Fotos y texto
Guillermo Martínez
Luego de dos días experimentando grandes emociones en el norte hondureño, visitando reservas naturales, observando vida animal y vegetal en su estado natural y experimentando altas dosis de adrenalina en los rápidos del rio Cangrejal, aunque cansados, todavía teníamos suficiente energía para seguir disfrutando de los maravillosos paisajes en tierras hondureñas.
Temprano en la mañana del tercer día, salimos hacia Sambo Creek, un poblado garífuna situado en la costa caribeña de Honduras, desde donde partiríamos a Cayo Cochinos, un grupo de 15 islotes situado a 26 kms desde la costa.
Salimos en una rápida lancha para turistas, internándonos en las aguas de color azul intenso del Caribe.
45 minutos después, llegábamos a Cayo Menor, en donde los encargados de proteger el lugar reciben a sus visitantes con una pequeña charla sobre conservación.
Luego de registrarnos en la isla, partimos hacia una serie de pequeños islotes en las que se pueden ver cabañas de madera utilizadas con frecuencia por pescadores garífunas que las utilizan como refugio mientras realizan sus faenas en el mar.
Cayo Mayor por el contrario, es una isla mucho mas habitada y donde se pueden observar residencias, con muelles construidos para recibir yates.
El mediodía se acercaba y en un islote conocido como Chachahuete nos esperaba un delicioso almuerzo típico del lugar, como una mariscada hecha con coco, pescado frito, rodajas de plátano tostado, entre otras delicias marinas, en uno de los pequeños restaurantes del lugar llamado Labinira Baingiu o Bendición de Dios en garífuna.
Satisfechos partimos hacia Cayo Menor a practicar snorkel, cerca a una de sus deshabitadas playas nos introdujimos con ansias dentro de sus aguas calmas, cristalinas y turquesas. Casi de inmediato, observamos a unos 8 metros bajo nosotros, una increíble cantidad de vida marina que inunda de movimiento y color los arrecifes coralinos del lugar, el segundo más grande del planeta.
Regresamos a Sambo Creek a media tarde, todavía asombrados de lo que habíamos visto y experimentado. El viaje continuaría al día siguiente, nuestro siguiente destino sería Copán Ruinas, por lo que nos despedimos del norte y caribe hondureño con la sensación de que en un futuro regresaríamos y que aún quedaba mucho por conocer. Esa noche la pasamos en San Pedro Sula.
Temprano en la mañana partimos hasta Copán. La primera impresión es de asombro al percatarse de la inmensidad de Copán Ruinas. La ciudadela posee estructuras de alrededor de 30 metros de altura y una extensión aproximada de 24 kms cuadrados, que en sus mejores días albergo a unos 21,000 habitantes.
Esa tarde solo pudimos visitar el Patio Occidental debido a una fuerte lluvia;, el que posee dos grandes pirámides, conocidas como el templo 1 y templo 2, en el que de acuerdo a las investigaciones de Ricardo Agurcia y William Fash, arqueólogos de Copan, se realizaban rituales y sacrificios.
A la mañana siguiente y bajo un fuerte sol el primer lugar que visitamos fue la Gran Plaza, en donde se encuentran una serie de estelas que cuentan la historia y hazañas de los antiguos gobernantes de Copán, como Humo Jaguar o 18 Conejo.
A un costado de este patio, donde de acuerdo a los guías se realizaban sacrificios humanos, se encuentra un complejo que por su tamaño y dimensiones deja impactado al visitante, como las escalinatas del templo 11, que llega a los 30 metros de altura o el templo de la Escalinata Jeroglífica.
Pero uno de las construcciones más impresionantes de Copán es la conocida como Rosalila, una edificación que es la muestra mejor conservada de la arquitectura de Copán, que fue descubierta casi intacta en 1989, en los túneles de Copán, específicamente en las entrañas de la estructura 16. Esta edificación es un ejemplo de los colores intensos que utilizaban los mayas en sus edificios.
Horas más tarde el viaje llegaba a su fin, pero lo que no finalizaba era el deseo de regresar a estas maravillosas tierras hondureñas.



