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El Salvador, Sábado 25 de Mayo de 2013
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Miércoles, 11 de Julio de 2012 / 08:36 h

El espejo roto (3)

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René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales –UES.*

Quiero volver las palabras atrás, empujarlas a su origen, hacer que tus pies vuelvan sobre mis pasos, llegar hasta el instante preciso en que, por hambre, la niña aceptó el precio, para decirle que no lo haga; para golpear con los puños de ellos al oloroso usurpador de tesoros pobres. Cuando vi que mi papá estaba serio, supe que su último deseo fui yo. Estaba serio para conjurar el ruido, mi ruido; para detener las ruedas del triciclo que delataban mi sombra y tu cobardía.


Antes, cuando yo eras tú, recuerdas cómo nos quedábamos horas y horas viendo a las mujeres desnudas que nos coqueteaban desde las páginas ilegibles, amarillas de tanto sol lácteo, de las revistas que, recatadas, colgaban en los kioskos de la Plaza Morazán y del Parque San José, parapetadas en la última novedad de los pasquines de Archie, el Fantasma y la Hermelinda Linda. Jamás supimos de dónde venía ese agudo dolor nocturno que nos despertaba a mediodía. Fue entonces que aprendimos a mirar y no tocar, sin saber que eso te marcaría la vida, hasta convertirte en una piltrafa ingenieril que lo acepta todo sin meter la cara. Entonces supimos, yo más que yo, de la soledad del dicterio y de la contemplación solidaria, y supe que la tristeza se parece mucho a los bolsillos vacíos del calzoncillo roto. La tortuga despedazó su imagen de plástico, la hizo añicos, y, desde entonces, arrastra sus patitas, camina lento, como si la vida le doliera. El hombre se llevó a la niña sólo porque tú tienes dinero y ella tiene hambre y yo no puedes detenerlo, aún cuando ponga mi cuerpo enfrente. No me gustan los triciclos. Los triciclos son los juguetes más tristes del mundo, porque no pueden alcanzar a nadie, ni asustar a los perros sarnosos, ni gritar te quiero con sus cadenas herrumbrosas.


¿Ya te acordaste de ti, verdad? Si te ves en tu espejo roto, verás que una de esas imágenes paganas soy yo, y la otra eres ellos, y las dos somos usted. Estoy tentado a decirme a mí mismo: mí mismo, si no mejoras en el uso de los adverbios de lugar y de los pronombres, va a llegar un momento en que serás una víctima ayudando al victimario, porque dejarás de ser un tú al creer que eres un ellos. Siempre fuiste un poco pendejo para aprender, y eso lo superaste haciéndole creer a los demás que sabías de todo, cuando en realidad no sabías nada y no te dolía el pecho porque yo tenía un eco sostenido. La tortuga estuvo horas viendo el muro; parecía que extrañaba el mar y el sol que no tuvo tiempo de amar porque, sin esperara a nadie, esconde sus pasos en las olas. Sus diálogos conmigo son una especie de esgrima visual: la miro, me mira, la miras. El hombre le maniató las manos a la niña (ves cómo la torpeza del pronombre afecta todo lo demás con sus esquirlas filosóficas) con las rosas que dejaron tiradas. Sólo el llanto se ve a través de su camisa de marca; mis pasos no los alcanzan porque la cultura del diablo es celestialmente infalible. ¿Cómo evitar que se la lleve si la página te lo impide a nosotros? ¿Cómo detenerlo si hace tiempo que perdí tus pies jugando al cuartillo de aceite con las esperanzas ajenas? Los gritos y el asco retenido se confunden en una sola lágrima; la nuestra.


La tortuga está feliz de ser sólo ella en mi jardín. La niña volvió a la esquina a vender sus rosas y todo lo demás que tiene, eso que ahora apesta a olor caro y a aliento excrementoso. Se ve mucho mayor que ayer: tiene el pelo estropeado por las sábanas cómplices, y sus manos temblorosas sostienen rosas sin pétalos ni colores, ni olores, como tú sostienes pasados sin recuerdos. Le duelen tus piernas de tanto forcejear. Tiene los ojos tristes, por eso no sabe de espejos, igual que mi tortuga que no vio familiar la imagen de plástico que le pusiste. Más allá de ellos, de esos actos fatales que yo hago con tus manos que ya no saben ver, sólo queda el nombre: el tuyo y el mío y el de ellos, cuando son nosotros. En el monte desapareció alguien, y desapareció con él todo rumor humano de mañana. Pareciera que en ese lugar jamás vivió y luchó gente alguna en los próximos dos siglos. Es más, cualquiera estaría seguro de la virginidad unánime de esos montes mancillados, de no ser porque en ellos se encuentra enterrado un triciclo, a cuyos pedales llega una tortuga a beberse las lágrimas que brotan de sus flecos, que ya se cansaron de llorar la ausencia.


Ya me siento mejor; si me preguntas mi nombre, inmediatamente te contestaré que son las 8 de la tarde. Estoy mejor porque, al final, las flores se arman de coraje y cumplen su promesa. Buenos días, me dice la tortuga, y yo le recuerdo que es hora de dormir. Y entonces cierro mis ojos para que tú te despiertes.

*renemartezpi@yahoo.com

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