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El Salvador, Miércoles 22 de Mayo de 2013
Última actualización : 22/07:44 h.

Martes, 24 de Julio de 2012 / 08:56 h

Juventud y esperanza

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José M. Tojeira

En medio de las dificultades de nuestro país la juventud nos ofrece esperanza.


No por las frases hechas y excesivamente repetidas, que insisten en que los jóvenes son el futuro de la patria. Esas frases generalmente no tienen más sentido que el de apartar a los jóvenes de las temáticas del presente y remitirles a un futuro indeterminado, en el que ya no estén mandando los adultos que dominan este presente que desearían indefinido. Sin embargo los jóvenes de hoy no creen que su futuro esté en ese más allá temporalmente lejano que ofrecen quienes dominan un presente en muchos aspectos miserable. La juventud salvadoreña está creando historia; no se contenta con esperar el porvenir, sino que se vuelca a participar en el presente, de nuevo con entusiasmo y capacidad crítica.


Y esa historia la están creando incluso aquellos que con frecuencia fueron satanizados (hoy más en clima de diálogo), que en su momento tomaron el camino de la delincuencia. Sin quitar el mérito a mediadores y mediaciones, los jóvenes mareros han llevado el peso de lograr acuerdos y han conseguido rebajar el terrible y trágico índice de homicidios que, hay que decirlo, sigue todavía con proporciones de epidemia. Han sido mayoritariamente los jóvenes los que decidieron emigrar y enfrentar la terrible dureza de un camino en el que muchos dejaron la vida o perdieron la esperanza. Jóvenes  que, ya ahora de adultos, están salvando nuestra maltrecha economía con sus remesas. Y son hoy jóvenes profesionales y estudiantes aplicados los que se muestran críticos frente a una situación que de ninguna manera es positiva para nuestro país. Pero que al mismo tiempo participan en voluntariados, cooperan con toda causa noble de desarrollo, ponen su generosidad y su esfuerzo ante cualquier emergencia.


Los partidos políticos, en cambio, tienden a mantener en sus estructuras de mando a figuras demasiado tradicionales y con frecuencia gastadas. Los jóvenes que incluyen en puestos de trabajo no suelen ser ni los más creativos ni los más inteligentes. Al contrario, con frecuencia se percibe en los partidos una tendencia a desconfiar de la capacidad crítica de la juventud. Los obedientes al que manda suelen ser los mejor considerados, olvidando que la obediencia complaciente no es la mejor virtud juvenil. En la empresa privada, al menos en las estructuras que la representan públicamente, tampoco brilla la originalidad. Mientras las ideas neoliberales han pasado ya al archivo del pasado trasnochado, al menos en el campo académico, los representantes de las gremiales tratan los temas económico-sociales con una simpleza alucinante. Sus asesores son incapaces de hablar de impuestos sobre el patrimonio o simplemente del impuesto predial con un mínimo de racionalidad eficaz. Y les encanta exhibir a jóvenes plásticos que repitan sus mismas nimiedades ideológicas. Jóvenes de pantalla y propaganda, en vez de capacidad joven renovando estructuras caducas.


Frente a esta especie de letargo acrítico en el que empresarios y políticos quieren sepultar a los jóvenes, éstos se lanzan a la acción con una dosis de independencia interesante. Les interesan más las voces críticas y reflexivas que los discursos emanados del poder, sea éste político o económico. No se limitan a discutir sino que se comprometen con una acción inteligente. Los voluntariados tienden a crecer. La energía de los jóvenes del TECHO, hoy en su campaña de recolección de fondos, muestra a una juventud que se lanza al diálogo con toda la ciudadanía sabiendo que la pobreza sigue siendo en El Salvador el problema estructural más grave. Estos jóvenes tienen una clara conciencia de que construir viviendas, al mismo tiempo que dialogan e implementan planes de intervención en pro del desarrollo comunitario, es un paso hacia la victoria contra la pobreza injusta que sigue golpeando al país. Y como ellos, otros muchos grupos de jóvenes se lanzan a voluntariados en los que el refuerzo escolar, la atención y apoyo a enfermos y ancianos, la experiencia de las necesidades ecológicas de nuestro país, o el apoyo a economías alternativas, los conecta con las necesidades más perentorias de nuestro país.


Esos jóvenes dan una profunda esperanza respecto a nuestro futuro. Porque que se están convirtiendo ya en presente de nuestro país, incluso en estos tiempos de crisis democrática gerenciada por adultos. Su visión es menos ideológica pero más pragmática. Tienen un alto bagaje intelectual, de hecho bastante superior al de los políticos y al de los empresarios parlanchines que están ahora de moda. Tienen diferencias ideológicas pero saben arreglarse entre ellos. Y no al estilo mafia que con tanta frecuencia vemos, sino pensando en las necesidades de los pobres y buscando eficacia en sus proyectos de desarrollo. Tienen un estilo distinto y ciertamente muy prometedor. Dar paso a estas nuevas generaciones que se están fraguando, es también impulsar soluciones para este nuestro herido país. Y es sobre todo reincorporar confianza en nuestro futuro.


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