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Martes, 24 de Julio de 2012

Opinando sin política N° 696

Eduardo Badía Serra

De nuevo, como suele suceder siempre en nuestro país, al problema suscitado entre la Corte Suprema de Justicia y la Asamblea Legislativa se le quiere dar un carácter político. El problema es político, dicen algunos, y por lo tanto requiere una solución política. Ello, por supuesto como sabemos, significa simplemente un arreglo entre los partidos, una especie de toma-y-daca, en el que cada quien sostiene sus intereses, y todos felices y contentos. Ya el Señor Presidente de la República ha anunciado que esta misma semana convocará, fíjese usted a quien, a los partidos políticos, para dar una salida a este conflicto, uno de los más groseros acontecimientos ocurridos en el país en muchos años. El Señor Presidente justifica o basa su acción en lo que he apuntado: El problema es político, y por lo tanto requiere de una solución política, la cual significa, en sus mismas palabras, mediar entre los partidos políticos y los magistrados……., y entendiendo, por supuesto, por política, la política partidista. Más bien, yo estimo que el problema tiene a su base una causa eminentemente jurídica, la falta de cumplimiento por parte del Órgano Legislativo de dos sendas sentencias de la Sala de lo Constitucional, y por supuesto, este problema de carácter jurídico provoca efectos de naturaleza política. Si vamos a la causa, debe primero resolverse el problema jurídico, para luego entrar en la consideración de sus efectos políticos. No de otra manera. Y resolver el problema jurídico pasa por el cumplimiento, sine-qua-non, de las sentencias aludidas.
Yo no logro comprender porqué en el país se quiere reducir todo a lo político, y esto más, como he dicho, a lo político partidista. Estamos ante una especie de reduccionismo absoluto, dogmático, que nada bueno trae a los intereses de la población. En el caso que nos ocupa, indudablemente que hay en su trasfondo una clara intención de dominio del Estado por parte de algún o de algunos partidos. No hay duda de la intención, peligrosa y maligna, de copar los dos órganos principales del Estado, para poder con ello ejercer dominio total sobre sus acciones. Sí. Pero en este caso, el pretexto utilizado ha sido un problema de carácter legal, y entonces debe este ser resuelto previamente. De otra manera, seguramente, y puedo afirmar esto con absoluta seguridad, pronto se llegará a  un arreglo entre los intereses de unos y otros, cediendo un poco aquí y ganando un poco allá, arreglo que no resolverá el asunto de raíz, y que por lo tanto, permitirá su resurgimiento más temprano que tarde. Esta costumbre de buscar salidas a los problemas sin resolverlos de raíz se ha entronizado entre los políticos nacionales. Ello les permite seguir en su juego de intereses, pero para nada resuelve realmente los problemas de la gente y del país. En verdad, ha sido tanta la verborrea que hemos escuchado en las últimas semanas sobre este penoso asunto, que cabe bien la respuesta que dio Sócrates al sofista, cuando este le espetó diciéndole, aburrido por sus continuas referencias a la insuficiencia del lenguaje, “Pero Sócrates, es muy aburrido escucharte; siempre andas diciendo lo mismo sobre las cosas”, a lo que el filósofo replicó tranquilamente: “Pero vosotros, sofistas, que sois tan listos, talvez jamás decís lo mismo de las mismas cosas”. Efectivamente, en este caso hemos escuchado a tanto sofista decir la misma cosa de tantas maneras diferentes, que la confusión está ahora a lo largo y ancho de nuestro pequeño territorio. En verdad, la situación es clara: La única solución posible, no la única salida, no el único arreglo, sino la única real solución, es dar cumplimiento a las sentencias emitidas por la Sala de lo Constitucional. Lo demás será arreglo bajo la mesa pero no solución.
Este problema en el que nos encontramos ha trascendido ya las esferas de lo jurídico y de lo social, debido a la inaceptable posición sostenida por los partidos, (y aquí me refiero a todos, sin excepción), y ha entrado ya en el ámbito de lo moral. Ya no es tanto un problema legal o político, sino moral; es asunto de legitimidad, de legitimidad en la acción. Ello lo torna más grave aun, porque cuando el hombre pierde su autonomía en el pensar y en el actuar, y procede de manera heterónoma, pierde su libertad y se convierte en un esclavo de quienes piensan y actúan por él. Como es una cuestión del deber, debo reclamar de nuevo entonces, a nuestras instituciones académicas, la Universidad de El Salvador sobre todo, a nuestros colegios y asociaciones profesionales, a las instituciones que se dicen ser representantes de nuestra cultura, y a las Iglesias, su deber de manifestarse, y claramente, no como el sofista adversario de Sócrates, porque como dice nuestro dicho popular, quien calla, otorga. Yo continúo sosteniendo que la solución está en que se de cumplimiento a las sentencias de la Sala de lo Constitucional, porque la justicia está sobre la ley, y ante el dilema entre ambas, como se manda a los abogados, estos deben optar por la primera. “Sé justo en palabras y obras”, decían los pitagóricos. Pues bien, ser justo en este caso significa reconocer y respetar lo que la ley manda, y no lo que interese a los políticos, quienes, ya verán ustedes, estimados lectores de Opinando sin Política, pronto se sabrán poner de acuerdo esta semana, dando salida al problema, pero no solución.
Este caso nos ha hecho ver actos bochornosos, vergonzosos, condenables, actitudes reprochables de parte de los que se dicen representantes del pueblo. Mala imagen la que ha dado el país al mundo entero. Es hora de la reflexión, urge la reflexión. Dudo que esta se de, pero hay que decirlo.
Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea; quien tenga mente para comprender, que comprenda.
Pueblo, ¡rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡levántate y anda!
¿De política? ¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando si Co Latino me lo permite.



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