Eduardo Badía Serra
Pues bien, ciertamente había en San Salvador sitios muy arraigados en el pueblo a donde este concurría a departir mientras tomaba sus alimentos. Es la esencial diferencia entre lo que significa comer y lo que significa alimentarse. Comer es un acto cultural, en el que, a la par que uno se alimenta, departe, comparte, construye identidad de nación, da sentido a su pertenencia, en una palabra, se es. Es también la medular diferencia entre el ser y el ente, que desde los griegos antiguos y particularmente desde Santo Tomás y principalmente con Heidegger viene constituyéndose en el problema de la filosofía. Antes, el salvadoreño comía, y eso le ayudaba a cultivarse; ahora simplemente se alimenta, en un acto rápido e insustancial, y casi siempre con comida chatarra. Vamos así perdiendo nuestra propia condición de ser y transformándonos en pueblo alienado, sin costumbres ni tradiciones propias. Así es, por más que los intelectuales lo expresen con laberintos de palabras que nadie entiende y que nadie necesita entender. Hemos recordado esas preciosas jornadas en el Cafecito España, con sus tamalitos y su humeante café, en el Bella Nápoles, aun resistiendo el embate de las hamburguesas y de los perros calientes, en La Corona, con sus reposterías increíbles, de los espumosos de la Atiocoyo, de las frutas de la Frutalia, y de las tabletas de cacao de la Olimpia, en el viejo mercado Emporium. San Salvador era San Salvador. Ahora, San Salvador es una masa amorfa saturada de desorden, insalubridad, confusión, y carente de una propia identidad, que por humilde que fuere, fuera su identidad. Pero había más. Usted podía ir al restaurante Palermo, de don José Santacolomba, (antes del señor Rainieri, según me ilustra mi buen amigo MÁS), o al tan recordado Nico, de don Nico Quan, y por cincuenta centavos de colón, (al cambio de la época, unos veinte centavos de dólar), podía almorzar o cenar soberbiamente comida italiana o china. Lugares de típico y especial recogimiento eran, para seguir con ello, los Frijolitos Carlota, una maravilla de receta que, ya entrada la noche, hacía posible la resurrección de tantos parroquianos que a esa hora urgían de volver al reposo en sus hogares. Muy cerca, siempre en esa zona de La Praviana, también los Panes Gutiérrez, panes con chumpe de enorme tamaño, con una salsa especial que nunca he podido probar de nuevo, y un encurtido para rellenar también único. Casi frente a ese negocio se encontraba otro, el restaurante México, coloquial y simpático en el que, de la misma manera, el plato costaba cincuenta centavos de colón. Contiguo a él se encontraba por cierto el inolvidable Cine Principal, que junto con el Nacional, el Popular y el Apolo, conformaban las salas de cine del Centro. No debe dejar de citarse el Migueleño, siempre saturado de parroquianos, cuya especialidad era el bistec encebollado. Yo recuerdo de forma muy particular la tienda Mimosa, allí justo en la esquina de la sexta-sexta, frente al viejo Gimnasio Nacional, con sus refrescos de todo sabor, su pan de dulce, siempre abierta al refugio de muchos que huían despavoridos en los momentos de desorden luego de un partido de baloncesto colegial entre García, Liceo, Externado, Escuela Militar o Instituto Nacional. Siempre mi buen amigo MÁS me recuerda también el comedor de la señora María Jacobo, justo en la antigua Villa Delgado, hoy Ciudad Delgado, en uno de sus pueblos, San Sebastián, (la antigua Villa Delgado estaba conformada por tres pueblos indígenas llamados San Sebastián, Aculhuaca y Paleca), al cual concurrían las altas personalidades de la época, desde presidentes de la República hasta grandes empresarios, funcionarios y demás. La señora María Jacobo se especializaba en nuestra comida típica, (chiles rellenos, lengua fingida, sopa de gallina india, arroz relleno, gallo en chicha, etc.; ¡nada que ver con la chatarrería que hoy consumimos, gracias a la globalización!). Yo ya no recuerdo bien este comedor, al parecer, de gran finura en la atención, pulcro y limpio a más no poder, pues, me dice MÁS, floreció entre los años cuarenta y sesenta, pero el nombre de María Jacobo sí recuerdo que fue muy famoso.
