Álvaro Darío Lara
Escritor y Poeta
Colaborador de Trazos Culturales
Alberto Masferrer como bien señala el crítico Ricardo Roque Baldovinos (1) emergió en el escenario periodístico e intelectual salvadoreño, no con una “sólida formación universitaria”, tampoco con un apellido de ilustre abolengo, sino más bien proveniente de un sector medio de la población, y llevando tras de sí el hecho de ser un “hijo ilegítimo”, de acuerdo a la legislación imperante en El Salvador del siglo XIX. Sin embargo, Masferrer fue un lector precoz y titánico, que bebió de lo mejor del pensamiento latinoamericano y europeo de la época. Sus lecturas fueron intensas y diversas. Se desempeñó como empleado de gobierno, desde el magisterio hasta la representación diplomática en países como Costa Rica, Argentina, Chile y Bélgica.
Asimismo desarrolló una extraordinaria actividad periodística, principalmente, desde el medio que fundó: “Patria”, entre 1928 y 1930 (en esto se puede evidenciar su proximidad a Martí, quien como sabemos también fundó y dirigió un combativo periódico del mismo nombre).
Desde Patria, Masferrer propugnó por sus postulados vitalistas, fuertemente influido por Herni Bergson (1859-1941) y por una gama muy amplia de autores diversos, entre los cuales sobresalen aquellos de orientación teosófica y oriental, muy en boga a finales del siglo XIX y principios del XX, como Buda, Annie Besant, Krishnamurti y otros. En este sentido, Martha Elena Casaús Arzú, señala: “La teosofía en su vertiente orientalista y anarquista o socialista fabiana tuvo un claro cariz antipositivista y antimaterialista, pero a su vez trató de unificar a todas las corrientes espiritistas y espiritualistas, basadas en supuestos pacifistas y regeneradores del individuo y de la sociedad y en planteamientos divergentes del positivismo en relación con la creencia en la igualdad de razas, los credos y el género, abogando por la tolerancia, el pluralismo cultural y los valores autóctonos como bases de sustentación del nuevo modelo de nación que se oponía al proyecto homogéneo del liberalismo”. (2)
Sobre el caso específico de Masferrer, Casaús Arzú, apunta: “En su artículo sobre la unidad de Nuestra América”, influido por Bolívar, San Martín, Martí y Rodó, partía de la búsqueda de los valores propios de sus habitantes, porque eran ellos las células básicas sobre las que descansaba América y los responsables de forjar “El hombre nuevo”, sobre el que iba a nacer la Nueva América, fundada sobre una nueva conciencia continental, dela creación de una cultura propia y un hombre con nuevos valores… (3)
La valiente denuncia de Masferrer sobre los males que aquejaban (aquejan) a la sociedad salvadoreña lo llevó a convertirse en una especie de “mala conciencia” ante los poderes económicos, religiosos y políticos más conservadores del país. Sin embargo, lejos de silenciarlo, Masferrer continuó formulando sus agudas reflexiones sobre el orden injusto reinante en todos los puntos cardinales a donde dirigía la mirada.
Y es que, la historia padecida por Masferrer, es aquella que viven en común las repúblicas latinoamericanas, empantanadas en el discurso del estado liberal, generador, potenciador, de gravísimas desigualdades en todos los órdenes. Frente a estas elites insensibles es que alza su voz, el maestro reformista.
Para la campaña presidencial de 1930, Masferrer participa activamente, acompañando la candidatura del ingeniero Arturo Araujo, un prominente oligarca salvadoreño, que gozaba de una extendida reputación como buen patrono. Masferrer se convierte en un ideólogo y propagandista del Partido Laborista de Araujo; sin embargo, desencantado poco tiempo después, renuncia de su posición en el nuevo gobierno (mayo de 1931), donde funge como diputado y asesor presidencial.
La crisis del capitalismo internacional del 29 se hace sentir en el país, Araujo incapaz de cumplir con las encendidas promesas de sus activistas, sobre todo en el ámbito rural (reforma agraria), experimenta un deterioro acelerado en la credibilidad y popularidad de su gobierno, a esto se suma el recelo de la oligarquía nacional, que desconfía de Araujo, en tanto que su programa de gobierno reviste –a nivel de discurso- un contenido popular; y sobre todo, por su pésimo control de la extendida presión desatada por las organizaciones populares y revolucionarias. No debemos olvidar que en este contexto nace el Partido Comunista de El Salvador (1930) y se desarrolla una gran actividad sindical, nacional e internacional, donde se destacan: la Federación Regional de Trabajadores de El Salvador (FRTS) y el Socorro Rojo Internacional.
