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Miércoles, 01 de Agosto de 2012 / 08:04 h

Discurso “light”: nueva trinchera ideológica de la modernidad (3)

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René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales, UES*

Algo similar sucede cuando se secuestra la democracia o se prostituye el discurso popular, al someterlo a intereses personales, lo cual siempre tiene efectos perversos, debido a que quien prostituye el discurso termina prostituyendo la lucha. El precio es impagable: supone renunciar a todo y a todos; supone dejarse matar en el sentido axiológico; supone dejarse alienar, en el sentido social; supone dejarse expropiar, en el sentido ideológico. El que se deja matar ya no es sujeto, es objeto; el que se deja matar ya no es historia, es folclore; el que se deja alienar por la modernidad es sustantivo, no verbo. Se es sujeto desde la vida (en tanto secuencia de principios innegociables) y, si la vida es lo que se pide como rescate, entonces el precio es impagable, convirtiéndose en una expropiación irreversible. El discurso “light” es una arenga del secuestro, ya que toma como rehén a la democracia y sus sujetos históricos, y como rescate pide renunciar a la primera y castrar el protagonismo de los segundos en el impulso de cambios sociales y jurídicos que borren la injusticia y la perversión… de garantizar eso se encarga el Art. 248 de la Constitución: “no podrán reformarse “en ningún caso” los artículos de esta Constitución que se refieran a la forma y sistema de gobierno”… amén.


La grata estrategia del capitalismo –aparte de los nudos ciegos de la Constitución- consiste en secuestrar la democracia, de modo que toda exigencia democrática quede sin soporte retórico e ideológico. Así, cuando la burguesía la secuestra junto al discurso, adquiere propiedad –o una concesión sin caducidad- sobre ellos, y los convierte en actos sin sentido ético. La democracia capitalista y su discurso se imponen “ajustando” economías (tarea que, ayer, fue exclusiva de la dictadura militar) y reordenando la sociedad en torno a valores cercanos al pillaje (fraude, manipulación, saqueo) y eso se nos vende como «vuelta a la democracia» o constitucionalidad. Lo anterior produce la paradoja moderna más significativa: el orden explotador se identifica, vía discurso, con las aspiraciones populares, hasta que éstas se convierten en su antagónico, de modo que la lucha social siempre producirá un contrasentido: se lucha contra todo aquello que se aspiraba; se lucha usando el imaginario e instrumentos de dominación del enemigo; se lucha por la democracia con los métodos que antes se denunciaban como antidemocráticos.


Cuando el discurso “light” convierte la democracia en perversocracia, el “demos” queda sin sostén, se divorcia de la política, se pelea con la ideología y, así, se llega a la tétrica situación en la que el fin justifica los medios, sin sopesar que con eso se le pone fin a la conciencia. El rico juega a ser pobre vistiéndose de blanco y luchando en la trinchera privilegiada del pobre (la calle); creando fundaciones contra la desnutrición que él mismo produce. El victimario juega a ser víctima, haciendo de la privatización una bandera popular; el reaccionario estudia a los sujetos sociales que lucharon contra la injusticia, para pervertir su historia y ganar notoriedad; el imperio juega a la democracia, mostrándose como su gendarme; la modernidad juega al progreso, manteniéndonos en el medioevo; la Constitución juega a la justicia, presentándose como acusador de oficio de la pobreza y la rebelión.


Por eso, el discurso “light” habla en nombre del pueblo, y, con él, hace referencia a un número primo, porque se divide entre él mismo o por la unidad de aquél. La democracia antidemocrática se presenta como la “voluntad de todos” cuando se viste de blanco (la burguesía la usa en su defensa cuando sus resultados le favorecen, y en nombre de ella mata su espíritu). El pueblo se queda huérfano -o chiflando en la loma- debido a que ya ni siquiera cuenta con las palabras y utopías que lo expresaban como tal y en tanto tal. Revolución ya no significa cambiar de raíz el orden establecido, sino acceder, por cualquier medio, a sus instancias de poder sin intenciones de cambiarlo, porque ha sido reducida a una “re-evolución”; el pueblo se convierte en la mejor consigna de la modernidad y en su mejor método de lucha para incrementar la apropiación cada vez más privada de la riqueza.


El discurso “light” vitorea su triunfo moderno cuando el pueblo –en un suicidio anómico- se convence de que el mercado (el patio económico que antes atacaba porque lo ataca con su ley de la competencia) es el dios verdadero, debido a que todo lo puede, todo lo resuelve, todo lo iguala, incluso al proceso educativo y a los que no son tratados como iguales por los impuestos, porque el que gana menos paga más en términos relativos; se convence de que su inercia es capaz de concretar cualquier sueño, y que no queda más remedio que rendirse ante él como ante un dios todopoderoso. Ese convencimiento es el que, no obstante ser el fraude fundacional de la democracia burguesa, lo lleva a resolver lo político por medio de negociaciones secretas o dinero –la propaganda toma el lugar de la conciencia- y, con ello, la publicidad sodomiza al debate ideológico y el canje partidario a la institucionalidad; la ambigüedad se convierte en argumento teórico; la amenaza es el código político; la compra de voluntades pervierte a la concientización; y las dádivas prostituyen al debate jurídico.


Esa sodomización se constituye en el fetiche de la modernidad (mundo virtual que vuelve virtual a la conciencia) al ungir sus ídolos para sojuzgar a los “demos”. Tal fetichismo, como si fuera otra expresión del intercambio desigual, gesta una paradoja: lo malo aparece como bueno y parece bueno; lo bueno aparece como malo y parece malo. Semejante desafinación psicosocial, lejos de producir conciencia y consolidar organizaciones en su perfil histórico, produce atomización y luchas horizontales, y por eso es la principal apuesta del discurso “light”. Dicho discurso en boca del pueblo crea un territorio vital contradictorio que, incluso, llega a ser liderado por gente de derecha; se convierte en el Caballo de Troya moderno, al colarse con permiso en su utopía hasta lograr que los ojos miren a la izquierda y los pies caminen a la derecha. Ese discurso tiene la capacidad de llevar feligreses a su púlpito idolátrico, aun a aquellos que son los cadáveres que va dejando su furiosa onda expansiva; es capaz de transformar los ideales humanos en su antítesis, por eso lo inunda todo... con el objetivo de acabar con todo desde sus propias entrañas.


*renemartezpi@yahoo.com

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