Debo insistir en que, al margen de las churriguerescas o barrocas definiciones que suelen darse de la cultura, esta no es más que un producto de la historia, del hacer del hombre en su cotidianidad. Como dice mi hermano Roberto en su Mitología, la cultura es el modo o forma de actuar, sentir y pensar de un pueblo. Así de simple, y a la vez, así de complejo. Y esa cultura se va mostrando a través de sus trazos culturales, de sus complejos culturales, de sus patrones culturales, etc. Bien, esto que vamos comentando constituía parte del hacer cultural de nuestro pueblo. El salvadoreño comía, elemento de la cultura; hoy se alimenta, (cuando puede, hay que decirlo), y lo hace como puede y con lo que puede, y entre más rápido, mejor. ¿Departir? ¿Para qué? Eso, dirán los post-modernos, en la versión desnaturalizada del post-modernismo por cierto, es perder el tiempo. ¡Media hora y basta! Hemos ido, lamentablemente, perdiendo ese elemento cultural, alienados como estamos ante ese nuevo jinete del Apocalipsis que se llama cosa, ante el cosismo. ¡Más de diez millones de celulares en un pueblo con menos de seis millones de habitantes! ¡Un vehículo para cada nueve personas en un país en el que el desempleo golpea sangrantemente a las familias cada día! ¡Póngale usted nombre, mi querido lector de Opinando sin Política! Yo tengo varios, pero prefiero guardármelos por ahora.
Como decía en anterior columna, no es cosa vana hacer estos recuerdos. E insisto, hay que hacerlo. Quien tenga algo que contar, que lo cuente. Es bueno para nuestra salud mental, y para, ojalá, que nuestros hijos y nietos reflexionen y valoren si es mejor para ellos salir a la calle a jugar y departir con los amigos, en un ambiente de seguridad y fraternidad, que encerrarse con el juego electrónico y estar moviendo los dedos sin ton ni son mientras un muñeco le envía un cañonazo a otro muñeco y lo deja desecho en un paraje del espacio extraterrestre. Claro, esto al margen del enorme y peligroso problema del conflicto entre los diputados y las sentencias de la Corte, de las huelgas, de los paros técnicos, de los desaguisados legislativos, del desorden gubernamental, de los barruntos de campaña que ya se escuchan, y de tantas otras bellezas con que nuestros políticos suelen entretenernos todos los días.
Mi buen amigo MÁS me cuenta de aquel cuento de la calavera que solía aparecer allá por terrenos después del Arenal, cerca del barrio de San Miguelito, o de la hoy Colonia La Rábida, camino al viejo pueblo de Mexicanos, el pueblo de la yuca y la moronga; también me cuenta del amate en el centro del Parque Cuscatlán, que servía de refugio a los enfermos que esperaban afanosamente ser recibidos en el Hospital Rosales. Y yo tengo también muchos recuerdos del sistema de transporte público, con la Salvador Bus, la Ansart, la Nacional, y luego, la novedosa Circunvalación, y de cómo nosotros, cipotes, jugábamos tiquetes y nos divertíamos coleccionándolos como verdaderos tesoros, (en esa época no había Nintendo ni demás chuladas que ahora hay). ¡Anímese, amigo!, ¡Estoy seguro que usted también tiene buenos recuerdos! ¡Hágalos vivir! Así nos olvidamos un poco de las plenarias y sus floridas discusiones, y de los pleitos de intereses entre los partidos políticos, que tienen al país al borde de la desesperación, y a lo mejor, de su desaparición. Yo, con su permiso, continuaré.
Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea; quien tenga mente para comprender, que comprenda.
Pueblo, ¡rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡levántate y anda!
¿De política? ¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando si Co Latino me lo permite.