Finalmente, un golpe militar destituye a Arturo Araujo en diciembre de 1931 y marca el inicio de cinco largas décadas de dictadura militar en El Salvador. Un proceso de autoritarismo que se inaugura con la horrorosa matanza de 1932, de la cual el mismo Masferrer parece haberse sentido responsable; en tanto, su proyecto político fallido, abre las puertas al enfrentamiento abierto entre connacionales. Masferer debió sufrir terriblemente este proceso ya que era un pacifista convencido.
Resulta interesante evidenciar que pese a las diferencias político-ideológicas, entre Farabundo Martí y Alberto Masferrer, el primero tenía especial consideración, al “Maestro y director de Multitudes”, como lo llamó afectuosamente, la poetisa salvadoreña Claudia Lars (1899-1974), ya que desde jovencito había tenido noticia del escritor. Al respecto, reparamos nuevamente en la biografía de Farabundo Martí: “En el colegio Farabundo también lee por primera vez libros de poetas y escritores nacionales: J. Cañas, F.Castañeda, F. Gavidia. Ya de boca de su padre, Farabundo había oído más de una vez el apellido del escritor y filósofo salvadoreño Alberto Masferrer y ahora, al leer Recuerdos de infancia, se convirtió en un admirador del talento del escritor” (4).
Este aprecio hacia la fuerza que despliega Masferrer, en pro de las urgentes reformas sociales que posibiliten “El Mínimum Vital” (5) para todos los salvadoreños, lo encontramos en otros dirigentes comunistas de la época como Miguel Mármol (1905-1993), Mármol revela en el libro testimonial “Miguel Mármol, los sucesos de 1932 en El Salvador” lo siguiente: “Pero el escritor que más me llegaba entonces era don Alberto Masferrer. Compraba, regalaba y volvía a comprar “El Dinero Maldito”. Hubo ocasiones en que salía por los caminos con una docena o más ejemplares de ese libro y los iba regalando a los carreteros que me encontraba y que supieran leer, con la intención y la súplica de que en las estaciones que hicieran en sus recorridos comentaran aquel libro con la gente. Asimismo iba a las ventas de chicha y chaparro clandestino, acompañado por mis compañeros de taller para que no se atrevieran los bolos a meterme mi talegueada, y todo juntos hacíamos campaña anti-alcohólica basándonos en las denuncias de don Alberto.
Desde entonces establecía muy buenos contactos con el campesinado “(6).
De todos estos testimonios y documentación de la época, no es difícil inferir que la animadversión hacia la figura y obra de don Alberto Masferrer, no partió del movimiento comunista de la época. Al contrario, existía reconocimiento sobre la valentía y dignidad de la denuncia que Masferrer realizaba. De hecho su misma prédica antialcohólica, más allá de una falsa percepción de “moralismos sociales”, tenía una explicación muy concreta: un considerable ingreso de las arcas nacionales provenía de la recaudación fiscal sobre los impuestos que gravaban el consumo del alcohol, el cual era en muy buena parte, envasado y vendido por el Estado; mientras que las clases pudientes eran eximidas de impuestos patrimoniales y de otro orden, que perfectamente pudieran haber subsanado el raquítico presupuesto social del Estado.
Masferer es un hombre de incesante reflexión y reformulación de su pensamiento. Mantuvo una continua e importante correspondencia con reconocidas personalidades de su tiempo, particularmente con algunos latinoamericanos como la poetisa chilena Gabriela Mistral y el fundador del APRA, Raúl Haya de la Torre, en cuya iniciativa política se inscribió y militó. Además de sus importantes relaciones regionales con destacados escritores, como el costarricense Joaquín García Monge.
Masferrer se inscribe dentro de la pléyade de hombres y mujeres que abrazaron la causa de la hispanoamericanismo (como se entendía en la época, la visión latinoamericana). Fue un abanderado de la unidad latinoamericana y centroamericana, y un decido crítico de las tendencias europeizantes de su tiempo, así como un visionario en cuanto a lo que significaba y significaría posteriormente, los Estados Unidos para América Latina.
Su figura y obra experimentaron en las décadas posteriores a su muerte, una doble ideologización: desde la derecha fue vaciado de su significado crítico, como un escritor que interpeló al poder y a la estructura social de la época, elevándolo de forma simbólica, en un icono más del santoral cívico de la cultura y la educación oficial salvadoreña. Por otra parte, la izquierda ortodoxa lo descalificó al tildarlo de un “idealista burgués”, que jamás encontró el rumbo político correcto a la interminable lista de males sociales que señaló. En ese sentido, el poema “Vijuemierda” (7), dedicado a Masferrer y escrito por Roque Dalton, contribuyó –desgraciadamente- a promover entre las nuevas generaciones de literatos e intelectuales nacionales una especie de aversión hacia la figura y obra del maestro de Alegría (8).
