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El Salvador, Sábado 25 de Mayo de 2013
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Viernes, 13 de Julio de 2012 / 08:07 h

El “teatro guanaco”

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Ramón D. Rivas*

Si nosotros, los “guanacos”, tuviéramos la oportunidad virtual, o ficticia, que nos diera la facilidad de mezclar todas las formas de la diversidad de pensamiento salvadoreño, con el solo fin de obtener un prototipo promedio de lo que somos —algo así como si nos colocáramos frente a un espejo—, probablemente lo lograríamos. Pero lo importante de saber es que en sociedades con un trasfondo histórico de subyugación es el individuo mismo el que ha tenido que valerse para poder salir adelante; y esto es  todo lo contrario a lo que sucede en otras sociedades en donde el Estado tiene, hasta cierto punto, una especie de compromiso para con el individuo. En esas sociedades, el Estado mismo ayuda a fortalecer y consolidar la familia, en tanto sostén principal de la sociedad. En nuestra sociedad, por el contrario, se propicia la desintegración familiar, obligando y hasta promoviendo la migración de connacionales, llevándola a convertirse en generadora de una diversidad de vicios y toda clase de patologías sociales. La misma sociedad crea individuos hasta con características caricaturescas nada saludables para ella. Dígase: aquellos que se consideran y manifiestan desafortunados o afortunados,  solemnes, optimistas, incrédulos, memoristas, vanidosos, indiscretos y —como leía en un panfleto— hasta “los pendejos con iniciativa, que son los que tienen la manía de hacer  grandes proyectos y que a veces en su forma de ser se manifiestan como elocuentes, y con esa actitud llegan a persuadir a mucha gente”. En la realidad son otros. Yo diría “pajeros sociales”; y de esos hay muchos en nuestra sociedad.  Pero los que abundan en nuestro país son los  solemnes  con sus características teatrales, pretendiendo disimular su condición, engalanándose a su vez y dándose aires de grandes señores; pero, sin embargo, se los descubre, desde muy lejos, de dónde vienen y hacia dónde van. Estos también abundan en nuestra sociedad, y se localizan, por lo general, entre ejecutivos, políticos y usureros del pueblo; y que son, en sí,  muchos salvadoreños en uno solo; dígase: frustrados, incultos, bebedores, machos,  enfermizos, alienados, resentidos sociales,  religiosos truqueros de parque, extorsionistas,  tramposos, trasnochadores, nacotraficantes, pandilleros, transaros, mentirosos, —que niegan su identidad—, vividores, los emigrantes y su historia social, intelectuales, pordioseros, mediocres, los que nunca pierden, jergones, esquizoides, homosexuales en una sociedad que no los entiende ni comprende,“sabelotodo”, mujeriegos, “busca putas”, prepotentes, patológicos, los que acompañan velorios; y ese que “quiere a su país”—parodiando a Roque—. Pero también tememos a los honestos, aunque sean pocos; los que quieren su país y de verdad, y no con fanatismos o nacionalismos peligrosos. Ese que está fuera, que ha emigrado, pues el país no le ofrece nada, solo problemas. Ese ser humano consciente y preocupado por su familia; los suyos que se han quedado, y la relación que mantiene con estos por medio del envío de las remesas, que siguen y siguen llegando. Todos estos estereotipos son el prototipo de una sociedad machista y dominada, conjugada en el pasado y en el presente, pero que a su vez trata de proteger y sacar adelante lo único en quienes confía: su familia. Aunque esta se encuentre desintegrada, lo hace con dinero y sembrando la esperanza que un día volverá. ¿Cuándo…? Muchos han muerto con esa esperanza, y otros ya están muertos en vida. La esperanza de volver se hace realidad alguna vez, y cuando vuelven llegan a una patria, a una sociedad que han idealizado por años; a una sociedad que ya no conocen; a una sociedad que, al llegar, los ve con otros ojos. Se trata de una sociedad que no les ofreció lo que era necesario para subsistir: dignidad, trabajo, calor humano…; una sociedad que los tiró al extranjero…; una sociedad  subyugada y muchas veces sin esperanza en la que el único anhelo era marcharse. Para otros, es huir o emigrar a otro país que le ofrece lo que aquí no encuentra, con la única esperanza de salir de la cultura de la pobreza y alcanzar, aunque sea un poco, la dignidad que nunca encontró, que le fue negada. ¿Por qué para muchos compatriotas hay que tener que salir del país para poder superar la pobreza material y humana? Por esto se logra entender por qué hay muchos connacionales que siguen, desde lejos, amando a su país, lo idolatran, lo veneran; pero, sin embargo, no quieren volver; y otros, es más, hasta reniegan de su nacionalidad y de sus orígenes. Año 2012: el país se debate entre una miseria social, política e ideológica, pero también hay miseria material. Hay también aprovechamiento de ese vacío existencial existente en muchos y que es acorde con una época de cambios, pero en donde la conducta y, por ende, el malestar del ser humano no es tomado en consideración. Es como que la sociedad y el individuo que la conforma tienen que vivir y alimentarse de demagogia, de farsa, y sobrevivir a la violencia social y cultural. Las migraciones—y con ellas las remesas—, ya desde hace varios años, han  sacado las verdaderas garras; y la sociedad no está preparada para afrontar todo lo que de ellas pueda surgir. Desde hace muchos años se hubiera invertido, en el país, en el desarrollo humano e investigar las implicaciones que están teniendo las  migraciones en los diferentes ámbitos de la vida nacional. En otros países se  toma en cuenta los resultados de las investigaciones de las universidades. En nuestro país, paradójicamente, son los diputados quienes muchas veces, sin estudios que los respalden, hacen propuestas y son aprobadas por ellos mismos. Continuará…
 
* Director del Museo Universitario de Antropología de la Universidad Tecnológica de El Salvador.

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