Diario Co Latino | www.diariocolatino.com

Viernes, 27 de Julio de 2012

El “teatro guanaco”

Ramón D. Rivas*

El ser humano y su medio social se estudia constantemente para ver la interrelación existente y mejorar lo que no va bien…, pero ¿qué podemos esperar en culturas y sociedades como la nuestra en donde  investigar es visto por muchos personajes que dirigen el destino de los centros de educación superior como relativo a perder el tiempo y se enfrascan en repetir y hacer lo que hacen todos? Este tipo de afirmaciones y situaciones, en vez de contribuir, generan más acomodo; y si vemos las investigaciones y estudios que se llevan a cabo por parte de las instancias de educación superior en nuestro país, nos quedamos cortos. Se cree que las investigaciones se tienen que hacer en una semana; se cree que hacer investigación es solo pasar encuestas. Muchas instancias de educación superior ven la investigación como que se tratara de ‘echar tantas pupusas revueltas, tantas de chicharrón y tantas de queso a un comal’. O es que no saben o es que están jugando con el destino de la nación. Todos los centros de educación superior ofrecen diplomados, y abundan en los medios las ofertas y todo es de lo mismo. En su poca lucidez de futuro, de intelectualidad, y acostumbrados solo a “hacer dinero”, muchos que dirigen los centros de educación superior se alegran y se sienten afortunados solo con la idea que están formando bastantes administradores de empresas y licenciados en ciencias jurídicas y otras cosas pero es más de lo mismo. Estudiar teología como que ya es una moda en un país en donde la gente se mata a diestra y siniestra. Y es que universidades que en el pasado se lucieron por enseñar a conocer la realidad de nuestro país y a cuestionarla hoy son otra cosa. Estudiar ciencias sociales, como debe estudiarse, como que puede llevar a los jóvenes a la reflexión; y, entonces, es mejor no hacerlo. Y los profesionales son los mismos que se quejan de su mala suerte en los negocios; pero por ningún motivo atribuyen los fracasos a su poca visión de futuro, a la coyuntura nacional, al descontento social, a la violencia, al mal manejo de aquellos que dirigen la política; pero sí retienen fechas en las que acontecieron sucesos, cuando todo iba bien y que hoy ya son sin importancia, pues, la sociedad y la misma cultura cambia, se transforma, y hasta el mismo individuo también. Hay en nuestro país una crisis de identidad cultural; una crisis social que se vive, y se ha vivido, pero además hay un modelo mercantilista y globalizante que exige no una sociedad de valores, sino una sociedad de consumo. Eso es lo que fomenta hoy  en día el sistema educativo del país. Es más, nos encontramos, a la vez, con una religión que tampoco llena a muchos y hace que los creyentes partan en desbandada y se amparen en seudo pastores de televisión y radio, que hoy abundan por doquier. Una religión que espanta jóvenes de las misas, ya que sus líderes religiosos —y empezando por sus obispos— hablan un lenguaje impositivo en lo que la gente tiene que hacer; y punto. Una religión que irrespeta las tradiciones, el patrimonio edificado y el sentir del pueblo y que, quiere enseñar verdades únicas cuando la experiencia enseña que todo fundamentalismo es alimento para fanáticos; y que en vez de aportar a la nación crea confusión y obstruye procesos. Es como que los líderes religiosos trabajan solo para ganar protagonismo se olvidan de consultar a los viejos religiosos, quienes, a lo mejor con sus años de experiencia, ya han pasado por lo que ellos están pasando y haciendo. Pero también hay de eso viejos religiosos en nuestro país que en vez de construir procesos destruyen. Es nuestra sociedad que como que ha vuelto a la edad media y ahora se habla de “milagros” y de conversión de pecadores. ¿En qué mundo estamos?  No puede se que en una sociedad sufrida como la nuestra estén a punto de legalizar el delito, el crimen. Vivimos en la cultura del ajetreo en donde ya no hay tiempo de pensar, de reflexionar: ¿cómo y qué?, y sobre todo ¿por qué? ¿Qué es lo que hago aquí? ¿Cuál es el fin de mi vida? Y es precisamente por eso que se toman decisiones, ya sea en los ambientes micro o macro, que a corto o largo plazo redundan en fracaso. Por eso fracasan las instituciones y llevan al fracaso a individuos que, a lo mejor, tenían buenas ideas y viceversa. Ya no se consulta. Solo se dice lo que se tiene que hacer. A esa cultura hemos llegado bajo el lema del ‘rendimiento y la efectividad’. ¿Cuál rendimiento? ¿Cuál efectividad? Resentidos sociales son los que crean esas iniciativas. Los proyectos ahora existentes redundan en una tendencia a olvidar el pasado; enseñan a la generación actual a olvidar con demasiada facilidad aquel  pasado que no conviene, tal como los gritos de los muertos y desaparecidos con todo signo de impunidad ocurridos en nuestra sociedad; el drama del campesino y la campesina y los indígenas  reducidos al silencio, viviendo ahora en la gran ciudad en  espacios urbanos que dejan mucho que desear. Esta situación genera mayor marginación, soledad y frustración. A pesar de todo, los partidos políticos toman como bandera el desarrollo, el rescate de los valores morales, revolucionarios, nacionalistas y cristianos y otra serie de discursos  prometedores, como “el cambio”. La realidad es diferente. Se recurre al patriotismo y al espíritu de trabajo; del “ser y buen salvadoreño”. Pero, hay violencia social y ésta se manifiesta en todas partes; es un  horror hecho costumbre, hecho tradición, y se hace cultura. Y erradicar ese tipo de cultura no es fácil. Pero sí se puede. La pobreza y la paralización de la voluntad de lucha contra “la trampa de la globalización” —que ni mata ni libera pero si pone en ventajas económicas a otros— es cosa seria. La desesperación es un hecho latente que se siente. Pero, no tenemos que olvidar que también hay salvadoreños buenos, trabajadores honestos, con ideas, anhelos, y que quieren seguir adelante, y van a seguir adelante, aunque sea contra viento y marea. Hay buenos salvadoreños y orgullosos de su patria; críticos, inteligentes, connacionales que no les cala nada. Y por ellos yo brindo y los aplaudo; pero también por los otros, pues son víctimas. Pero hay que detestar a los tramposos…, el “teatro guanaco”. El problema es cuando se  generaliza. En definitiva, los estereotipos de salvadoreño, aquí descritos en forma en la primera parte de este artículo, son los que nosotros nos encontramos a diario en los buses, en la calle, en los mercados, en la iglesia, en el estadio, en las oficinas privadas y de gobierno, en los chupaderos y hasta en los centros de educación superior. La lógica estaría en exprimir toda esta gama de prototipos, muchas veces frustrados, en su propio medio, para juntos construir un individuo que, inmerso en el contexto social, sea capaz de valorarse por lo que es y que desarrolle sus propias potencialidades —pero ya libre de prejuicios—. Y esto solo lo da una sociedad sana e incluyente.
 
* Director del Museo Universitario de Antropología de la Universidad Tecnológica de El Salvador.




© 1890-2008 Diario Co Latino | Todos los derechos reservados.
Publicación de la Sociedad Cooperativa de Empleados de Diario Co Latino de R. L.
23 Avenida Sur No. 225. San Salvador. El Salvador C.A.
Tel.: (503) 2222-1009 ; (503) 2271-1303
Fax: (503) 2271-0822
--
www.diariocolatino.com
info@diariocolatino.com