El genocidio desatado por el estado salvadoreño, en contra de millares de campesinos, en el contexto del levantamiento de enero 1932, fue sin duda la gota que derramó el vaso, de un Masferrer enfermo, que se había exiliado en Guatemala y luego en Honduras, países en los cuales fue perseguido políticamente. Por esta causa regresa a El Salvador, donde muere el 4 de septiembre de l932, a los 64 años de edad.
Sobre los últimos días de Masferrer, y sobre su significado, el maestro y escritor salvadoreño Francisco Andrés Escobar (1942-2010) dice: “Masferrer es el mártir moral. A Masferrer no lo mató una bala durante el oficio sagrado, ni lo aniquiló una ráfaga en la madrugada funesta. A Masferrer lo asesinaron la ceguera, la indiferencia y la inmisericordia de los poderosos frentes a los poseedores de todo sufrimiento. Se puede asesinar a un hombre moralmente. Masferrer murió no el día de su muerte pobre, sino el día cuando el candidato presidencial de su tiempo, después de haber sido confirmado en el poder por la Asamblea Nacional Legislativa de entonces, viró en sus propósitos, traicionó las esperanzas populares, hizo a un lado la plataforma social concebida y predicada por don Alberto Masferrer, y se acomodó a las condiciones hegemónicas que le permitieran salvaguardarse en el poder. Cuando a unos meses de haberse sentado en el solio presidencial el gobernante, Masferrer rompió con él y se marchó amargado a Guatemala, él maestro llevaba ya la muerte en el alma. Su plataforma vitalista –que le valió la persecución de quienes se empeñaron en verlo como un peligroso comunista, y el desprecio de quienes lo reputaron como un vulgar reformista –caía despedazada. El deslave social se venía encima, y todo aquello que el maestro hubiera querido evitar mediante el uso de la razón y la justicia en el manejo de la cuestión social del país, tomaba la velocidad la fuerza de una repunta cuyo turbión mayor iban a ser los hechos violentísimos de 1932. Ideólogo, maestro, utopista, profeta, moralista social, Masferrer vio sus días finales en medio de la pobreza y de la soledad cimeras que habitualmente acompañan la finitud de todo hombre y de toda mujer fieles a sus ideales” (9)
Al final de este breve recuento biográfico, podemos concluir que la personalidad, acción y producción de Alberto Masferrer, se inscribe decididamente en aquellos esfuerzos que han hecho causa común con aquél que con los pobres de la tierra echó su suerte a andar.
Notas y referencias bibliográficas:
- RICARDO ROQUE BALDOVINOS. “Reinventando la nación”. En: Arte y Parte, (El Salvador, Istmo Editores, 2001), p.72.
- MARTA ELENA CASAÚS ARZÚ. “La influencia de la teosofía en el pensamiento espiritualista centroamericano: Alberto Masferrer, Fernando Juárez Muñoz y Carlos Wyld Ospina”. En: Marta Elena Casaús Arzú y Teresa García Giraldéz. Las redes intelectuales centroamericanas: un siglo de imaginarios nacionales (1820-1920) (Guatemala, F&G Editores, 2005), p.96.
- “La generación del 20 en Guatemala y sus imaginarios de Nación” (1920-1940). IDEM. p. 293.
- VLADIMIR MARTÍNEZ Y OTROS. Op. cit., p.13.
- ALBERTO MASFERRER. “Doctrina del Mínimum Vital”. En: Obras Escogidas, (El Salvador, Editorial Universitaria, 1971), pp.59-60.
- ROQUE DALTON. Miguel Mármol, los sucesos de 1932 en El Salvador, (Costa Rica, EDUCA, 1982), p. 106.
- ROQUE DALTON. “Vijuemierda”. En: Las historias prohibidas del pulgarcito (México, Siglo XXI editores, 1974), pp. 103-112.
- Alegría (antes Tecapa) es una ciudad del departamento de Usulután en El Salvador, donde Alberto Masferrer nació el 24 de julio de 1868.
- FRANCISCO ANDRÉS ESCOBAR. “Santos históricos y moralistas sociales”. En: Revista de Estudios Centroamericanos (ECA), Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), (El Salvador, UCA Editores, noviembre-diciembre de 1995), p.1065.



