras que, ayer, se tomaban la universidad nacional para corregir –añorando la Santa Inquisición- las conciencias críticas que la nutrían (esa era su inversión en la educación superior); entonces, sólo puede haber una revolución: la que no tiene nada que ver con la clase social.
El discurso light tiene tal poder que metió en una caja de regalo el nuevo disfraz del capitalismo (globalización) y el pueblo –dando las gracias- lo usa como si fuera su “estreno navideño”. Ese fue el momento en que las burguesías importaron un modelo democrático cuya anti-democracia inundó al pueblo -vía medios de comunicación- en todas las esferas de una sociedad que se sostiene en torno al mercado, al igual que, décadas atrás, las elecciones sostenían su legitimidad en torno a tamales. Una sociedad así ya no es una comunidad humana; ya no es un espacio abierto a la revolución, pues, lo que la cohesiona no son relaciones sociales, sino relaciones mercantiles.
El discurso light, como un todo supraclasista, hace que las cosas tomen el lugar de la gente y vivan de ella. El trueque es lapidario: el Estado es el guardaespaldas del capital, y los prófugos a capturar son los que el capital genera: los pobres y los rebeldes sociales; la cultura política se reduce a un sometimiento súbdito y lo que se sataniza es la cultura política democrática. Por el lado oculto del discurso, la economía capitalista imputa al Estado de la función de administrar su patrimonio nacional (riqueza) y, como parte de la lógica omnívora del capital, privatiza sus servicios públicos con la coartada de la competitividad, dejando a la suerte de dios a los pobres, lo que produce una pauperización de las ciudadanías y las conciencias. La receta que se nos obliga a comprar es: más libre comercio, pero cuando éste es desigual no genera desarrollo (genera enclaves que agudizan la dependencia tecnofinanciera) porque es impulsado para maximizar las ganancias de las empresas transnacionales, quienes apenas invierten centavos para comprar a las élites políticas y beneficiarse de una «entrega legal y democrática» de los recursos de los países pobres. Eso es así, no obstante que el Art. 102 de la Constitución reza: “el Estado fomentará y protegerá la iniciativa privada dentro de las condiciones necesarias para acrecentar la riqueza nacional y para asegurar los beneficios de ésta al mayor número de habitantes del país”. Por ello, yo resuelvo y declaro que las privatizaciones y el TLC son inconstitucionales.
El discurso light realiza, entonces, una apropiación del lenguaje liberal, del Estado de derecho, de la libertad, de la justicia social... y en nombre de ellas fusila lo que proclama; en nombre de las virtudes democráticas sodomiza la democracia. Esto produce una horchata de dialectos, donde quitar significa dar; donde el paraíso que edifica promete justicia, libertad, pero, quien reparte las invitaciones padece la peste de la impunidad y la opresión; donde el interés privado habla de mayorías populares. Esa táctica del discurso light se complementa a la perfección cuando el pueblo lo hace suyo, ya sea: adoptando liderazgos de la derecha; usando un lenguaje vacío; o reproduciendo sus vicios.
Así como la economía neoliberal abandona la pobreza en la calle de la caridad (falacias solidarias del milenio), así la política corrupta se deshace de la justicia y el cambio, y sólo le preocupa la gobernabilidad (el orden) y la obtención de votos a cualquier precio (el gobierno), o sea: cómo administrar los conflictos que produce para que no afecten la reproducción del capital transnacional.
El discurso light –padre putativo de la realidad- es una fraseología violenta que disfraza (con frases dulces: “bandas de paz”; “sentido humano”; “responsabilidad social”) los colmillos capitalistas de unos, y arrincona en la niebla del inmediatismo las utopías de otros, cuando éstos no sólo usan sus palabras, sino también sus métodos.
Los unos, inventan monstruos invisibles para fomentar miedos culturales (ateísmo, socialismo); los otros, inventan miedos para producir monstruos (dinero internacional al que se le perdona financiar invasiones, pero no universidades). En ambos casos, el miedo es el lenguaje; la amenaza: la táctica; la ignorancia: el pan; los miradores municipales: el circo; y eso demuestra que el discurso light es ubicuo. En el fondo, lo que existe es el miedo del capital de perder las garantías para reproducirse y, por eso, contrata (no sólo controla) regímenes políticos, así como el patrón contrata sindicalistas; el político: votantes, y las transnacionales: gobiernos, hasta que lo público se convierte en privado. Entonces, el fin del Estado no es más que su depreciación, quedando vigente en su perfil fascista: el Estado policiaco caótico, en tanto es productor de crisis agudas, ya sea porque privatiza o porque se deja expropiar los recursos naturales, cuyos beneficios sólo están al alcance de los que pueden pagarlos, mientras el resto (la mayoría) se convierte en producto de exportación. Así, la democracia neoliberal destruye lo logrado por el Estado de bienestar, casi siempre con sangre, dejando en el aire sus promesas.
La democracia neoliberal se presenta (acudiendo a su lógica secuestradora y a su discurso) como heredera del liberalismo y, peor aún, de las utopías, haciendo de las banderas de éstas las suyas propias; usufructuando a su antojo dicha herencia, del mismo modo en que las putas tristes de García Márquez hacen negocio con su soledad y desesperanza, porque en su nombre justifican su nula participación en la acumulación de riqueza y felicidad de sus compatriotas. Así como ellas se esfuerzan por controlar las soledades de sus clientes (de ellas viven), así el neoliberalismo se desvive por domar las democracias y algunas izquierdas por domesticar las conciencias, en lugar de forjarlas.





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