Este día se recuerda a los mártires del 30 de Julio. Foto Diario Co Latino/Archivo
Zoraya Urbina
Redacción Diario Co Latino
El 30 de julio de 1975, jóvenes armados con palos llenos de clavos para evitar el paso de vehículos y toallas con bicarbonato, por si les tiraban gases lacrimógenos, se enfrentaron con tanquetas, fusiles y la saña del ejército, que se suponía debía velar por los derechos de la población, todo por defender su libertad para expresarse y denunciar un régimen que sólo representaba a una minoría del país.
El desigual encuentro, que tuvo como escenario las calles de San Salvador, dejó un saldo de siete muertos, cientos de heridos y otro tanto de desaparecidos, de los que hasta hoy, no hay un dato certero, explica Roberto Cañas, quien participó en la marcha y uno de los firmantes de Los Acuerdos de Paz.
En un evento organizado por la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador se recordó a quienes ofrendaron su vida ese día. La institución, mediante su Centro de Memoria Histórica, realiza mensualmente foros para mantener viva la lucha de los que lucharon y murieron porque soñaron con un mejor país.
Ricardo Argueta, uno de los ponentes del encuentro, indica que en la Universidad Nacional se congregaron universitarios y otros jóvenes que los apoyaban. En el camino otros se les unieron. Nadie imaginaba la brutalidad que ese día, como tantos otros, impondría la Fuerza Armada, dirigida por Carlos Humberto Romero, durante la dictadura de Arturo Armando Molina.
Cañas dice que para entender ese día, se debe conocer el contexto previo. A inicios de la década de los sesenta, Fabio Castillo, rector del alma máter, invirtió en la universidad, en el cuerpo docente, equipó con lo último de la tecnología, amplió la biblioteca, porque consideraba que los salvadoreños podían destacar en el ámbito profesional, si tenían las herramientas adecuadas para su formación.
Previamente, Castillo había impulsado, junto a María Isabel Rodríguez, actual Ministra de Salud, una ambiciosa reforma en la Facultad de Medicina de la Universidad, lo que benefició a la comunidad de esa época.
Gracias al empuje y a las reformas que impulsó en la educación en el país, Castillo, líder en esos años, fue candidato a la Presidencia de la República en 1967, contienda que perdió de manera fraudulenta, frente a Fidel Sánchez Hernández, militar también impuesto por la oligarquía del país. Este y otros hechos, incendian las almas de los jóvenes por el descaro con que se imponen los Gobiernos militares y por la represión que los acompaña.
El 19 de julio de 1972, el ejército se toma la Universidad y la saquea, durante el tiempo que la tienen ocupada. Según Cañas, por pocos colones (la moneda salvadoreña) se vendió equipo y materiales que habían costado miles de colones. Los libros, especialmente los de pasta roja, fueron quemados en sendas hogueras por los soldados. “No puede entenderse el 30 de julio de 1975, sin el 19 de julio de 1972”, recalca.
Los estudiantes se quedan sin su centro de estudios, son vigilados y
atemorizados, y así comienza a fraguarse la insurrección que culminaría con la guerra civil salvadoreña.
El malestar continúa, cuando en julio de 1975, el Gobierno reprime a los estudiantes de la Universidad, filial Santa Ana, después de un desfile bufo. “Nos temían, en ese tiempo los desfiles bufos, “la jodarria”, que era una mezcla de crítica satírica y “jayanada”, eran temidos, no les gustaba porque eran críticas fuertes, que daban risa, pero que mostraban la realidad de la represión de entonces”, recuerda Cañas.
Coincidió que en esos días, el Gobierno quería vender la imagen turística de El Salvador, con el slogan del “País de la eterna sonrisa”, para lo que se organizó el concurso Miss Universo, como una forma de promoverlo. La tiranía militar no quería que nada empañara ese festejo.
El 25 de julio, en la 25 avenida Norte, soldados con tanquetas, armados hasta los dientes, esperaban a los estudiantes, quienes a la altura del paso a desnivel, por el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), buscaron cómo huir por la alameda Juan Pablo II, pero también ahí habían militares.
Unos se tiraron del paso a desnivel, con lo que se fracturaron, como le ocurrió a Mirna Perla, quien fue esposa del desaparecido líder Herbert Anaya Sanabria; también fue Magistrada de la Corte Suprema de Justicia. Según relata, se fracturó una pierna al saltar para huir de una muerte inminente.
Otros, que intentaron escalar la pared del Seguro, resultaron heridos por la Fuerza Armada; otros lograron entrar en la institución, donde algunos médicos les prestaron gabachas blancas para que escaparan haciéndose pasar por galenos, recuerda Cañas.
La jornada sangrienta quiso ser borrada por el Cuerpo de Bomberos, que esparcía agua en las aceras manchadas con la sangre de las víctimas. Pero la dictadura, que tantas veces asesinó a población inocente, no logró su cometido, porque, por callar con las balas, le dieron más fuerza a estos mártires. “Lo mismo ocurrió con Monseñor Romero, lo asesinaron para callarlo y lo que hicieron fue que su voz sonara más fuerte”, subraya Cañas.
Mauricio Turcios, del Centro de Memoria Histórica de la CDHES, dice que recordar estos hechos es una manera de dignificar a las víctimas, como primer paso en el camino de la reparación moral. “Al hacerles justicia, estamos evitando que estos hechos se repitan”, concluye.



